Opinión

Dopados

Creía, pobre de mí, que doparse era ingerir fármacos o sustancias estimulantes para potenciar artificialmente el rendimiento del organismo. Así lo confirma el DRAE. Hasta ayer, era ámbito o acción propios de deportistas, poco trasparentes, en la competición. Al menos, se consideraba así a través de numerosas informaciones aireadas por prensa, radio y televisión. Incluso publicaban duros comentarios para evaluar tan grave vileza, al sentir de la masa. Aparte controversias, el tema ha tenido épocas implacables, inclementes, porque se llegó a una persecución insólita sin motivos aparentes. Terminó por juzgarse, de forma inmisericorde, la ética deportiva en ciertos deportes; verbigracia, el ciclismo. Pasados los años, quizás vano el interés personal, parece haberse alcanzado la calma, aunque se deba únicamente a mi propia visión; errónea, tal vez, por despiste o desgana.

Sea como fuere, el caso es que vino a quebrar mi letargo veraniego una política, tal vez inteligente, pero con obvia incultura. Me refiero a Irene Montero, portavoz del grupo parlamentario de Podemos. Ayer, tras el pleno extraordinario sobre Gürtel, fue entrevistada por un medio televisivo que practica virtud de la parcialidad. En pocos minutos, la mencionada portavoz, hizo profesión de fe -no menos de diez veces- pues a cada pregunta del entrevistador iniciaba su respuesta con un “creo”. Aparte un soniquete particular, probablemente estudiado, calcado, la señorita Montero se dejó decir dos perlas auténticas. “El PP va dopado a las elecciones”, soltó impertérrita, marmórea. Poco después, descerrajó la segunda: “Ustedes van dopados a las elecciones”.

La profusa fe que desplegó doña Irene en la breve entrevista, carece de sustancia, de entidad, para que pueda adjuntarla al epígrafe que antecede. Sin embargo, ambas menciones al dopaje dejaron en mí una extraña mezcla de espanto y conmiseración. Decía Salman Rushdie que “La literatura es la empresa de encontrar nuevos ángulos para contar la realidad”. Vislumbrar o intuir que la señorita Montero utilizó la metáfora, aunque algo distorsionada, como elemento literario para pintar, sui géneris, al Partido Popular es demencial. Primero porque, con mucha probabilidad, ni ha oído hablar del literato y, en segundo lugar, porque un político esgrime la manipulación, la doble lectura, puede que incluso la retórica generosa, pero carece de sensibilidad para usar metáforas. Utilizó un lenguaje sinuoso, pervertido, casi hermenéutico, para acusar al PP de financiación ilegal en la primera perla.

Pero donde el estupor me dejó patidifuso fue en la segunda. Aquel: “ustedes van dopados a las elecciones” supuso un quiebro, una ruptura, del mensaje. Sospecho que abrió la puerta irreflexiva del bochorno. Ayuna de sigilo, acallaba su furia contra el partido del gobierno para utilizarla contra el pueblo que le era hostil. Ustedes, apelaba a la sociedad discrepante, al grupo que les da la espalda, que no comulga con ruedas de molino. Cuando embestía al partido lo hacía en singular, razón por la que, aun dentro de la vaguedad, encontramos clara evidencia de quién es su referido. Todos los dogmáticos, a fuer de sectarios, tienden al mismo defecto. Alaban a sus correligionarios, hasta alcanzar un éxtasis casi místico, mientras azotan inmisericordes a quienes renuncian o abominan de su doctrina. No sienten ningún afecto por la libertad de expresión ni por la tolerancia, por mucho que se rasguen las vestiduras defendiéndolas.

[pull_quote_left]Podemos debiera hacerse un análisis que determinara con claridad, más allá de una ingesta dopante, su pedigrí democrático que gran parte de la ciudadanía cuestiona. Se lo debe a la “gente”[/pull_quote_left]La señorita Montero, digo, cada vez más transfigurada, más sosia retórico de su pareja coletuda, quiso hacer un Rajoy. Si a este le cuesta pronunciar el vocablo Gürtel por “no nombrar la soga en casa del ahorcado”, a aquella le cuesta horrores -por semejante complejo- utilizar manipulación, adoctrinamiento, u otro sinónimo, en lugar de dopados, vocablo jugoso y contrahecho. Porque ella (confusa, torpemente), daba a entender que el votante sensato, aquel que reniega del color morado, iba medio gilipollas a la urna. Como se deduce, la joven portavoz respeta la libertad de expresión, al tiempo que exhibe un exquisito talante transigente con quien no comparta su fe. Ustedes, y me refiero a mis amables lectores, ya conocen aquel aforismo que asegura: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

Fiel transmisora de esencias indemostradas, de presuntos afanes, voz de su amo, se empeña en emponzoñar, no ya las formas consuetudinarias sino la propia democracia. Arrebatar a otro su crédito, aunque sea intento infructuoso, constituye la forma más indigna de corrupción. Extienden, con tozuda insistencia, que solo se corrompe quien acapara ilegalmente dinero público en propio beneficio. Adoctrinar, tiene por objeto conseguir respaldo público y satisfacer deseos desmesurados de alcanzar el poder. Cualquier sigla tiende al mismo anhelo, utilizando procedimientos, aun ingenios, que potencien tal finalidad. Los políticos forman un coro entrenado, monótono, que entona sin vergüenza, con acendrado cinismo, el cansino libreto: “Dijo la sartén al cazo: apártate que me tiznas”.

Mientras, la dicharachera Irene -sin proponérselo- pone el dedo en la llaga, certifica con sabrosa y deportiva expresión, en qué condiciones llega a la urna el español de a pie. También es “gente”, apelativo utilizado por su camarilla para dar a entender que le preocupa el pueblo. Luego viene el lenguaje majestuoso, huero, casi metafísico, y deja al descubierto la verdadera encarnadura de semejante revoltijo. Puede que el ciudadano vote con poco sentido, hasta podría decirse huérfano de convicción, sin duda, porque de forma irreflexiva, nada inteligente, nos implicamos en su batalla política. No solo esta afición, meterse en camisa de once varas, escapa al buen juicio, sino que encima acogemos a nuestro verdugo. En cualquier caso, y sin que falte algo de razón a la señorita Montero, Podemos debiera hacerse un análisis que determinara con claridad, más allá de una ingesta dopante, su pedigrí democrático que gran parte de la ciudadanía -empezando por mí y terminando por Olga Jiménez (expresidenta purgada de la Comisión de Garantías de Podemos)- cuestiona. Se lo debe a la “gente”.

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