Opinión

40 años, tanto y tan poco

A quienes nos correspondió hacer información política hace 40 años hoy somos conscientes de que vivimos unas situaciones personales y profesionales que enriquecieron nuestras vidas con una dimensión que ensancha la perspectiva del tiempo transcurrido. Nos tocó vivir lo que no estaba en los libros, lo que iba a ser materia de libros, de muchos libros y estudios. Y como ciudadanos, la enorme alegría y esperanza de pensar en una España bien diferente a la que habíamos vivido.

Cuando dos días después de llegar a Salamanca Salvador Sánchez-Terán, tras haber dimitido como gobernador civil de Barcelona para presentarse a las elecciones, cené con él en el amplio comedor del desaparecido Gran Hotel (allí no nos espiaba nadie), quien llegaba con poderes omnímodos de Adolfo Suárez me esbozó con detalle lo que iba a ocurrir el 15-J…, y que fue lo que sucedió dos meses después. UCD, me dijo –sé que a Enrique de Sena le trasladó el mismo criterio–, sacaría tres diputados y tres senadores, y que el otro diputado sería del PSOE. Pero para que eso sucediera era necesario un factor fundamental: que en la candidatura fueran juntos Jesús Esperabé de Arteaga y él. Si no era posible el acuerdo, el resultado sería diferente.  Se lo tenía bien estudiado con sus encuestas Santiago Benlloch, estudios que seguirían progresando y cuyas previsiones resultaron clavadas.

El acuerdo entre Sánchez-Terán y Esperabé no resultó fácil, porque el primero llegaba para encabezar la lista centrista y el segundo era “mucho Esperabé” que también quería encabezar a toda costa amparándose en su recorrido político y en su capacidad de arrastre. Ya al borde del final del tiempo, el acuerdo llegó en una madrugada larga tras una cena en el domicilio en la Gran Vía de J. Mª. Vargas-Zúñiga. Vargas fue el gran muñidor, no sólo en aquel acuerdo, sino en otros muchos asuntos de UCD, a la que había cedido como sede el caserón que fue de Agustinillo Sánchez “El Visir” en el Patio Chico. Así, Esperabé abrió la lista, pero Sánchez-Terán, que fue generoso al ceder su puesto, porque sabía que de lo contrario el resultado electoral sería complicado, mantuvo todos los poderes relativos a lo que no era un partido, sino una amalgama de grupos y gentes de diverso pelaje y con intereses y aspiraciones de corte diverso. Controlar “aquello” fue el gran acierto de Salvador Sánchez-Terán, que introdujo criterios nuevos, alejados de lo habitual en el rancio solar salmantino, tan habituado a personalismos y pejigueras.

En realidad, el problema para los centristas no eran ni la derecha ni la izquierda, sino que podía serlo José Mª. Gil-Robles, el viejo zorro que en su regreso a la política activa había vuelto a su tierra natal. Estaba por ver el tirón de su partido cristianodemócrata, pero tras el primer mitin que tuvo en Alba de Tormes, Sánchez-Terán fue rotundo: no nos va a hacer sombra, me comentó. Y aquel árbol potente de la maltratada República no hizo sombra, a pesar de su bienintencionada campaña, con gentes al lado tan templadas como Juan Bermúdez de Castro y Ernesto Castaño-hijo, con el sobrevuelo general del histórico Ernesto Castaño del Bloque. Mucha historia detrás.

El PSOE, envuelto por un hermoso cartel general de la salmantina Isabel Villar,  podía ser una incertidumbre. Pero pronto se advirtió que se alzaba sobre el PCE, su adversario natural. La campaña socialista fue innovadora, a veces arriesgada –su jefe de prensa, un médico ya fallecido, trataba de colarnos con frecuencia exageraciones, y era preciso andarse con cuidado–, y aunque fueron encontrando obstáculos en no pocos pueblos de la provincia donde todavía suponían “el coco” para muchas gentes, se fueron haciendo camino, especialmente en determinadas barriadas de la capital. El mitin de Felipe González  en la plaza de toros totalmente llena dos días antes del final de campaña supuso un aldabonazo clamoroso. Y en otra vertiente socialista, el partido de Enrique Tierno Galván podría limar votos al PSOE, pero se le advertía sin enganche al PSP, a pesar de su gente voluntariosa y capacitada, y se confirmó en el mitin en el pabellón de La Alamedilla.

Clamoroso resultó también el mitin de Santiago Carrillo en la misma plaza de La Glorieta, a reventar, el día después de los socialistas: aquello no estaba en los libros, y se empezó a pensar que los comunistas podían morderle terreno al PSOE, ya en el último momento, a la puerta misma del día de reflexión. Su campaña, con gente de buen talante, había resultado movida y removedora, aunque ese partido sí causaba aún “miedo” a muchos.

[pull_quote_left]Los ciudadanos, cargados de ilusión, votamos con alegría, con una enorme esperanza en que entrara en nuestra vida una etapa radicalmente diferente a lo que habíamos vivido hasta entonces. Se advertía una gozosa libertad en el camino.[/pull_quote_left]La Alianza Popular de “los siete magníficos” que encabezaba Manuel Fraga se supo en seguida que iba a quedar colgada, al menos en Salamanca. Jesús Aramburu, que concurría como senador, me confesó que él saldría con seguridad, que para eso “he puesto la Papelera” [en Doñinos]; pero Aramburu, eterno representante de Salamanca en las Cortes franquistas, no tenía ni idea de la nueva situación. En el mitin de Fraga en el pabellón de La Alamedilla el supremo líder vociferaba como una metralleta posiciones sin enganche más que para los suyos, y las mujeres de buen tono que estaban en primera fila detrás de los periodistas nos abroncaban a los informadores porque no aplaudíamos…

Quizá lo más innovador resultó la candidatura de El Botón Charro. Ocurrió lo impensable en Salamanca, que la izquierda y el partido de Gil-Robles se aunaran para presentar una candidatura conjunta al Senado, con el médico Ángel Zamanillo, el veterinario Luis Pinedo y el inspector de enseñanza Ramiro Castro. Se celebró un mitin, para mí el más llamativo de la campaña, en el modesto salón de la  escuela Profesional de La Alamedilla, con Francisco Tomás y Valiente, José Luis Martín y Enrique de Sena, donde la política adquirió una altura nada mitinera, y sí reflexiva y sazonada. Sánchez-Terán me lo dijo claramente: la cuarta plaza al Senado que dejarían sus candidatos la llenaría Ángel Zamanillo, como ocurrió.

Y después, estuvo el amplio número de candidaturas de partidos minoritarios, la denominada “sopa de siglas”, mayormente de izquierda y ultraizquierda, pero también de ultraderecha, con campañas y gentes muy variopintas. No faltaron los trompazos a la hora de colocar los carteles entre grupos de todo tipo, no sólo por disputarse dónde pegar los reclamos publicitarios, sino por quítame allá unas pajas ideológicas.  O de algún reventador de mítines, como le pasó a AP en La Alamedilla, donde su seguridad se mostró contundente sin contemplaciones. Y fue la campaña de “los comunicados”: a los periódicos nos llegaban legión de escritos de los partidos y, vistos desde hoy, resulta divertido analizar aquellos textos.

La campaña del 15-J, el propio día de las primeras elecciones generales democráticas, resultó apasionante; incluso soy capaz de decir que casi enfebrecido en muchas ocasiones. Los ciudadanos, cargados de ilusión, votamos con alegría, con una enorme esperanza en que entrara en nuestra vida una etapa radicalmente diferente a lo que habíamos vivido hasta entonces. Se advertía una gozosa libertad en el camino.

De aquel 17-J hasta hoy  sólo han pasado 40 años. Pero, señor, cuánto nos hemos dejado en el camino, qué gran distancia de aquel día hasta el de hoy.

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