Opinión

El auriga de Sánchez

Auriga, en sentido estricto, equivale a conductor de carro ligero romano tirado por dos caballos. Asimismo, otros relatos describen a un esclavo que sostenía la corona de laurel para ceñirla sobre la cabeza del triunfador. Al tiempo, pretendía contener su vanidad mientras le susurraba “recuerda que eres solamente un hombre”. Puesto que vanidad y estética son valores contrapuestos, conviene resistir orgullos postizos y valoraciones alejadas de una realidad cotidiana. Yo me guiaré del relato para significar este epígrafe. Es evidente que al ciudadano español le toca protagonizar el papel de esclavo, de auriga. Sánchez, heterodoxo, consiguió éxito amañando espuriamente la carrera requerida para alcanzar un pellizco de poder. Con este matiz indigno, cuestionado, ha obtenido una ventaja hedionda que le lleva al laurel equívoco, irreal, infame. Más dura será la caída, ilustra un proverbio habitual.

Mi intención primera impedía cualquier análisis implacable del gobierno cuyo ascenso ha causado estupor, por utilizar formas suaves, casi exquisitas. Sin embargo, mi amigo Ángel -lector empedernido y enciclopedia andante- detalló que los cien días de indulgencia constituían una deferencia consuetudinaria para ejecutivos emanados de elecciones generales. Tesis discutible, pero no invalidada cuando se ajuste a la lógica o al sentido común. Inundado de dudas tras semejante criterio (y movido por los pasos endebles, inseguros, esperpénticos, de Sánchez), recapacito si gratifica lanzarme al ruedo aceptando pros y contras. Tampoco el gobierno concede tiempo a sólida reflexión, menos al sosiego en apariencia poco productivo. Receloso de escaso plazo, consciente de vulgar indigencia e ineficacia, muestra presteza por imponer gestos que solo generan aplauso en una progresía postiza, opulenta.

Tal escenario despeja mis titubeos e impulsa a dejarme de nimiedades tan innecesarias como desajustadas. Observo que el gobierno, en vez de tomar medidas encaminadas a robustecer el estado de bienestar, prefiere la demagogia y el populismo. Todavía no he oído una medida formal, ni tan siquiera prevenida, para mejorar el futuro del español corriente. Sí, de la española bajando el IVA de tampones y compresas. Ignoro si semejante medida debiera entrar en el campo del escarnio caricaturesco o de la vigorosa hechura económica. Hago parecida pregunta cuando averiguo qué gratificación regala el gobierno a artistas multimillonarios bajando un impuesto indirecto que afecta básicamente a ellos. No creo que esta medida ataña positivamente a nadie desconocido en sea cual aspecto cultural o artístico. Ha de mantener satisfecho un colectivo “rebelde, progre e intelectual”. ¿A que queda bien? Sublime, si no fuera falso, éticamente ventajoso y -desde el punto de vista oficial- bien remunerado. El cardenal Cisneros, a falta de razones, oponía la fuerza de sus cañones; estos, tan desprovistos como el cardenal, las compensan con una progresía de saldo.

Dos hechos han venido a difuminar esta, ya tópica, incompetencia del PSOE y de su líder. Uno fue el barco “Aquarius”, repleto de presuntos refugiados cuando ninguno procedía de países en guerra. El otro fue la puesta en libertad provisional de cinco transgresores sexuales.

Dos hechos han venido a difuminar esta, ya tópica, incompetencia del PSOE y de su líder. Uno fue el barco “Aquarius”, repleto de presuntos refugiados cuando ninguno procedía de países en guerra. Con guiño insensato, propagandístico, fructífero, pero disfrazado de solidaridad, cobijo y cuantos valores cimientan el ficticio patrimonio moral de una izquierda insolvente en un marco capitalista, acogió más de seiscientos migrantes. A fuer de sinceros, detalle cicatero en personajes públicos, le atrae a más no poder la foto, el estruendo mediático, la reputación internacional. Tanto eco podría acallar un amplio mutismo inoperante, falto de exigencias anteriores, estéril. Calculador y pragmático, supo aprovechar la coyuntura sin importarle dejar al descubierto cuántas divergencias pudieran atesorar aquellos seiscientos con los mil que llegaron en pateras el mismo fin de semana. Hubo una específica: ni políticos ni televisiones salieron a recibirles. Cuestión de humanidad bien entendida.

El otro fue la puesta en libertad provisional de cinco transgresores sexuales. Una muchedumbre incauta, manipulada, saltó a la calle en un rapto de inoportuna exigencia. Pidieron, si bien una minoría, justicia popular. En otras ocasiones, curiosamente, sugerían poder popular o democracia popular. ¿Les suena ese anhelo? Ningún partido conservador, liberal o socialdemócrata expresaría tal empeño. El apelativo “popular” se prodiga únicamente en sistemas totalitarios. Cierto que la medida ocasionó bastante indignación, tal vez lógica aunque maquinal. Las víctimas merecen justicia, pero la sociedad precisa claridad, cordura e independencia. Lo que no tiene un pase es politizar asuntos que pudieran desatar bajos instintos. Comprendo la gradualidad que revisten ciertos temas; sin embargo, no debemos utilizar distintos raseros a la hora de analizarlos. En justeza, lo que es malo para ti también debe serlo para mí o viceversa. Cualquier falta de correspondencia, la considero corrupción mental: variedad más abundante y perniciosa que la económica.

Aparte ambos devaneos de marcado carácter publicitario, existen otros menos estridentes aunque más selectos. Aludo a las intenciones expuestas por Sánchez de exhumar a Franco y sacarlo del Valle de los Caídos. Parece como si entre esta “necesidad” y vivificar la Ley de Memoria Histórica, no quisiera cerrar una guerra que termino hace casi ochenta años. Sin duda (y se me escapan los motivos), hay intereses oscuros, ocultos, en resucitar las dos Españas o, peor aún, en quebrar la que tiene seis siglos de Historia. Desconozco qué afán puede conducir a algunos de nuestros políticos a destruir un país contra la voluntad de sus habitantes. Es duro denunciarlo, pero lo es más advertirlo. Al compás, pagará deudas contraídas estos días; impondrá un fanatismo desintegrador, diluyente; subirá salarios y pensiones; promoverá impuestos confiscatorios; remozará nuevos nepotismos; seguirá, secundado por otros, con el reclamo corruptor. Si cambia algo será a peor, me consta.

San Agustín proclamaba: “La soberbia no es grandeza sino hinchazón, y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”. Sánchez comparece hinchado o así se lo recomienda el experto en imagen, quizás para darle una consistencia que no tiene. Lo cierto y verdad es que La Moncloa ha sido transformada en pasarela Cibeles. Por este motivo, al pueblo le corresponde ese papel compensador del auriga, quien debe recordarle mejor cuanto antes: “No te envanezcas, recuerda que solo eres un hombre”. Espero oírlo pronto sin temblarle la voz.

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