Opinión

Monumento salmantino al vacío

 

Salamanca es una ciudad que, además de por su Universidad, es maravillosa por sus monumentos. Eso lo sabemos todos.

Pero hay un edificio que nadie diría que debe incluirse en su amplia lista de joyas arquitectónicas. Yo tampoco. Lo llamo el «MONUMENTO AL VACÍO» y de él voy a hablar. Se trata de un bloque de planta cuadrada en el que en tres de sus fachadas, en tres, sólo se ven pequeños ventanucos.

Pienso que sería una excelente ocasión para decorar esos vacíos con pinturas artísticas urbanas, como se está haciendo, magistralmente, en el salmantino Barrio del Oeste. Sólo hace falta que alguien se decida a hacerlo, aunque sea en una nada más, la más visible, la que está orientada hacia el sur. Aunque si hemos de hablar con exactitud habría que decir «orientada hacia el sursureste«.

Fachadas Sur y Este (SSE y ENE).

Eso me recuerda la escena final de una película, «Un genio anda suelto«, protagonizada por el genial actor Alec Guinness. No cuento su argumento para que procuréis verla. ¡No os pesará!

Pero ese recuerdo dimana de la idea de pintar esa fachada. Hay otro más lejano, más antiguo… Y es que desde el primer momento que vi este edificio, a poco de llegar a Salamanca, surgió, como un chispazo en mi cerebro, una imagen de un librito ilustrado que tuve en mi infancia, en el que Tarzán –sí, el de los Monos— contempla la mítica ciudad de Opar a lo lejos. Sus edificios eran igualitos al de este mi «monumento al vacío» salmantino: fachadas lisas, sin balcones, con ventanucos acá y allá. Lamento no poder presentar esta antigua imagen tarzanesca, perdida en el tiempo. Es curioso que de aquel librito sólo conserve en mí aquella imagen y otra en la que los simiescos hombres de Opar arrojan algo desde las terrazas a un invasor. Si ahora llegase a mis manos aquel librito estoy seguro de que volvería a mi mente una catarata de recuerdos. ¡Pero también es posible que sufriese una gran decepción!

Fachadas Oeste y Sur (OSO y SSE).

He buscado, año tras año, en las ferias de libros antiguos aquella publicación, con resultado negativo siempre. Eran unos libritos pequeños con una imagen única en las páginas impares, de los que no recuerdo ni el título ni la editorial, ni casi nada. Había otros volúmenes, además de los de Tarzán, de Brick Bradford, Red Ryder, de un policía montado del Canadá, y del ratón Mickey como protagonista acompañando a Robinson Crusoe… ¡Cuanto me gustaría volverlos a ver! Me parece que en ellos aprendí a leer… Cada página tenía en su esquina un cuadradito con un dibujito muy sencillo que en conjunto, al pasar las páginas rápidamente con el pulgar, parecía como que se movían. Como si fuese una película de celuloide, pero de papel…

Fotograma de «Tarzán de los Monos» (1934).

Aquellos dibujos de Tarzán eran de una gran simplicidad. No eran los clásicos de Foster, Hogarth, Caniff o Manning que mucho más tarde admiré, pero eran los que tenía a mis 4 añitos y a mí me gustaban. Había un vecino que poseía un tebeo de gran formato de Tarzán, con unos dibujos impresionantes, que siempre quise volver a ver…

En realidad Tarzán no era nuestro personaje favorito en las correrías de mi «panda», allá por la década de los 40 y primeros 50. Más bien lo eran Jorge y Fernando o el Guerrero del Antifaz. Un día vi una película protagonizada por el campeón olímpico Johnny Weissmüller, «Tarzán en Nueva York«, que me gustó mucho, sobre todo cuando se tiraba desde lo alto del Puente de Brooklin. Hasta mucho tiempo después no vi la primera de este actor, aquella de «¡Yo, Tarzán; tú, Jane!», con Maureen O´Sullivan y aquellos gritos que parecían sonidos de una trompeta desafinada…

En el 56 mi hermano Joaquín me regaló «Tarzán de los Monos«, la gran novela de Edgard Rice Burroughs. Me impactó tanto que leí con deleite toda aquella colección de libros que editaba Gustavo Gili. Después supe que había muchos más títulos, muchísimos… Y películas… Y tebeos, muchos tebeos con dibujos maravillosos…

Pero en mí estaban y estarán incrustados aquellos rudimentarios, sencillos, sin alardes barrocos, en los que las paredes de Opar eran como el salmantino «monumento al vacío»…

 


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