Opinión

Basta ya de tejemanejes

Cierto es que obscena propaganda y manipulación de la realidad han sido mecanismos congénitos del empleo político desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, el último siglo ha sido pródigo sobre todo cuando surgían conflictos bélicos. Alejados hoy de semejante coyuntura, nuestro país practica con sobrada eficacia dicho marco infamante. Pecaría de maniqueo si deslindara siglas de forma aviesa e injusta, pero tengo que observar -sin ánimo censor sino como alegato irrefutable- una querencia a ellas casi obligada, excepcional, de la izquierda más o menos marxista. Quizás aquella famosa exhortación de Gramsci por conquistar la hegemonía (básicamente cultural) le haya movido a hacerse con el control educativo, complementado con esa patrimonización exclusiva e injustificada de valores éticos y sociales.

Uno de los mayores infundios que se están cometiendo ahora mismo recae sobre Vox. Incluso el PP, partido necesitado de sus votos, le cuelga la etiqueta de “extrema derecha” movido por sus complejos. El resto, de forma inquisitorial, realiza una verdadera caza de brujas. La Historia indica tozuda que los únicos extremismos en Europa se dieron en el siglo XX: Leninismo y Estalinismo (exaltación dictatorial de Marx); Fascismo (evolución imperialista del marxismo); Nazismo (aberración política levantada sobre tres pilares: Presunta superioridad de la raza aria, contestación al Tratado de Versalles y crisis económica mundial de mil novecientos veintinueve). Hoy, en Europa y estrictamente hablando, no existen partidos de extrema derecha. A lo sumo, han surgido ideologías -un punto radicales- por dejación de partidos conservadores, liberales y socialdemócratas, respecto a ciertas controversias, desequilibrios y atentados al statu quo de cada nación, que obsesionan a las respectivas sociedades.

En adelante haré mención de esa inclinación goebbeliana que empuja al uso y abuso del tejemaneje con el objetivo de arrinconar adversarios o ganar simpatías, posiciones, para conseguir metas poco legítimas. Irene Montero, sosias de Iglesias, ayer insistía reiterativa, cargante, soporífera, que Sánchez debía configurar con Unidas Podemos un gobierno de coalición, “democrático y progresista”, según el mandato del pueblo español. Dos cosas, señora Montero, hablar de “democracia y progresismo” cuando está por medio un partido comunista (así se declara su mentor, Pablo Iglesias) es una contradicción en los términos. Por otro lado, si el pueblo español hubiera querido un gobierno PSOE-Unidas Podemos, le hubiera dado más votos a uno u otro. Ustedes no suman. Aglutinando todos los grupos que conforman su partido, muchos, necesitan algunos más para conseguir la investidura. Dejen de marear, por favor.

Ciudadanos no tiene un pase. Esa urticaria que muestra con Vox implica asumir plenamente, al igual que el PP, las etiquetas que la izquierda les endosa conociendo sus complejos y miserias

El PSOE, otro que tal baila, por boca del secretario de organización -con un Sánchez medio desaparecido- llega a tal grado de cinismo que su papel en la política actual puede calificarse de lamentable. Ignoro cuál es la táctica que le lleva, día tras día, a pedir la abstención de PP y/o Ciudadanos (gratuitamente) para investir a quien fue el promotor de “no es no”. Ni un mal ofrecimiento a Ciudadanos, única sigla con posibilidades de apuntalar un hipotético gobierno a estas alturas muy débil. Debería saber que ni uno ni otro pueden investir a Sánchez so pena de dejarse todo el pelaje en la gatera. España, en resumidas cuentas, importa lo mismo para los tres. Primero valoran intereses partidarios, luego el resto de rentas. Acabará pactando con Unidas Podemos, PNV y Bildu, o elecciones anticipadas. Al final, Pedro tragará sapos y culebras. Después de tanto atraso, de tanto maquiavelismo, cualquier decisión que tome será letal.

Conocido el pacto municipal en Madrid entre PP y Vox, se descubre la estafa que aquel perpetró a Ciudadanos y al propio Vox. Era evidente que los escollos de Ciudadanos y las exigencias de Vox generaban incompatibilidad; por tanto, el engaño resultaba manifiesto. En política, la falta de seriedad, de compromiso, conforma un escenario preocupante cuyas consecuencias son difícilmente cuantificables. Ni obtener una alcaldía (aunque sea la de Madrid), ni una Comunidad, compensa arrojar el escaso crédito que pudiera persistir en algún partido. Mal, muy mal. Le queda mucho trecho a Pablo Casado para conquistar el fervor de los suyos y de sus votantes. Quizás una rigurosa catarsis del partido, tajando lo viejo e inservible, favorezca la urgente reestructuración y reforma.

Ciudadanos no tiene un pase. Esa urticaria que muestra con Vox implica asumir plenamente, al igual que el PP, las etiquetas que la izquierda les endosa conociendo sus complejos y miserias. Obsérvense interpretaciones y realidades. De Vox se dice que quiere restar derechos de la mujer. Mentira, pretende eliminar chiringuitos que viven a costa de ellos. Se cree también que estigmatiza a los inmigrantes. Incierto, desea controlar -e incluso expatriar- a los ilegales que causan inestabilidad del sistema e intranquilidad social. Demandan, y yo del mismo modo, un Estado Autonómico más barato, que corrija los excesos del actual. Descentralización, sí; desquicio, no. ¿Hay algún partido que se atreva a realizar el referéndum sobre las autonomías? Seguro que se llevarían una sorpresa desagradable. Vox solo pretende un Estado sobrio y respetable.

Miren, señores, mientras Gabriel Rufián gana más de ocho mil quinientos euros mensuales, viniendo del paro, cualquier español paga un tercio de su salario en alquileres y el cuarenta por ciento en impuestos. Sumando ambas cantidades, le queda para comer ocho treintavos de su sueldo. Por tanto, quien gane mil doscientos euros le restan trescientos veinte mensuales para comer y ocio. Así sucesivamente. ¿Puede el proletario, ese que defienden de boquilla, pagar autonomías, chiringuitos y otras mamandurrias que costarán varias decenas de miles de millones de euros anuales? Vox, probablemente con algo de populismo y demagogia, pone el dedo en la llaga y ustedes, todos, se defienden con el argumento inválido, tonto, de ser la extrema derecha. A la postre, lo único que impera es una extrema devoción por el tejemaneje con la ayuda inestimable de los medios. Como ha ocurrido siempre en la Historia, luego vendrá el llanto y crujir de dientes.

Finalizo con una perla. La ministra Valerio expresó la siguiente reflexión sobre Vox: “Sus caras de odio me recuerdan a los guerrilleros de Cristo Rey”. ¿Es, o no, una barbaridad? Piensen, intenten digerirlo. Así funcionan nuestros políticos, hacen verdaderos esfuerzos por radicalizar la sociedad y al paso que llevan lo van a conseguir



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