Opinión

Cataluña hoy: volver a la Constitución

Hoy volvemos para los lectores al monotema de tanto tiempo, Cataluña.

Empezaremos por decir que la independencia de Cataluña “no puede ser, y además es imposible”: es la tesis, así expresada en términos coloquiales, que defendí en mi libro “¿Adónde vas, Cataluña?” (Península, Grupo Planeta, Barcelona, 2014, ya en su cuarta edición).

Dije eso por la sencilla razón de que nuestra Ley de Leyes rige para todos, debiendo recordarse que en Cataluña la Constitución se votó al máximo: 67,9 por 100 de votantes sobre el censo electoral, de los que el 90,5 por 100 se pronunciaron por el sí en el referéndum de 1978.

Esa Constitución tan catalanizada en aquella consulta popular del 6 de diciembre de 1978, dice en su artículo 2 que la soberanía nacional radica en todo el pueblo español. Sin que exista el llamado derecho a decidir, de sólo una comunidad autónoma de las 19 que integran la Nación española.

También dije lo de que la independencia es imposible porque, desde el Compromiso de Caspe de 1412, va para 608 años, ha habido once ocasiones, enumeradas en mi libro ya citado, en que una parte mayor o menor de Cataluña quiso separarse del resto de la Corona de Aragón y de España globalmente siempre sin conseguirlo. Sencillamente, porque nunca existió suficiente fuerza –“dimensión crítica”— para que un suficiente número de catalanes apoyara esa aspiración.

Históricamente, la posibilidad de un Estado catalán diferenciado del resto de España, y de la propia Francia, a ambos lados de los Pirineos, dejó de existir definitivamente con la batalla de Muret (1213). Donde Pedro II, rey de Aragón, murió vencido, perdiéndose, entonces, la inmensa mayor parte de los territorios catalanes transpirenaicos; excepto los condados del Rosellón y la Cerdaña, ocupados después por Francia en 1640.

Aún más, después de Muret-1213 los límites definitivos de la Corona de Aragón por el Norte, se demarcaron por el Tratado de Corbeil (1217). Entre Luis IX el Santo, y Jaime el Conquistador: el primero renunció al dominio de la antigua Marca Hispánica, y el segundo a lo que era la amplia y ya perdida Cataluña Norte de entonces. El Principado quedó, pues, sin expectativas reales de ser un Estado cabalgando a horcajadas de la cordillera. Lo que comportó su definitiva inclusión en España.

Ulteriormente, Cataluña, siempre dentro de la Corona de Aragón, como parte de ella, se unió personalmente con Castilla en 1479, por el enlace Isabel/Fernando. Algo que no se hizo efectivo hasta 1517, con Carlos I, rey ya de toda España, a partir de lo cual, hubo una clara relegación del principado de Cataluña, al igual que los reinos de Valencia y de Mallorca, tres estados confederados que junto con el Reino de Aragón en sentido estricto, pasaron a ser objeto del centralismo, con el llamado Consejo de Aragón, que desde 1714 fue sustituido por la equiparación de todo ese amplio territorio con el derecho político de la propia Castilla, por los decretos de Nueva Planta.

Las anteriores evocaciones territoriales no son algo banal, sino un recordatorio pertinente para situar, en términos geográficos, la cuestión catalana desde sus orígenes y hasta el siglo XX. Una remembranza indispensable, creo, por el supino desconocimiento de la Historia que padecen la inmensa mayoría de los españoles. E incluso ha de recordarse que al perderse por la Corona de España los reinos orientales de la Monarquía Hispánica (en 1713, en Utrecht), empezó a deshacerse la vieja relación de Cataluña con Córcega, Nápoles y Sicilia. Algo que se consumó definitivamente en 1870 con la reunificación de Italia y su unión aduanera.

Después de 1812, ya con la Nación española, todo se configuró con un régimen unitario y centralista. Y así lo hizo valer Francesc Cambó, mucho después, en su libro Per la concordia (1927), cuando pensando que la dictadura del General Primo de Rivera acabaría pronto, por la paz conseguida en Marruecos (duró, sin embargo, hasta enero de 1930), habría sido bueno situar a Cataluña en una España reconstitucionalizada; con un Estatuto de autonomía que la habría ubicado tan distante de la pretendida asimilación castellanizante (como ya sucedía en el resto del país) como del separatismo.

El referido prócer catalán estimó que el independentismo era propio sólo de las zonas rurales y las más atrasadas de Cataluña, de lo cual algo puede decirse todavía en ese sentido. Y en dirección contraria a la independencia, está el hecho de la integración económica: más de 30.000 personas se mueven cada día por AVE, avión y carretera, entre Madrid y Barcelona.

Las circunstancias y argumentos hasta aquí expuestos, y algunos más, los subrayé en un almuerzo-coloquio que tuvo lugar en el Círculo del Liceo, en sesión organizada por Adela y Jacinto Soler Padró, el pasado mes de enero. En la que reapareció la figura de Cambó, quien no obstante ser tildado de “Simón Bolívar de Cataluña y Bismarck de la España grande” (por Niceto Alcalá Zamora), tenía las ideas bastante claras sobre el futuro que entonces intuía. Aunque, ciertamente, no tuviera la energía política y el coraje decisivo que mostró poco más de medio siglo antes otro ilustre catalán, Juan Prim Prats.

El general Prim, por seis veces, luchó contra el poder constituido, a fin de conseguir las verdaderas libertades públicas y el sufragio universal de todos los españoles, configurando así la soberanía nacional (Constitución de 1869), con una monarquía parlamentaria y democrática, lejos de los esquemas obsoletos del “Pacto del Trono y el Altar”. Y fue precisamente por su contundencia y esfuerzos en esa dirección, por lo que el designio de Prim fue premiadocon el atentado de 27 de diciembre de 1870, por las fuerzas más oligárquicas, que de hecho le condenaron a muerte.

Ahora mismo, el independentismo, además de trasnochado, no es remedio para nada, sino planteamientos más propios de un masoquismo político contra España, la Unión Europea y el seny y el pactisme de la Cataluña más en la realidad.

Por eso, lo que aquí y ahora se propone, después de una experiencia frustrante para todos desde 2012 –el procés que no lleva a ningún puerto—, es volver a la Constitución del Estado de las autonomías. Se trata de acabar con una obsesión más que inútil –como decía el filósofo catalán José Ferrater Mora—, que ahora impide desarrollar el espíritu federal de un nuevo Estatuto, a repensar y renovar con la correspondiente negociación desde la Constitución.

Un Estatuto que podría suponer la incorporación a Barcelona de la sede del Senado (reformado), del Ministerio de Asuntos Territoriales, y de otras instituciones más –por ejemplo, el Instituto Cervantes en su faceta digital—, para participar los catalanes activamente en los asuntos generales de toda España. Como propuse, in extenso, en otro artículo mío en La Vanguardia, “La tercera enmienda y Cataluña”, de 31 de marzo de 2018.

Cuanto antes se tome conciencia de la necesidad que tiene Cataluña de volver a la Constitución de 1978, mejor. Los esfuerzos del pueblo catalán serían, otra vez, principalmente, para mejorar la economía, la cultura, y la más alta calidad de vida que potencialmente podría extenderse a todos, en una nueva situación racional y operativa de concordia, en vez de un enfrentamiento deteriorante y perverso.

Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores en castecien@bitmailer.com, para observaciones y complementos.

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