Opinión

Meigas

Que  Galicia es tierra de meigas es cosa que todos sabemos. Luego va uno allí y te decepciona ver que todo es como en los demás lugares, moderno, con gentes afanosas, menos pescadores que los que te imaginabas y faenando de otro modo, cafeterías y no tabernas…

Pero vete a las zonas aún no contaminadas por el turismo masivo y encontrarás delicias para el espíritu y entornos estremecedores.

Así, en el norte de la provincia coruñesa tenemos la Sierra de A Faladoira –de La Habladora–, ligado su nombre a viejas leyendas de princesas suevas y a las correrías de un mítico bandido, que no voy a contar ahora.

Iba yo un día por allá, siempre con mi esposa, tan caminante o más que yo, cuando, algo cansados de subir y bajar caminos entre bosques, prados, vacas y caballos montaraces, pero nunca del agreste paisaje, nos sentamos en un tronco caído.

Y así estábamos cuando apareció por la vereda una mujer muy mayor que, de ser yo supersticioso, hubiese pensado que era una bruja, una meiga. Vestía toda de negro, con pañolón a la cabeza, ropas muy, pero que muy raídas y unos zapatos usadísimos y rotos. ¡No iba a un baile, desde luego!

Hablamos. Ella en un gallego cerrado, que difícilmente entendía si no hablaba despacio. Me dijo que habitaba una casita no muy lejana, sola; que sus hijos estaban por el mundo, ganándose la vida…

En esto que sonó un teléfono ¿Un teléfono, allí? Sí. Un teléfono. En estos tiempos todos tenemos un móvil, compañero inseparable y abusón, interruptor de conversaciones, ceremonias e intimidades, pero lo que estoy contando sucedió hace 20 años.

Y aquella meiga sacó un enorme aparato de un talego que llevaba y púsose a chapurrear con alguien. No me vi la cara de pasmo pero me la figuro al encontrarme con este gran contraste de modernidad y primitivismo en medio de un bosque.

Era o meu fillo! – me dijo al terminar de hablar por el aparato.

[pull_quote_left]Encarnaban uno de los tipos galaicos más sobrecogedores, más llenos de misterio, origen de tantas y tantas leyendas nacidas en las húmedas brumas de sus montes y fragas. El progreso imparable, en forma de molinos eólicos, está acabando con ellas.[/pull_quote_left]Resultó que esta mujer era un personaje singular, madre de unos famosos albañiles superespecialistas que, al tener no sé qué defecto en el oído, no sentían vértigo en las alturas y eran solicitadísimos para la construcción de rascacielos en toda España. Yo los había visto en un programa de televisión no hacía mucho, en el que también se hablaba de una tribu india canadiense que también disponía de esa virtud. ¡Y estaban, por supuesto, muy bien pagados!Así se explica que aquella andrajosa mujer tuviese un teléfono de última generación entonces, una emisora portátil, regalo de sus opulentos hijos.

-¿Y por qué no se va a vivir con ellos?– le pregunté– Estaría como una reina…

Este é o meu reino. Eu non quero deixar estas montañas –me contestó– Eu nacín aquí e vou morrer aquí.

-o-o-o-

No es esta la única “meiga” con la que me tropecé; alguna de ellas dramática, como aquella mujer con una maleta en la cabeza, por una empinada cuesta arriba, que venía de “enterrar o seu fillo, que morreu nun hospital da costa” e iba a su solitaria casita en la aldea. O aquellas dos hermanas que vivían en el más apartado lugar de la fraga, en una aislada cabaña. Otras eran tímidas y hurañas y corrían a encerrarse en su cubil.

Todas ellas eran generosas con quien las necesitaba, sin importarles la distancia. Enraizadas en su terruño, formando parte de él, viviendo una vida que a nosotros nos puede parecer triste, llena de miseria y privaciones, pero que ellas, al no conocer otra, no deseaban ni consentían que cambiase. ¿Qué hubiese sido de ellas en un piso urbano?

Tenían el saber de todo lo que les podía dar el bosque, pero no eran brujas. ¡No! ¡Ni mucho menos!

Encarnaban uno de los tipos galaicos más sobrecogedores, más llenos de misterio, origen de tantas y tantas leyendas nacidas en las húmedas brumas de sus montes y fragas. El progreso imparable, en forma de molinos eólicos, está acabando con ellas. ¿Cuántas nos quedarán hoy?

— oOo —

Tronco caído.
Tronco caído.

2 comentarios

  1. Gracias Arantxa. Pongo mi alma en el papel, y de ahí se transmite a la tuya. Cuando me lees, me sientes. Las dos almas son, mientras me lees, una. Ese es el poder de la escritura. Lo que hace al Hombre eterno.
    Un abrazo

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