Opinión

De perdidos al río

Concluidas las elecciones, sus protagonistas me refrescan una conocida anécdota que le ocurrió a un señor testarudo. Algunos personajes de aquellas y los de la anécdota tienen estilos diferentes, si no opuestos. Dicho señor rural, terco, quiso realizar un viaje. Cuando el conductor del autobús -billete en mano y conocido su destino- le advirtió con suma delicadeza que el vehículo llevaba ruta contraria a la elegida por él y que debía bajar para coger otro, le respondió digno y cargado de razón: “Yo pago, tú tira”. Guardando distancias, y esfuerzos éticos, entre conductor y prohombres públicos, entre el cerril mencionado y el pueblo español, este (caso improbable de que cualquier candidato le observase el yerro de su elección), diría: “Yo voto, tú calla”. El paralelismo entre aldeano y gente es innegable: ninguno otea el sentido común, ambos se nutren de absurdo e irracionalidad.

Lo expuesto se ciñe al carácter providencial, fatalista, propio de sociedades emotivas, ayunas o escasas de entendimiento. Si cunde la desorientación o el trastorno, si se transita por un laberinto de enmarañada salida, hay dos únicas respuestas: hacerles frente con espíritu firme, analítico, o tirarse al río, a la aventura, con la esperanza de lograr una desembocadura feliz, fecunda. El español, en su gran mayoría, siempre considera salida idónea lanzarse al río. Las pasadas elecciones han mostrado, una vez más, la divergencia abismal que existe entre lógica y objeto. Enfatizar ahora mismo esta anómala situación, es redundante, innecesario. Exponer dudas sobre el cortejo de mentiras que acompaña a Sánchez e ineptitud mostrada en diez meses, es un insulto a la inteligencia. Sin embargo, ha ganado las elecciones. Constituye la evidencia reconocida de esa temeridad confortable: de perdidos al río.

Como dije en algún artículo anterior, Sánchez engatusó a los militantes socialistas en primera instancia. A cargo de la moción, ha engañado a nacionalistas y a Podemos. Ahora estafa a España, mientras persigue enredar otra vez a los anteriores. Sabe que no cuenta con Ciudadanos y esta coyuntura le dificulta enormemente su legislatura. Si se coaliga con Podemos y PNV la economía se resentirá tanto que no aguantará media legislatura. Si intenta gobernar en minoría, presionando a diestra y siniestra, lo normal es que no le aprueben los presupuestos y deba lidiar con un anticipo electoral. En el fondo, Sánchez ha conseguido una amplia victoria/derrota electoral que le pasará factura pese al BOE y a RTVE. Asociarse jubilosamente, sin mesura ni barreras, significa decantarse por compañías poco recomendables -desde el punto de vista social- que conllevan un peaje desventurado y gravoso. Lo inteligente (atisbo similar a pedir peras al olmo) precisaría aprender de Rajoy, de sus garrafales errores.

Reitero mi extrañeza ante el resultado electoral del PP. Analistas “ortodoxos, duchos y prominentes” ya han decidido que la culpa es de Casado. Se olvidan de Rajoy (cuando interesa), llenan las ondas con la corrupción miserable del PP mientras silencian aquella gigantesca y perversa del PSOE, le endosan una derechización ultra al tiempo que omiten las simpatías de un PSOE -de por sí izquierdoso, marxista- hacia Podemos, partido de extracción exaltada, fanática, con tufos totalitarios. Rajoy, medios audiovisuales, cinismo y estrategia desafortunada al final, amén de una sociedad mostrenca, se han conjurado contra el PP. A España se le presenta un problema grave y acuciante: la derecha presenta un exceso de oferta y la izquierda (radicalizada, sin nutrimento socialdemócrata) solo puede traer miseria, quiebra de las clases medias. Se impone el reforzamiento ético del PP y la revitalización de UPyD como partido eminentemente socialdemócrata, sin tintes comunistas, para dar salida electoral a la izquierda moderada.

Cierto, conviene una política económica keynesiana (pero efectiva) o liberal (pero más social). Desde luego, se hace necesario -en cualquier caso- terminar con los “chiringuitos” que pululan en autonomías, empresas públicas e instituciones sociales, sin el exigible control público. No puede ser que los gobiernos, todos, se sometan por completo a grupos inversores, entidades financieras y grandes empresas, obviando las deficiencias económicas que se generan en la masa social. Es indigno que hoy demasiados trabajadores reciban sueldos de miseria. Tal escenario lleva a pedir un pacto nacional para exigir el cambio electoral (algunos partidos tienen diputados con sesenta y cinco mil setecientos setenta votos y, en la misma Comunidad, otros con noventa y cuatro mil quinientos no tienen ninguno), sistema nacional verdadero de enseñanza, una sanidad única y unas leyes laborales que eviten la penuria.

Observo con extrañeza que el independentismo catalán y vasco, ambos, han priorizado sus votos en ERC (15) y PNV (6) en primer lugar para, a continuación, ofrecer el segundo puesto al partido socialista (PSC-12, Y PSE-4). Luego aparecen, ECP (En Común Podem-7), JxCAT-7, Ciudadanos-5, PP-1 y Vox-1; Podemos-IU-Equo-Berdeak-4 y Bildu-4. El País Vasco no tiene representantes de PP, Ciudadanos o Vox. Constatado el hecho, se deducen las consiguientes resultantes. PSC y PSE nadan con el constitucionalismo, pero guardan la ropa al amparo del nacionalismo más o menos independentista. ERC, PNV, etc. practican, además de un soberanismo excluyente, apego al óbolo estatal mostrando afrentosa insolidaridad. Estas Comunidades plantean serios indicadores de quiebra nacional con subsiguiente desequilibrio patrio y europeo.

Cuarenta años y una transición plagada de dificultades e intereses mezquinos, han convergido en el marco nacional que ahora mismo nos atenaza. Sometidos a lesivos caprichos de los llamados “padres de la patria”, tuvimos que soportar no solo el Estado Autonómico sino Plurinacional. Presuntamente menesterosos de Historia, de psicología, desconocían -así lo parece- que Roma tardó dos siglos en unificar Hispania y que nuestro individualismo constituye la cruz del lastre destructor. Ahora nos encontramos en un oscuro callejón sin salida. Encima, de forma miserable, codiciosa, se azota sin misericordia a quien ose señalar tan probadas adversidades. He aquí las causas de tanto desapego, de tanto hartazgo, de tanto desaliento.  Sería lógico desafiar al infortunio, pero conociendo el percal únicamente cabe “de perdidos al río”.

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