Opinión

La gran transformación de los servicios públicos (I)

40años que cambiaron a España (1978-2018)

La conmemoración de los 40 años de la Constitución Española de 1978, nos ofrece un tiempo de reflexión sobre lo que significó el pasaje culminante de la Transición. Aquello fue un ejemplo, para muchos, de un entendimiento político de las distintas fuerzas en presencia, para hacer un cambio de gran envergadura: de la dictadura a la democracia. Con una serie de principios y valores de consenso, como no se habían conocido en toda la historia política de España.

Fue un verdadero consenso, algo que no es una virtud nacional, que pueda decirse, pues nuestra Historia está llena de conflictos de todas clases, ante los cuales, en vez de afanarnos por encontrar algún tipo de transacción resolutoria, hemos ido al enfrentamiento puro y duro, con cuatro guerras civiles en los últimos doscientos años, y situaciones patéticas por falta de entendimiento. Como fueron el Desastre de 1898, los episodios de la Semana Trágica y de Annual, entre 1909 y 1921, todo ello con el resultado final de una guerra civil cruenta y destructora, seguida de una dictadura de 36 años.

Dentro de las referidas conmemoraciones de cuatro décadas de nuestra Ley de Leyes, he podido participar en una de ellas, que me ha dejado especial buen sabor mental. Se trata de la Jornada que tuvimos, en el marco de las Cortes Generales, sobre “La gran transformación de los servicios públicos. 40 años que cambiaron a España (1978-2018)”. Un simposio que organizamos la Asociación por la Excelencia de los Servicios Públicos (AESP), que tengo el honor de presidir, y que pudimos llevar a cabo por los esfuerzos de una serie de personas, entre ellas, destacadamente, Ramiro Aurín, Director General de AESP. Previamente tuvimos un acuerdo que tuvimos con la Presidencia del Congreso de los Diputados, con Ana Pastor al frente, y su delegado para esta actividad, Jaime Morate, que no regatearon ni tiempo ni trabajo para que todo fuera, se dice coloquialmente, como una seda.

En el inicio de la Jornada, que presidió la propia Sra. Pastor –en la Sala Ernest Lluch, abarrotada de asistentes—, tuve ocasión de decir unas palabras, subrayando la importancia que tiene para la ciudadanía el hecho de que los servicios públicos funcionen con eficacia (hacer las cosas) y eficiencia (hacerlas bien) a la vez. Porque los contribuyentes merecen que los recursos que tan difícilmente consiguen, para transferir una parte como impuestos a la Hacienda Pública, tienen derecho a que las prestaciones del sector público, tengan la máxima calidad, y puedan acceder a ellas en todo momento.

Servicios públicos es algo inseparable de la Administración, en sus cuatro niveles de General del Estado, CC.AA., Diputaciones provinciales, y Ayuntamientos. Todos forman parte de un mismo ente público cuya regiduría fundamental está precisamente en la referencia al marco constitucional, nuestra vigente Constitución, Ley de Leyes, que cumplirá 40 años exactamente el 29 de diciembre, día de 1978 en que  se promulgó. Después del referéndum nacional del día 6 del mismo mes, que fue una especie de gran fiesta ciudadana, con abrumadora mayoría en las urnas para un documento excepcional. Personalmente, yo recuerdo aquella fecha como la culminación de un sueño, de mucho tiempo atrás, de cuando en 1956 nos embarcamos unas decenas de estudiantes, luego seguidos por muchos miles, en la que se llamó rebelión estudiantil. Para pedir al Gobierno de la Nación, así llamamos al ejecutivo de una dictadura, la necesaria reconciliación de los españoles, aún divididos entre azules y rojos. Y también para ir a la democracia, empezando por un congreso libre de estudiantes, que fuera precursor de otros avances en la senda de la democracia.

Pasaron 22 años, y aquella constitución, que pedimos, y que nos costó algunos sinsabores –cárcel de Carabanchel y no pocas inculpaciones—, llegó finalmente. Por eso podemos recordar los estudiantes del 56 como el momento quizá más esplendoroso de nuestras propias vidas.

En realidad –también lo dije en el Congreso de los Diputados el pasado 8 de octubre—, entre los Pactos de La Moncloa y el propio texto constitucional, hicimos en España lo que los italianos tuvieron como máximo objetivo durante décadas, el desiderátum de su propia democracia: el CompromisoHistórico. Y no soy yo quien hace esa aseveración, sino que proviene de un antiguo agregado cultural de la Embajada de la República Italiana en Madrid, Angelo Pantaleoni, quien me dijo un día, en palabras que nunca se me olvidarán: “Lo que intentaron Enrico Berlinguer y Aldo Moro, representando al PCI y a la Democracia Cristiana, no lo consiguieron en Italia: uno fue relegado, y el otro asesinado por los enemigos del Compromesso Storico. En cambio, vosotros, los españoles lo habéis conseguido con los pactos que negociasteis en La Moncloa y con la Constitución”.

*      *      *

Entrando ya en la parte expositiva de realidades y proyectos de la Jornada del 8 de octubre de 2018 en el Congreso de los Diputados, diré que se trató en lo fundamental de comprobar si en el devenir histórico vivo de la Constitución permitió realmente una  mejora de la vida cotidiana y de las expectativas de los ciudadanos. Porque una Constitución hay que medirla también por su éxito, empezando por su propia duración. Y por eso, precisamente, la Carta Magna que los estadounidenses se dieron en 1787, es quizá la más apreciada en toda la historia constitucional. Porque ha durado 231 años, más que ninguna, con su originaria sencillez de siete artículos (cierto que muy amplios), y 27 enmiendas. Que fueron adaptando las palabras iniciales a las necesidades de cada momento. En lo que es un pacto, en cierto sentido modélico, de que una Constitución es para siempre, con los ajustes que puedan irse haciendo en el sentido indicado.

Nuestra Constitución de 1978, es la más prolongada en su aplicación en España. Después de la de Cánovas en 1876, que estuvo vigente entre esa fecha y 1923 (47 años), al quedar suspendida al comienzo de la Dictadura de Primo Rivera hasta 1930. Ahora, nuestros primeros 40 años, nos acercamos ya en longevidad, incluyendo, además, dos enmiendas, indicativas de que no habrá borrón y cuenta nueva, sino que haremos las correcciones oportunas en cada momento. Si bien es cierto que hasta ahora hemos sido muy comedidos en reformas constitucionales, a diferencia de la Ley Fundamental de Bonn (Alemania Federal), de 1949, que desde entonces ha tenido 60 modificaciones, precisamente para irse adaptando y mantenerse en plena vigencia.

Precedente importante para la Constitución, por ser expresiva de lo que realmente querían las fuerzas democráticas en esos años de la Transición, fueron los Pactos de La Moncloa, en los que el autor de este escrito tuvo ocasión de participar activamente, en octubre de 1977.

Fue una decisión importante la que tomó el Presidente Adolfo Suárez, cuando a principios de ese mes de octubre nos convocó a todas las fuerzas políticas del arco parlamentario, para tener un encuentro en el que pactar algunas soluciones a los principales problemas económicos de un momento muy difícil. Cuando estábamos padeciendo todavía los efectos del primer choque petrolero de 1973, que provocó una gran crisis energética, que se transformó (por la caída del consumo), en una crisis industrial y ulteriormente financiera.

Con esos pactos, pudimos afrontar la situación, con gran contento, creo, de casi todos los españoles, que vieron como la nueva democracia servía para arrostrar los problemas del país y buscar la manera de superarlos. Primero con la lucha contra la inflación, a base de un programa de moderación salarial, incluyendo aspectos monetarios. A lo que se unió una gran reforma de la mayor parte de las grandes instituciones económicas, desde la agricultura a las previsiones industriales, con mejoras en la Seguridad Social, el crédito, el Banco de España, o los temas energéticos, etc.

Dejaremos aquí la cuestión hasta el próximo jueves 25, donde figurará la intervención de los ponentes que repasaron muy a fondo los sectores más importantes de la economía española. Y para despedir esta primera parte del tema que nos ocupa, se destaca en un recuadro final las intervenciones que se produjeron, empezando por Doña Ana Pastor, con muy hermosas palabras de apertura, y terminando con una interesante reflexión del Presidente del Senado, Pío García Escudero. 

Ponentes de la Jornada (8.X.18) en el Congreso de los Diputados sobre “La gran transformación de los servicios públicos: 40 años que cambiaron España (1978-2018)” 

Ángel Simón, Presidente de Agbar, se refirió a “El agua, elemento indispensable para la sociedad y la economía”, en tanto que Ignacio S. Galán, Presidente de Iberdrola, se ocupó de “Desarrollo económico y nuevo modelo energético”. Por su parte, Pedro Saura, Secretario de Estado de Infraestructuras disertó sobre “Grandes infraestructuras: una síntesis de esfuerzos”, y Julián Núñez, Presidente de SEOPAN, culminó el cuarteto inicial con “Dinamización económica por infraestructuras”. Cuatro cuestiones fundamentales para el mejor funcionamiento de todo un sistema económico dinámico y flexible.

En un segundo bloque, dentro de la sociedad de bienestar, intervinieron Julián García Vargas, ex Ministro de Sanidad, que revisó “El sistema nacional de salud y la ‘colaboración público privada’ (CPP)”; José Antonio Marina –filósofo, pedagogo y escritor— analizó “La educación de los españoles: objetivos por lograr”; seguido que fue por el Prof. Jesús Sánchez Lambás, que incidió en “Los servicios públicos municipales: una historia de éxito…”. Por último, en plan síntesis del segundo cuarteto, Francisco Caamaño, ex Ministro de Justicia, expuso su enfoque de “La Constitución, proveedora de servicios públicos”.

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