Opinión

Los que se van

 

De vez en cuando algún enfermo de alzhéimer de nuestro entorno nos deja. Se va a un sitio mejor, creemos.

Pero… ¿cómo quedan sus familiares? Después de tantos años cuidándoles, mimándoles, besándoles, amándoles… ¿cómo se sienten?

Creo que no hay palabras para definirlo. Quieren parecer fuertes, pero están deshechos por dentro, recordando lo que han perdido… Algunos dicen que debe ser como si les faltase una pierna, o un brazo, pero yo pienso que es mucho más que eso… Deben sentir un gran vacío, un no saber qué hacer ni donde ir…

Hay personas que les dicen a estos «huérfanos de amor» que ahora podrán descansar… ¡Qué insensatez! ¡Qué falta de tacto! ¡Qué ignorancia de lo que sentimos los familiares de enfermos de alzhéimer!

Porque durante muchos, muchísimos años, han entregado todo su cariño, todo su amor, a su amado indefenso, que no sabe nunca lo que hace, que a veces responde a tu sentimiento con un apretón de su mano, con una sonrisa, con un beso, con una palabra, o con nada, porque nada pueden hacer. O simplemente con su alma, que está ahí, quieta, pero siempre presente en ese cuerpo dormido…

Porque ellos, los familiares, sin pedir nada a cambio, le entregan cada día más amor, eso que, precisamente, es lo que más necesita su enfermo…

¿Descansar? El «huérfano de amor» no quiere descansar… Quiere… ¿Qué quiere? No lo sé aún. ¿Estar solo? ¡Debe sentirse como en otro mundo al darse cada día más cuenta de lo muchísimo que ha perdido… para siempre!

Los demás queremos ayudarle… pero… ¿cómo? ¿Acertamos al procurar que esté continuamente distraído, que no tenga que pensar…? Quizás sí, pero no se puede aplicar una regla general. ¡Somos todos tan distintos!

Pero… ¿qué pasa cuando llega la noche? ¡La terrible noche! El momento en que todo lo vemos negro… Cuando afloran los recuerdos…

Muchos opinarán que se puede arreglar con medicación, con algún fármaco. Puede que tengan razón, pero eso tiene el peligro de habituarse, de llegar a tener que depender de ello.

El momento del adiós es muy difícil de llevar. Los demás familiares de enfermos de alzhéimer, los que aún no somos «huérfanos de amor«, también sentimos profundamente la marcha de los enfermos –¡son tantos años de convivencia residencial, tanta preocupación compartida!– y procuramos aliviar la pena de los que ya lo son. ¡Pero en muchos casos no sabemos cómo!

Y termino, recordando al gran poeta: ¡Dios Mío, qué solos nos dejan los muertos!

 


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