Opinión

El Diplodocus

Cuando era niño mis papás me llevaron muchas veces al Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, en el Alto del Hipódromo, donde trabajaba un conocido suyo.

El gran elefante disecado por Cabrera, que allí está, podía haber impresionado mi imaginación infantil, pero no lo hizo, dado que ya estaba habituada a los paquidermos de las películas de Weissmuller y, sobre todo al de la recoleta Casa de Fieras del Retiro, que conocía todo el mundo por “Perico”. ¡Qué listeza la suya! Le tiraban monedas; él las recogía con la trompa y se las entregaba al cuidador que, a cambio le daba cinco cacahuetes. Y si hacía ademán de terminar con el cuarto, “Perico” se lo reclamaba con un barrito. Doy fe de ello; lo vi.

Lo que no sé si es cierto es aquella anécdota que todos sabíamos. Un muchacho le dio una vez una piedra como alimento. “Perico” marchó hacia dentro de su caseta, llenó su trompa de agua, salió y duchó al gracioso. Eso yo no lo vi.

Todo pasa y el gran “Perico” murió en un frío invierno, dicen que de gripe.

Pero volvamos al Museo. Un primo mío estaba haciendo la “mili” en Madrid y venía mucho por casa. Una tarde quiso visitarlo y les pidió a mis padres si podía acompañarle. Aquel día no tenía “cole”. Debía ser jueves y antes del 50, pues a partir de entonces empecé a descansar los sábados. Y allá fuimos. Pero entramos por una puerta lateral, yendo a parar a la Sección de Geología.

¡Allí sí que me impresioné! ¡Y mucho! No era para menos al contemplar, de pronto, el esqueleto del Diplodocus que allí se atesora.

[pull_quote_left]Unas tortugas fueron atacadas por cocodrilos, y que hubo otro cocodrilo corredor que fue, hace 40 millones de años, el rey de las selvas salmantinas y zamoranas…[/pull_quote_left]Y luego, para completar la tarde, resultó que uno de los dos –quiero pensar que yo—era el visitante número tal, y un conserje nos condujo a un despacho donde nos recibió un señor muy mayor con una inolvidable barba blanca.

Después, mucho después, supe que aquel señor era nada menos que don Eduardo Hernández Pacheco, inconfundible por su insigne aspecto de conquistador extremeño de Las Indias.

Pasaron los años y fui discípulo de su hijo don Francisco, pero a él no volví a verle nunca más. Pero sí al Diplodocus, regalo de Carnegie al rey Alfonso XIII hace 102 años. Quedé algo decepcionado cuando supe que tal esqueleto es una copia en escayola, una “réplica” que dicen hoy, del original que está en Washington, creo.

¡Da lo mismo! El hecho es que en mis visitas infantiles posteriores siempre me llevaron a Zoología, creando en mí una especie como de ansia por volver a ver el gigantesco esqueleto. Aquella vez con mi primo ¿no marcaría mi destino? ¡Otro motivo para pensar…!

En cualquier caso, cuando explico a los niños en la Sala de las Tortugas de mi Universidad de Salamanca, siempre se me ocurre si acaso alguno de ellos, que me escucha embelesado, dirá a alguien, cuando yo ya no esté, que una vez un señor de barba blanca le contó como unas tortugas fueron atacadas por cocodrilos, y que hubo otro cocodrilo corredor que fue, hace 40 millones de años, el rey de las selvas salmantinas y zamoranas.

Niños de ayer y de hoy… ¿os acordaréis de mí, con la veneración con que yo guardo la memoria de don Eduardo Hernández Pacheco?

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4 comentarios

  1. Entrañable como siempre Emiliano con tus relatos!!
    Mi hija de 6 años, hace años que dice que quiere ser paleontóloga, y tras el paso por la Sala de las Tortugas y tu estupenda explicación dice que ya sabe dónde tiene que ir a estudiar y quien va ha ser su «profe».
    Un abrazo enorme

  2. Tus ocurrencias, Emiliano, son siempre fuente de inspiración y me hacen admirarte .
    Gracias por seguir dando alimento al espíritu en época de escasez…

  3. Seguro que esos ojuelos negros castaños y azulados guardarán por siempre tu recuerdo ,tu voz ,tu saber,Ellos absorben todo ,quieren saber,necesitan saber….
    ¡Que hermosa es la enseñanza …Gracias por tu ilusión,Yo la comparto .Un abrazo.

    ¡

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