Opinión

Caminito

Estoy oyendo un viejo tango: “Caminito

Cautivado por la belleza de la melodía y su inmortal letra, me arrastra la melancolía tanguista.

¡Pero no! No hay que rendirse ante el recuerdo de lo que fuimos y ya no somos, de lo que tuvimos y gastamos: la juventud.

Cada época de la vida tiene sus alegrías y sus tristezas. ¿Cómo no recordar a nuestros progenitores, a nuestros amigos que se fueron, a nuestros hermanos?

Pero en vez de hacerlo pensando en que ya no están es preferible revivir, con ellos, aquellos momentos felices que pasamos juntos. Así me viene a la memoria mi hermano José Santos, que marchó a otra vida que se supone mejor hace cuatro años.

Con mi hermano.
Con mi hermano.

Un día de primavera, siendo yo niño, con él fui a un lugar hoy desaparecido, devorado por una galopante y enloquecida urbanización; me senté a leer un tebeo que me había regalado. Tan intensa fue mi impresión de aquel día que hoy aún “veo” que el tebeo era –es– de “El Caballero de las Tres Cruces”.

Pero ¿qué es lo predominante de aquel momento imborrable para mí? ¿El tebeo, los aromas de aquellas florecillas, la compañía de mi querido hermano…? ¿Qué…?

El caso es que siempre, absolutamente siempre, cuando llega abril, al sentir en mi aliento aquel aroma eterno, viejo y nuevo al mismo tiempo, vivo otra vez aquel instante de felicidad que compartí con mi hermano, que viene a mí como viene cada año la primavera.

Y siento que mi hermano no ha muerto, que estará conmigo mientras yo viva, con la imagen juvenil que entonces tenía.

Cada uno tiene sus momentos cruciales. Cuando, ya mayores, repasamos lo que hemos sido o hecho, nos damos cuenta de ello y hasta podemos hacer una lista de esos acontecimientos que nos marcaron o cambiaron: bodas, nacimientos, fallecimientos, ascensos, recompensas, éxitos, fracasos, obras… ¿Por qué ahora me he acordado de aquella primavera, la primera que recuerdo, con mi hermano al lado? ¿Tan fundamental fue? ¡No! ¿O sí…? ¡Qué insondable es la mente humana!

La vida nos separó muy pronto, con un océano, el Atlántico, por en medio… Pero todas, todas las primaveras, siento en mí el amor a mi hermano, tal y como era entonces.

Y quiero pensar que donde él está ahora no necesita que llegue la primavera para sentir ese amor. Lo está sintiendo eternamente ¡Qué así sea!

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4 comentarios

  1. Emiliano, gracias por compartir estos preciosos textos que nos regalas, llenos de vida, optimismo y sabiduría.

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