Opinión

Solados y empedrados (I)

 

Queridos lectores, nos van a permitir una licencia simpática, anacronismo incluido:

«Los romanos llegaron a la península extendiendo sus alfombras de piedra. Con la vista de nuestra ciudad en el horizonte y con ganas de parar un rato para avituallar a la «legio» (tropa numerosa), dejaron por un momento su calzada y tomaron merecido descanso. En un nuevo intento de aproximación, ya con fuerzas renovadas ¡zas! les frena el Tormes; pues «toma puente romano», osea, suyo propio, y a continuar.

Se supo más tarde que colocaron en el puente, a modo de centurión vigía, aquel toro que escapó Tentenecio abajo (no la calle actual que todos conocemos sino la otra, la original) y que, por descabezado debido a gran zambullida de casi 33 años en el río, encontraron confuso y desorientado por la dehesa nuestros protagonistas.

Prosiguieron por nuestra calle más romana, la de Libreros, que en línea recta atravesaba la ciudad; pues así, de sur a norte, haciendo la Vía de la Plata o «vía lata» (vía larga). Y no por casualidad en ella se encontraba la Universidad, con su fachada rica e histórica, lo cual no pasó desapercibido para nuestros inteligentes caminantes y agradecidos por tal monumentalidad nos dejaron de regalo el latín».

Dando un salto en el tiempo nos vamos a detener en la fecha que supuso «el azote a los lodos», sí, el gran intento de depuración y saneamiento de nuestras calles. Allá va: 15 de febrero de 1497.

Finales del siglo XV, año 1496, el príncipe Juan, único hijo varón de los tres que tuvieron los Reyes Católicos, es nombrado por estos gobernador y Señor de Salamanca; murió el 4 de octubre de 1497 con tan sólo 19 años. En este breve espacio de tiempo hizo no poco y bien: ratificó los privilegios que tenía la Universidad, así como otros a nivel particular y social.

En marcada fecha mandó empedrar las calles de la ciudad: «…é porque á mi como á príncipe y señor de la dicha ciudad, pertenesce proveer como la dicha ciudad esté limpia de los dichos lodos, así por el ornato della, como por la salud de los que en ella viven, porque á causa de los lodos…», «…sea empedrada de piedra menuda…», «…que los dueños de las casas de las calles fagan empedrar cada uno su pertenencia fasta la metad de la calle…», «…por lo que toca á su pertenencia, á su costa y misión…» (extraído de la Historia de Salamanca, tomo I, libro II, apéndice VI – M. Villar y Macías).

En fotografías adjuntas ver diferentes empedrados: por una parte, la calzada romana que, aunque en mal estado, aún se conserva a pesar de los siglos; por otra, y ahora ocultos en la zona donde en su día estuvo ubicada la iglesia de San Bartolomé, fundada en el año 1174 por el caballero serrano d. Berengario y que fue reedificada en el siglo XV por d. García Álvarez de Toledo.

Detalle de la calzada romana, lejos de su estado original. Salamanca
Detalle de la calzada romana, lejos de su estado original.

Restos de empedrado romano en Salamanca

Restos de empedrado.

Restos de empedrado romano en Salamanca
Restos de empedrado.

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