Opinión

Los ‘sin sombra’

 

La Cueva de Salamanca es un lugar ligado a artes diabólicas o nigrománticas, algo que va unido a la antigua fama de la ciudad, de cuando ya lo era por su gran Universidad. ¡Cómo no! Porque si en ella se enseñaban los saberes humanos y divinos, ¿cómo no iba a haber, digamos, otra universidad satánica paralela? Allí el demonio retenía a siete alumnos durante siete años y uno de ellos permanecía después de por vida encerrado para ser esclavo del Maligno.

Pero un estudiante aventajado, el Marqués de Villena, que había sido seleccionado para esa función, engañó al mismísimo diablo, huyendo de su cruel compromiso. Lo hizo, pero su sombra quedó prisionera, separada de su cuerpo.

La Cueva se ubicaba en la cripta de San Cebrián, edificio que se demolió y cuya oquedad fue tapiada en el tiempo de los Reyes Católicos. Después tuvo diversos usos como sótano, hasta que, ya en el siglo XX, se adecúo para ser visitado turísticamente como origen de una leyenda que se trasmitió a Hispanoamérica.

Cueva de Salamanca.

Yo me imagino que todo salmantino conoce esta leyenda, más o menos completa, o alguna de sus variantes, que en nuestra América son algo diferentes, relatada por los numerosos alumnos que de allí vinieron a estudiar al Alma Mater.

Lo que yo quiero resaltar es la sombra perdida del Marqués de Villena. Dicen que el personaje tenía el poder de trasladarse sin ella a cualquier punto del mundo con sólo hacer un hechizo. Así se explica que no fuese nunca cazado por las celosas huestes inquisitoriales. Se registra su presencia –legendariamente, claro– nada menos que en Alemania, donde acompañaría, siglos después, a la tradición del doctor Fausto.

Pero dejemos la Cueva de Salamanca, el Marqués de Villena y sus demonios charros. Os voy a relatar otra leyenda que me contó mi madre siendo yo niño. Seguramente muy poca gente la conoce.

Yo nací en el barrio de los Chisperos, en un Madrid que ya no existe. Se llamaba así por los muchos herreros y vendedores de hierro que por allí había en el siglo XVIII. En el glorioso Dos de Mayo, aquellos chisperos se levantaron contra la invasión francesa, dirigidos por el heroico teniente Ruiz, que vivía en la Real Calle del Barquillo, allí mismo. Su estatua honra la cercana plaza del Rey.

«La sombra de la monja» (boceto del autor).

Un día mi madre me llevaba de la mano por la calle de Góngora. Salíamos de la capillita del Cachito de Cielo, que en ella estaba, y al llegar a la esquina de la calle San Lucas me dijo que nunca pasase por esa calle, donde se había producido un hecho terrorífico.

Había, y hay todavía, un convento, el de las Mercedarias Descalzas, que tienen en dicha calle unos balcones y ventanas enrejados. Un día una de las monjas huyó del convento saltando desde un balcón y su sombra, agigantada, quedó grabada en la pared. Allí estaba, como una muestra del poder del Maligno. Tenía un aspecto masivo, con un apéndice arriba, como si fuese la cabeza.

Poco después, con siete añitos, me llevaron a un colegio que estaba en la calle Belén, perpendicular a la de Góngora. Todos los días pasaba por aquella esquina de San Lucas y, por supuesto, todos los días miraba con temor la fantasmagórica sombra. Un poco más crecidito me atreví a pasar con mis «compis» por la siniestra calle. Y no ocurrió nada. Perdimos el miedo y ya fue frecuente el paso hacia la calle de San Gregorio.

Pasó el tiempo, mucho tiempo, y un día llevé a Pili a la calle de San Lucas, para que viese la sombra de aquella monja. ¡Y allí seguía! Tenue, pero allí estaba. La última vez que la vi fue hará unos 25 años…

La pérdida o venta de la sombra es motivo frecuente en la literatura nigromántica. Grabado de la obra «La maravillosa historia de Peter Schlemihl» de A. von Chamisso (1781-1838).

¿Y hoy? ¿Seguirá allí? ¡Id a verlo y me lo contáis!

Pero ¿cuál es el origen de dicha leyenda? ¿Se ha conservado como era en origen o ha sufrido transformaciones?

Indagando, llegué a conocer que allí, o por allí, en las cercanías del convento de las Mercedarias Descalzas ocurrió en el siglo XVII un horrible crimen, que llamaron «el del soldado». Parece ser que aquel hombre pretendía a una joven de buena familia, que quería ser monja en aquel convento, adonde iba a rezar con frecuencia. El soldado había pintado su propia imagen en una pared próxima. Un día, encolerizado por su fracaso, la asesinó, cortó su cabeza, que metió en un saco y lo entregó en el torno del convento. El soldado fue atrapado y ajusticiado y la víctima enterrada en el pequeño cementerio del claustro. Dicen que se apareció en varias ocasiones mostrando su contento por estar donde había querido en vida. Por cierto, se llamó «calle del soldado» a la que en el siglo XIX cambiaron por calle de Barbieri, paralela y muy próxima a la de Góngora. Pienso que es porque allí viviría el asesino y no porque en ella se produjese el crimen.

Lo que me contó mi madre ¿es una derivación de la «leyenda del soldado»? ¡Averígüelo Vargas!

Moraleja: ¡Cuando habléis con un desconocido, comprobad si tiene sombra o no la tiene!



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