Opinión

Angelitos negros

 

Estaba yo gestionando un asunto en una oficina cuando me llegó al oído –sólo me funciona uno–, por la música ambiental, la inconfundible voz de Antonio Machín.

No sé qué canción era. No la conocía en él. Pero eso da igual. ¡Era él, sin duda! E inmediatamente se abrió mi baúl, que parece enorme y lleno de recuerdos.

Os estaréis preguntando a que asocié su voz. ¿A un bailoteo romántico en algún guateque? ¡No! ¿A un recital en el que le vi? ¡Tampoco! ¿Entonces?

Pues veréis. Era yo un chaval cuando se corrió la voz entre los amigos de mi barrio madrileño, de que el gran Antonio Machín había abierto una cafetería allí mismo, en la esquina de la calle Infantas con la del Clavel, en la plaza de Bilbao. Como podéis comprender, pasamos todos, repetidamente, por la puerta –nunca entramos– para verle a él o a la monumental mujer con la que decían que se había casado. La cafetería Machín no duró mucho tiempo. No sé por qué.

La Fuente de Apolo, o de las Cuatro Estaciones, en el Paseo del Prado (Madrid).

Lo que si permaneció, y nunca se borrará, fue su «Angelitos negros«, canción eterna que, quizás, estáis esperando que os la cante yo. ¡Pues no! Dejemos que no se os borre la belleza de su inmortal canto.

Al abrir mi baúl un torrente de ideas se desbordó. La plaza de Bilbao cambió de nombre al de Vázquez de Mella, y hace nada, de nuevo, con dedicación a Pedro Zerolo. ¡Veremos cuánto dura con éste! Acabo de ver unas fotos actuales de esta plaza y… ¡ya no es mi plaza!

Cuando yo era muy chiquitín mi madre me llevaba allí por las tardes. Había un árbol gigantesco, que ordenaron cortar. En mi imaginación está el recuerdo de aquella duda de cómo lo iban a hacer sin dañar las fachadas circundantes. Había, también, una colchonería que atendía la limpieza del hogar paterno y de los vecinos, desmontando los colchones y aporreando la lana en aquel patio interior de nuestra casa. ¡Y la horchatería Candela, cuyo sabor no he vuelto a encontrar!

Después, aquel parque de tierra fue sustituido por el cemento en dos niveles, que eran el techo de un gran garaje subterráneo que lo modificó todo.

Mi madre y sus amigas –recuerdo a una, Teodora, que trabajaba en la famosa zapatería Segarra, donde me calcé muchos años– cambiaron el lugar de esparcimiento por el Paseo del Prado, donde, quizás, me cruzase sin saberlo con mi futura esposa, Pili de mi alma. Y estoy reviviendo aquella fuente de Apolo, o de las Cuatro Estaciones, donde no podíamos beber, porque en el agua de sus pilones con forma de concha había unos pequeños como gusanillos o lombrices. ¡Fue mi primer atisbo de que no siempre se podía saciar la sed con lo que había a mano!

¡Virgen de Valdejimena, de los perros rabiosos aléjame 100 pasos! (Apunte, por E. Jiménez, febrero, 2019).

Volviendo a la Plaza de Bilbao, una mañana de junio de 1960 fui con mi amigo Jesús González a pasar un rato charlando en la parte de arriba. Él se quedó abajo jugando con un perro. ¡Tenía esa manía de acariciar a todos los canes que veía!

Cuando subió me preguntó si me había fijado en el chucho. ¡Le había mordido! No. No me llamó la atención. Estaba muy preocupado, porque decía que babeaba mucho. Llevaba al cuello una cuerda rota, me dijo.

Al día siguiente leímos en el ABC que en la cercana plaza del Rey, habían tenido que matar a un perro muy agresivo, ¡RABIOSO!

Acompañé a Jesús a ver al perro y ¡no cabía duda! ¡Era el mismo, con la cuerda al cuello, que le había mordido!

Inmediatamente comenzó un proceso largo y pesado –y doloroso– de vacunación. Tenía que ir todas la mañana a que le pusieran una inyección y que tener mucho cuidado con los líquidos. Y sobre todo ¡NO BAÑARSE!

¡No bañarse en aquel caluroso verano, en el que todos los domingos nuestra panda —Luis Sierra, Jesús Robles, Felipe Morell, Sergio, Pepe Plaza y otros– iba a la gigantesca piscina del Parque Sindical, en la orilla del Manzanares, cerca de la Puerta de Hierro, a pasar el día! ¡Y él sin poderse bañar, un domingo y otro, y otro!

Pero cuando faltaban pocos días para terminar el proceso de vacunación, no pudo resistir la tentación y se bañó.

Al atardecer empezó a arrepentirse. Aquella noche no dormiría por la inquietud. Al amanecer corrió a la Casa de Socorro y le dijeron que era conveniente, por si acaso, comenzar de nuevo el proceso.

Me imagino, querido amigo Jesús, que no habrás olvidado aquello. Dejaste de acariciar a todo bicho viviente, alejándote de los perros a 100 pasos, sin tener que rezar a la Virgen de Valdejimena, Patrona de los rabiosos. A mí me sirvió, como supongo que a ti, para valorar más los consejos médicos que nos hicieron a partir de entonces. Pero… ¡ay!… ¡a veces las tentaciones son tan fuertes!


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3 comentarios

  1. ApreciadoEmiliano. Te recuerdo que ésa letra tan bella y con un reclamo cierto, por una injusticia contra nuestros «negritos» , que aún nadie ha querido solucionar, fué escrita por un venezolano, nacido en la ciudad de Cumana llamado Andrés Eloy Blanco. Te invito a leer ó recordar su libro PODA. De él es: el palabreo de la Recluta : ¿ Quien le va a curar el llanto, si pasó la Comisión y le dejó el Corazón, como Capilla sin Santo?

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