Opinión

Trampolines, tácticas y enjuagues

La situación política ahora mismo se parece muy mucho al azar meteorológico que nos agobia. En efecto, sequía pluviométrica e intelectual amén del infierno térmico -similar a ardientes temperaturas viscerales que menosprecian el acuerdo- llevan a divergencias irreconciliables. Algunos casos, para ser contenido, dejan al descubierto un talante mezquino, pues importan los sillones por encima de cualquier otra consideración u objetivo. Como dirían en mi tierra, borrando la estúpida frontera que impone toda compostura (quizás impostura) sumisa: “estos aventureros trincones no necesitan sardinas para beber vino”; es decir, actúan por hábito, irrazonablemente, sin apremio, orden ni medida. Solo así se entiende que estemos meses, manga por hombro, esperando la formación del gobierno nacional y autonómicos.

 

Escudriñar cómo se ha llegado a semejante situación, qué hemos hecho para merecer esta caterva de desalmados, es quehacer laborioso, arduo. Si estudiamos cuáles fueron los canales de entrada, tal vez nos aproximemos a las razones que expliquen consultas aclaratorias, necesarias. Requiere, en definitiva, examinar actitudes y vías emprendidas por los diferentes líderes que ocupan o pudieran ocupar puestos de responsabilidad. Si bien todos empezaron mozalbetes, hay diferencias sustantivas en sus respectivas trayectorias para llegar a metas similares. Principios más o menos decorosos, estéticas (no ya éticas) y coherencia mínima, distinguen los diferentes recorridos efectuados. Quienes llegaron a lo más alto exhiben pocas diferencias, pese a probables caminos distintos incluso opuestos. La meta es una línea grisácea, penumbrosa, confusa.

Trampolín es un artilugio elástico que impulsa a quien desea realizar acrobacias, sin cuyo concurso sería imposible. Figuradamente, se le atribuye su manejo a todo aquel que utiliza algún desvío para conseguir algo casi imposible por el procedimiento general; en resumen, un salto acrobático. No cabe duda que representa la fórmula más inmoral de conseguir el fuero para quienes apenas si tienen méritos. Todo activismo constituye esa puerta que franquean con magnetismo curioso sus personajes de relumbrón. Me viene a la mente -máxime por posteriores dudas respecto al activismo primigenio, tránsitos velados y retrocesos- Ada Colau. Fundadora de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), recuerdo el heroico coraje derrochado en cada desalojo hasta que encontró un resquicio para meterse en política. Ahí terminó su ministerio.

Ciudadanos, terco, retrasa la conformación de los gobiernos murciano y madrileño. Ignoro qué opinará el resto, pero yo considero que su táctica de evitar contaminación con Vox, implica prepotencia, arrogancia, no exentas de un tic antidemocrático

Aun habiéndolo dicho en multitud de ocasiones, reitero que mis comentarios van dirigidos únicamente al ejercicio político, jamás a la persona soporte merecedora de todo respeto. He hablado de la señora Colau por lograr un galardón inobjetable, demasiado alto, desde mi punto de vista. Sin embargo, hay una fuente inagotable de personajes practicando el activismo, en sus variadas formas, que solo llegan a alcanzar puestos intrascendentes si la doctrina que ampara sus esfuerzos consigue poder o arranca alguna migaja. Disponen de sobrados sillones, pero insuficientes para tanto candidato a ocupar alguno. No debemos olvidar la fragancia profesional que desprende por estos lares toda actividad política. Pese a promesas de renuncia, verdaderas a medias en Aznar y algún escaso idealista, el político echa a andar a los dieciocho años y se jubila cuando le obliga la ley. Ahora mismo, este regateo es una auténtica profesión.

Cierto que el activismo es una plataforma ideal para aferrar esa ubre suculenta, generosa, que conforma el erario público. Verdad es también la asistencia voluntaria, sin matices ni rentas, que ofrecen individuos con un alto compromiso fraterno, solidario. Advertimos, asimismo, la existencia de ciertos mortales ayunos de virtudes, de sentimientos, que niegan afectos o proclividades para con los demás. Al contrario -de forma habitual, mecánica- procuran su bienestar, su deleite, mientras abonan semillas de odio; al menos, de insensibilidad. Imagino que todos, de una forma u otra, conocemos a arribistas cuyo afán es ponerse a la sombra de personajes (por utilizar algún sustantivo parcialmente definitorio) para ver si, mejor antes que después, consiguen alcanzan alguna oportunidad. Ese fue el recorrido de Sánchez y Casado. De segunda fila, los hay a patadas.

Aparte las mencionadas tácticas-trampolín que podríamos catalogar de génesis política, embrionarias, hay otras más visibles de efecto casi siempre pecador. En este aspecto, los medios tienen un papel destacado pues son caja de resonancia taxativa adscrita a determinada ideología. La mayor parte sacraliza supuestas virtudes sociales de la izquierda, mientras demoniza a la derecha asignándole un papel falsario. Hoy, fatalmente, llama la atención ese desierto gubernativo que transitan ciertas autonomías y el gobierno nacional bien por incapacidad bien por contumacia, aunque brillan en el horizonte demasiados intereses espurios. Iglesias está poniendo en jaque al país por un prurito testicular oculto tras el biombo de la desconfianza, del “justiprecio” y de la supervivencia.

Ciudadanos, terco, retrasa la conformación de los gobiernos murciano y madrileño. Ignoro qué opinará el resto, pero yo considero que su táctica de evitar contaminación con Vox, implica prepotencia, arrogancia, no exentas de un tic antidemocrático. Me parece que Rivera no ha medido bien las consecuencias electorales que le puede reparar el futuro. El personal está ya harto y puede disparar, si lo hace, hacia cualquier lado.

Enjuague, en su tercera acepción, significa arreglo irregular y fraudulento para conseguir lo que no se espera obtener por medios regulares. Es sinónimo de amaño, chanchullo y trapicheo. Sin excepción notable, estos políticos que nos sangran y desdeñan son auténticos maestros del enjuague. Algo de culpa tiene el pueblo lánguido, acéfalo, timorato. “No hay peor ciego que quien no quiere ver”, reza un viejo refrán popular. Este terreno rebosa de próceres (al igual que personajes, sustantivo parcialmente definitorio) afanados en vender humo como si fuera aquel oro del alquimista medieval; casi seguro su precursor y guía.

No obstante, uno se lleva con total merecimiento la palma: Pedro Sánchez. Desde aquel escamoteo, con tentativa de pucherazo incluido, en octubre de dos mil dieciséis, empezó un enjuague frenético con los afiliados a quienes olvidó tras el sí ganador. A poco, fueron desfilando todos aquellos íntimos que lo habían negado y barones sin suficiente fuerza para procurarle desasosiego. El resto de líderes consistentes temen un desenlace todavía por ver. Purga en toda regla. Actitud propia del césar autócrata.



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