Opinión

Sociología oriunda: Del sobresaliente al Judas

Hace cien años, Unamuno comentaba con Ortega que era preciso españolizar Europa. Sí, siempre hemos sido diferentes sin que tal circunstancia implique ser mejores o peores. Probablemente ellos reivindiquen, arrebatados por el espíritu quijotesco, nuestra idiosincrasia y nosotros ansiemos, presos de fingida fascinación, ser algo más europeos. Sea como fuere, España siempre ha sido la prostituta virginal, ingenua, paradójica, inalcanzable; esa que provocaba rechazo y onírico placer a partes iguales. Europa dormía, apoyada su cabeza en los Pirineos, mientras los españoles velábamos la calle excitados por aventuras de paladines y picarescas mezquindades. Porque somos eso, un contrasentido, un disparate hecho cordialidad e ingenio.

Días atrás, en ese albero televisivo que preparó con remilgos TVE, reviví El Ruedo, semanario taurino que leía por los años cincuenta un familiar muy aficionado a los toros. He de confesar que mi temprano contacto con la tauromaquia no ha dejado huella alguna en mi empeño; por mejor decir, ha desembocado en despego si no repulsión. Decía, que -en gala nocturna- cuatro espadas experimentados, de tronío, trastearon una faena de aliño, con altibajos, sin que pueda destacarse ninguno. No miento si aprecié deficiencias generales al usar la muleta, básicamente en Sánchez (Niño de la Moncloa) y Casado (Morenito de Palencia). Por su parte, Iglesias (Pelambres de Villatinaja) se permitió un Tancredo armado de guía lidiadora, constitucional. Albert Rivera (Riverita) estuvo bien, suelto en todo momento.

Tres de la cuaterna estoquearon y apuntillaron sus respectivos morlacos siguiendo el programa previsto, comprometido; pero el cuarto, niño de la Moncloa, ora por cobardía ya por significarse, se negó a estoquear al suyo en el último momento. Saltó a la arena su sobresaliente -José Luis Ábalos- que aprovechó esa plaza amiga para endosarnos un toreo intempestivo, plúmbeo, interminable, postizo. Al final, el sobresaliente gustándose, saboreando una faena insolente, protagonizó sin quererlo (evitar) un festejo que había generado excesivas expectativas. Resultó extraño al gentío que todavía se pregunta el porqué de tan átona sustitución. En este país, y en el ruedo nacional, nada puede resultar sorprendente, prodigioso; menos, cuando transigimos o nos hacen transigir con un esperpento de los principios patrios.

El día después, La Sexta escenificó otro episodio con envoltura menos encorsetada. Si los prolegómenos invitaban a presenciar un espectáculo atractivo, complemento nítido del anterior, surgió a poco una bruma misteriosa que se adueñó del entorno. Hasta Iglesias, sinuoso tras la máscara adoptada, se permitió exhibir una moderación engañosa, novelesca. Inmerso en modo penitente, quizás buscara el perdón de abatidos adeptos que lo abandonaron por sus muchos pecados cometidos. ¡Qué poco conoce la estrella a sus fans! Estos, no obstante, van conociendo poco a poco a la estrella estrellada; lo juzgué ridículo y sin perdón. Sánchez, inquieto, perplejo, empequeñecido, sufría incontables latigazos dialécticos provenientes de Rivera y Casado. Sin duda, vimos un Ecce Homo bíblico incruento física y moralmente. Temía, y con razón, dejar al descubierto sobradas lagunas, demasiada indigencia. Sus falsas alusiones a la mentira de los rivales, que tanto éxito dieron antaño a otros conmilitones, le hundieron todavía más en el fango. Dejó traslucir sus ardides e inepcia para gobernar.

Casado y Rivera compitieron al pim, pam, pum, con los anteriores de forma inmisericorde, básicamente el segundo. La infrecuente ofensiva vino por la contenida y falsaria táctica que adoptaron Iglesias y Sánchez. Todos, consecuencia del trauma electoral, esgrimieron un papel contrario al uso. Ignoro qué beneficio o perjuicio puede acarrear transfiguración tan desconcertante. Si nos atenemos a los presagios que despertaron en diferentes analistas -huérfanos unos y otros de ecuanimidad- nos quedaremos como al principio. Creo, pese a los augurios, que podrán formar gobierno PP, Ciudadanos y Vox con sobrada mayoría absoluta. El sentido común indica que la mayor parte del voto oculto e indeciso irá a Vox en perjuicio de PSOE y Podemos.

Cuando llegan las crisis y los partidos clásicos muestran con creces lacras y errores sin fin, el ciudadano se deja seducir por los populismos como única alternativa. Ocurrió con Podemos y -ante lo fallido de sus propuestas, amén de su talante- ocurrirá con Vox. Aquellos, aireando las vergüenzas de la casta, se han subsumido con ella sin mejorar un ápice el Estado de Bienestar. Queda Vox como ilusión, como aliento esperanzador, porque todavía mantiene esa pureza a la que puede agarrarse el individuo maltrecho, frustrado, harto. No me satisface ningún populismo, pero ante los extremos de una izquierda decimonónica, neocomunista, prefiero el punto de radicalismo que pueda desplegar la derecha ultra. Al menos no lleva aparejada necesariamente ni la miseria ni la esclavitud.

Pudiera gobernar Sánchez con el apoyo de Podemos, que exigiría (adiós cordera) entrar en el ejecutivo, ERC, PNV e incluso JxCat y Bildu. Dicho gobierno, incalificable, duraría mucho menos de lo previsto. Bien porque alguien accione la espoleta de retardo, bien porque Europa cierre la caja del BCE, le auguro -si nace- corta vida. Ni Europa, ni España, ni el PSOE, pueden conjugarse para cometer tan colosal error. La extrema izquierda española no tiene cabida en la Europa del siglo XXI. PP, PSOE y Ciudadanos han de dar un giro copernicano a sus políticas y, sobre todo, a sus principios éticos y estéticos. Si no lo hacen ellos motu proprio, tendrá que implicarse el ciudadano en esa responsabilidad.

Termino evocando nuestra idiosincrasia hecha de fuego y sangre, elementos que excitan un primitivismo fiero, umbilical, superviviente. Pese a todo, somos pueblo pacífico, amable, acogedor. La paradoja aniquila el buen nombre que, en justicia, merecemos. Gustamos gestos agresivos, violentos, como respuesta psicológica, compensadora, a ese complejo que nos perfila excesivamente indolentes, pusilánimes. Coripe, pueblo sevillano, ha fusilado y quemado -como viene haciendo desde siglos atrás- al judas el Domingo de Resurrección. Este año el representado ha sido Puigdemont, político cuyos deméritos son infinitos comparados con los del rey Felipe VI.  Véase el abismo entre la probable llaneza con que queman uno y el sesgo de odio que conlleva el otro fuego. Ya ven, a tres días de las elecciones nos agitamos entre sobresalientes y judas.

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