Opinión

¿Te han picado?

 

Ahora que se habla tanto de la invasión de las avispas asiáticas, es el momento de preguntar si a ti ¿te han picado?

No me refiero a estos insectos de moda, sino a los de siempre, avispas, abejas, mosquitos, o a arañas o garrapatas.

Digo los de siempre pero no. Parece como si hoy los mosquitos trompeteros, aquellos que te avisaban que te iban a picar con su sonido inquietante –como stukas animados–, que te picaban, que te dejaban marcado con una hinchazón enorme y un escozor inaguantable, ya no existiesen. A mí, al menos, así me lo parece. Hace años que no sufro esta plaga veraniega. Todo lo más padecemos a esos otros sus parientes, insoportables legiones de pelmazos diminutos, que nos rodean como nubes, cuyo picotazo es efímero y sin huella.

Durante varios años toda mi familia gozó de una caravana, fija en una granja asturiana, que nos proporcionaba luz y agua. Pero estaba cerca el establo de las vacas, que también nos suministraba sus insectos voladores. Resolvimos sus impertinentes visitas nocturnas cambiando la puerta por otra con rejilla y tapando los huecos con gasa. Pero siempre había un trompetero que salvaba todas las barreras. ¡Que ataca la Luftwaffe!- decían mis hijos. Y pasábamos al contraataque con la artillería que teníamos a mano. Hoy ya no se sabe lo que eran aquellas batallas, gracias a la ayuda que nos dan esos magníficos insecticidas. Pero, a veces, nos quita el sueño alguna mosca tenaz, que suele posar sus patazas en nuestra nariz. ¡Qué listas son al incordiarnos, precisamente, donde más molestan!

¿Habéis leído «El perfume«, de Patrick Suskind? Si no lo habéis hecho, no os perdáis esta gran novela. En ella hay un magnífico relato del quehacer de una garrapata que está esperando, con infinita paciencia, a su víctima en la hoja de un árbol y que, cuando pasa por debajo de ella ganado u hombre, se deja caer y, a la chita callando, clava sus garfios en la carne y empieza a alimentarse de su sangre, lenta y sin que el depredado se dé cuenta, transmitiéndole sabe Dios qué mal.

Yo sufrí su ataque en varias ocasiones, pero siempre, salvo en una, me di cuenta y salvé la situación. Aquella vez la muy malvada se enganchó a mi antebrazo izquierdo y no me enteré hasta el día siguiente, al lavarme. Un ligero picor, entonces, disparó la alarma. ¡Ya estaba dentro de la piel! El problema era extirparla. Como no tenía ni idea de cómo hacerlo, actué «a las bravas»: ¡con fuego! Sí. ¡La abrasé! Pero… ¿cómo sacarla? Lo hice con una lupa y unas pinzas, pero quedaron las patas y la cabeza, que extraje con una aguja. ¡Me costaron una carnicería, de la que aún me queda la señal!

Luego me dijeron que obré mal, que me tenía que haber dado una crema o mucho jabón y que, entonces, la fiera no puede respirar y se suelta.

Desde entonces tengo pánico a estos animales. Creo que son los únicos que me dan miedo. Respeto a las arañas y a los alacranes. Con éstos tenía cuidado siempre que había que levantar una piedra en el campo, haciéndolo con el martillo y nunca con la mano. En muchas ocasiones encontré habitantes debajo, pero nunca hacen daño si no les molestas. ¡Pero las garrapatas atacan porque te quieren comer! ¡Cuidado con ellas! ¡A más de un amigo le han transmitido malas enfermedades!

¿Y las avispas o abejas? ¿A quién no le ha picado alguna? Me viene a la mente aquel capítulo de «El libro de las tierras vírgenes» de Rudyard Kipling, en el que Mowgli azuza a las abejas –el Pueblo Diminuto– contra los perros salvajes que le perseguían. Por cierto, que recomiendo encarecidamente la lectura de este inmortal libro, olvidándose de las dos versiones cinematográficas de «El Libro de la Selva«, la de Sabú y la de dibujos de Walt Disney. Buenas, sí, pero que no llegan a la altura de Kipling.

Mi recuerdo más lejano, el de un día feliz con muy mal final. ¡Me picó una avispa! (El Pardo, Madrid, julio 1948).

Las picaduras de avispas me acompañaron desde mi infancia, aunque mi recuerdo más antiguo no es el del hecho en sí. Hay una foto en la que estoy en la orilla del Manzanares –«aprendiz de río»–, muy niño, con una pala más grande que yo. Fue un domingo muy feliz pero… me picó una avispa y me imagino los gritos… No lo recordaría, dada mi edad, si no hubiese sido porque me lo recordaban mi madre y mi hermana cada vez que me enseñaban aquella foto…

Después, a lo largo de mi vida, sufrí muchos percances similares, dolorosos, que curaba con lo que tenía. Aprendí que era conveniente llevar un frasquito de amoniaco diluido en agua. Ahora hay aerosoles y ungüentos más efectivos… Recuerdo a José Nicolau que, conduciendo un día, se puso histérico y detuvo el coche ante la presencia de una avispa que había decidido acompañarnos en el viaje… No se atrevió a seguir hasta que no la expulsé.

Y hablando de avispas, mi padre me contó que cuando era joven, bañándose en el río Tiétar, le picó una ¡en la lengua! ¡Lo que le tomaría yo el pelo, diciéndole que cómo era posible aquello, que en qué estaba pensando para dejarse picar en tal sitio!

En el verano del 73 estábamos Pili y yo en el puerto de Ribadeo, pasando la tarde. Habíamos comprado unos pastelitos. Al comerme yo uno de forma aplanada sentí como una quemadura en el paladar. ¡Pensé que me había envenenado con el pastel y lo escupí! ¡Y con él había una avispa! ¡Estaba debajo del dulce cuando lo mordí y ella, enfurecida, me picó en la lengua! Inmediatamente pensé en las consecuencias: ¿qué pasaría si se hinchaba? ¿Qué contraveneno había que tomar? Nada. No pasó nada; sólo el susto…

Moraleja: ¡Nunca te rías de lo que le pasó a tu padre! ¡Te puede ocurrir a ti también!


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