Opinión

San Valentín

 

Una vez más ha vuelto San Valentín, festejado –dicen– por los enamorados, que en este día se regalan cosas o prometen quererse siempre, siempre, siempre…

¡Siempre! ¿Es posible eso? La verdad es que tal como lo pinta la cardioprensa no lo parece. Continuamente se están anunciando repentinos romances entre famosillos, incluyendo bodas de alto copete y luego, ¡zas!, vuelven a ser noticia al cabo de pocos meses, por su aireada y cacareada separación o divorcio.

Pero eso, que resulta tan comercial, no es amor. Como lo otro, es más bien… negocio. Mismamente, casi hay que preguntar el precio o el costo y la ganancia…

No. Ahí se ve poco amor. San Valentín no está presente, por más que lo adornen con falsas promesas o regalos…

Entonces… ¿es que no existe el AMOR? ¡Pues claro que existe! ¡Yo lo estoy viendo todos los días! ¿Dónde? Luego lo diré.

Negar que existe es suponer que el sentimiento de los hombres y mujeres es como el disco duro de un ordenador o el gabinete de un laboratorio químico.

Hay gente que dice que el amor de una madre es reflejo de un instinto animal de conservación de la especie. ¡Qué disparate! ¿Y de esas madres de niños discapacitados, los niños del DOBLE AMOR, que viven siempre pendientes de su retoño, qué?

¿Y las parejas –hombre y mujer– que se quieren toda la vida, que celebran sus Bodas de Oro? ¿No las veis, llenas de felicidad? Ya sabemos que la convivencia no es nada fácil, que hay múltiples reveses, a veces de difícil solución, pero, al pasarlos, se reaviva ese sentimiento maravilloso. Hoy tenemos –y en el pasado ocurría lo mismo– numerosas tentaciones de todo tipo. Queremos tener la vida lo más placentera posible y tendemos a eliminar aquello que nos lo impide. En muchos casos el conyugue no hace lo que nosotros queremos o pensamos que debería hacerlo de otro modo. Eso parece egoísmo, puro egoísmo. Y contra eso hay un contraveneno: la entrega de uno mismo.

En los ya muchos años que soy parte de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer, he visto ejemplos de AMOR infinito a los enfermos. ¡Eso sí que es AMOR! Sin esperar nada a cambio; entregándose de lleno al cuidado de nuestro ser amado. No son casos aislados. ¡SON TODOS! ¡Sin excepción! No hay más que ir a ese templo de la sonrisa, en cuya puerta debe haber un letrero que diga «dejad aquí toda tristeza«, y percibes de inmediato el AMOR por todas partes… A este sitio no ha vuelto San Valentín. ¡No, porque nunca se ha ido!

¡Qué gran ejemplo de ello dan, a diario, mis cofrades del triple amor, cuando cogen las manos de su enfermo inconsciente, le cantan, le miman, le besan…!

¡Y qué gran ejemplo dieron, y dan, aquellos cuyo enfermo ya se fue, dejándoles vacíos de AMOR! ¿Vacíos? ¡No! Su eterna presencia, en su ausencia, les ha blindado el alma de tal modo que no hay resquicio que la desfonde. ¿No es así, amigos del alma?

Por eso desde estas líneas, propongo a San Valentín –si de verdad es el abogado de los enamorados– para que sea nuestro patrón, que nos proteja y que reciba nuestras peticiones de esa felicidad que se percibe en nuestros enfermos, y que nos ayude a nosotros, los FAMILIARES DE ENFERMOS DE ALZHÉIMER, a acrecentar, más y más, nuestro AMOR por ellos.


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