Opinión

Cinismo y miseria

Antes de que Pedro Sánchez (armado de su habitual apostura chulesca y con proceder compensatorio e infantil) castigara de rodillas y brazos en cruz a Casado, le había dicho: “Ustedes no tienen programa de gobierno ni para Cataluña ni para España”. Así, con un par. Una aureola de cinismo contoneó esa testa meritoria -valga la ironía- del presidente más ambicioso y torpe en cuarenta años. Al final, será difícil averiguar si las necedades proceden de los presidentes o de sus respectivos asesores políticos. Todo vino a consecuencia de la “responsabilidad y participación” de Sánchez en el golpe de Estado que se está perpetrando, en palabras de Pablo Casado. El gobierno, delicadamente sensible, exhibiendo ronchas y mohines aviesos, olvida aquel “indecente” que espetó Sánchez al entonces presidente Rajoy, incluyendo la menudencia de acusarle de insuflar el independentismo. Ya saben, la viga y la paja. Como diría González Moore: “No hay mayor cinismo que el de aquellos que reclaman para sí lo que nunca han dado”.

Cínico, enseña el DRAE, es quien actúa con falsedad o desvergüenza descaradas. Llevamos tiempo constatando que tal zozobra recorre las filas de cualquier sigla, si bien el populismo se lleva la palma. Ignoro qué predomina en esta coyuntura; si el descaro del preboste -quizás osadía que implica mayor inestabilidad emocional- o la estupidez ciudadana, tal vez sumisión ancestral. Sea cual la respuesta, vivimos un momento crucial, peliagudo. Para encrespar más los ánimos, si es posible, unos medios audiovisuales y escritos se esfuerzan por retorcer los conceptos hasta dejarlos irreconocibles, viciados, cuando no envilecidos. Etiquetas falsas, imputadas con saña y a veces impotencia, restallan en el espacio social contaminando el aire de aromas tóxicos, antitéticos, que aportan perturbaciones a la fisiología patria de consecuencias indeseadas. Una sacudida glacial, malsana, recorre el cuerpo nacional. La perspectiva sojuzga mentes y almas creando cierta desazón ante un futuro incierto

¿Quedan muchas tinieblas, mucho malestar? No existe una respuesta precisa respecto a Cronos ni a la diosa Felicitas. Temo que estos desarrapados intelectuales nos hagan pasar penalidades sin fin. Las cosas se están sacando de quicio con suma celeridad y percibo un intento nuevo, obcecado, de construir ladinamente el régimen que la guerra cortó de raíz. Mientras, se condena el liberalismo tachándolo de radical, de extrema derecha al tiempo que se le somete a causa general. Medios, colectivos estridentes y políticos siniestros -vistos en su doble acepción- siembran con bastante éxito una semilla que lleva implícitos el enfrentamiento, la quiebra, el caos. Sin duda han encontrado el terreno óptimo, preparado -al modo gramsciano- por un credo que ha hecho del cinismo su púlpito preferente. Esas ansias hegemónicas, de dominio estructural y moral, abren dudas razonadas de si Felipe González renunció convencido al marxismo. Zapatero y sus inexplicables añoranzas lideró enajenado la izquierda guerracivilista, aquella que se alejó de una socialdemocracia próspera.

LOGSE, junto a un relativismo que llenó toda la fisonomía formativa de una juventud sin futuro, ha ido forjando esta sociedad carcomida por todos los excesos a la par que por todas las carencias. Existe tal desorientación que las doctrinas, antaño guías ineludibles en los sistemas democráticos, han terminado ociosas, innecesarias, obsoletas. Surgen vigorosos credos alarmantes que nos retrotraen a épocas amargas, terribles. Hay ideologías tiránicas que emergen solo cuando el mundo se ve sacudido por profundas crisis sociales o económicas. Totalitarismo y nazismo brotaron en esas coyunturas socialmente desequilibradoras. Ahora, los movimientos migratorios ponen en riesgo -a veces por su propia dinámica- el statu quo de los países de acogida. Como réplica natural, aunque insolidaria, aflora un rechazo irascible, virulento, implacable. En ocasiones, los propios gobiernos calientan el conflicto aprobando medidas peregrinas.

España, pese a los esfuerzos de la progresía política y mediática, carece de ese ardor que comporta una dinámica radical, de momento. Estamos en el camino propicio para componer -a no tardar demasiado- un país envuelto en preocupantes conflictos sociales.

España, pese a los esfuerzos de la progresía política y mediática, carece de ese ardor que comporta una dinámica radical, de momento. Estamos en el camino propicio para componer -a no tardar demasiado- un país envuelto en preocupantes conflictos sociales. Nuestro PSOE, alejado de enfoques pragmáticos, ha sido un partido disolvente, enemigo de alianzas que facilitaran políticas de Estado. Le pesa excesivamente el desafortunado papel que eligió en la Segunda República. Su vieja radicalidad le ha impedido, por pruritos atávicos, adoptar modales socialdemócratas. Sin embargo, la socialdemocracia (superada por doctrinas liberales, asimismo radicales) pierde gobiernos en Europa central y septentrional. Aquí, Sánchez -basándose en esa alergia europea y raptado por una codicia espuria, apremiante- ha recreado el frente popular como posibilidad exclusiva para conseguir La Moncloa. Aglutinar a la extrema izquierda con independentistas y antisistema, debe traer consecuencias nefastas para España y para el propio PSOE.

La izquierda moderada, como indico, ha perdido poder en Europa a beneficio del liberalismo, aunque esta crisis social originada por la migración -y otra económica que se vislumbra cercana- provoque un resurgimiento preocupante de las ideas inmoderadas, para ser suave. El polo opuesto (Portugal, España, Italia y Grecia) lo constituyen gobiernos de izquierda, más o menos radical, a excepción de Italia cuyo ejecutivo viene determinado por una mezcla explosiva de populismo y derecha radicalizada. Resulta aventurado, sin vestigios claros, hablar con verdad de convulsiones nazis o totalitarias pese a etiquetas vertidas por la táctica agitprop. No obstante, no deben descartarse a futuro.

Nosotros estamos eligiendo un camino que lleva directamente a la miseria, pues nos dejamos gobernar por una izquierda vacía. Reclamo, etiqueta y propaganda, con el auxilio impagable de unos medios serviles, definen su esencia, su encarnadura. Hemos de acostumbrarnos a mirar las cosas de frente, no de perfil. Analicemos qué proyectos reales, en beneficio ciudadano, ha elaborado el actual gobierno a lo largo de estos cinco meses. ¿Sánchez y sus acólitos pueden favorecer el Estado de bienestar? No, acarrean miseria para la sociedad porque, además de su odio al capital, solo les interesan los gestos, el poder sin más; se presentan indigentes para otros objetivos pese a seductoras apariencias. La economía vertebradora, boyante, no puede encontrarse en doctrinas estatalistas, es un axioma histórico.

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