Opinión

Héroes

 

En España tenemos héroes para dar y tomar. Su Historia está plagada de ellos. No hay más que abrir cualquier libro y encontraremos hazañas pasmosas y actos de un heroísmo supremo.

 

¿Cuántos héroes han recibido un homenaje merecido por su valor, por su sacrifico, por su muerte? ¿Y cuántos no han tenido ese homenaje porque su acción pasó desapercibida por sus superiores?

La industria cinematográfica española no ha explotado esa mina que ofrece nuestra Historia. Otros países, que la tienen no tan brillante o que apenas la tienen, lo han hecho exhaustivamente, adornándola, eso sí, con guiones novelescos. Pongamos, por ejemplo, la cacareada carga de caballería de la Brigada Ligera en Balaclava, durante la guerra de Crimea. ¿Quién no ha oído hablar de ella? Y, en cambio, la carga múltiple del Regimiento de Cazadores de Alcántara, cuando el Desastre de Annual, en la que hubo jinetes que cargaron ¡al paso!, está casi olvidada en España. ¡Casi tardan cien años en recibir la Laureada Colectiva! ¡Aquella acción, que se produjo en 1921, dejó chiquitas a todas las cargas de caballería del Mundo!

Monumento a los Cazadores de Alcántara, en Valladolid (Mariano Benlliure, 1928)

Pero dejemos las hazañas militares y hablemos de otros héroes.

Durante la Guerra Civil Pedro de Francisco fue destinado a servir en una gasolinera madrileña. Un día, no se llegó a dilucidar si por un descuido de alguien o por un sabotaje, un charco inflamable se incendió en la calle. ¡En una gasolinera! ¡La catástrofe podía haber sido inmensa! Presos del pánico, todos huyeron corriendo. ¡Todos, no! Hubo uno que cogió lo primero que tuvo a mano, creo que una chaqueta, y se abalanzó sobre el fuego, consiguiendo apagarlo. Ese héroe era Pedro de Francisco, mi suegro, el padre de Pili.

Recibió elogios de sus compañeros y superiores, pero ningún premio por su acción. ¡Bueno, sí! Veréis…

Cuando los nacionales entraron en Madrid, en 1939, convocaron para ser interrogados a todos los que habían servido a la República, de una u otra forma. Contaba mi suegro que tuvo que ir a la Plaza de Toros, y que estaba abarrotada hasta los topes, no sólo en las gradas, que también lo estaba el ruedo. Y allí tuvieron que esperar, horas y horas, hasta que les llamaron, uno a uno.

Cuando le llegó el turno a Pedro se presentó ante el tribunal con miedo, pues se decía que el interrogatorio comenzaba con un solemne tortazo. No fue así. Le hicieron unas cuantas preguntas, hasta que alguien dijo: «¿Así que es usted el valiente que apagó aquel fuego en la gasolinera tal? Pues puede marcharse. Está usted libre«. Ese fue su premio a aquel acto heroico.

Pedro no presumía de ello. Y decía que si se hubiese repetido aquello a lo mejor hubiese salido corriendo, como hicieron los demás.

Quizás tenía razón. Es posible que esos actos sean reflejo de un instante de inconsciencia, que puede ser irrepetible. O todo lo contrario, de una sangre fría excepcional. No se sabe.

Con Miguel Pajares (Salamanca, 1968).

Pero hay otros tipos de heroísmo. Pongamos por caso el del sacerdote Miguel Pajares, de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios.

Le conocí, siendo él ya de la Orden, nada más llegar a Salamanca, donde estudiaba enfermería como herramienta de su vocación. Porque nació para ayudar a los demás. En Salamanca recibió la Recepción de Ministerios, es decir el Diaconato, y luego en el Hospital de San Rafael, de San Juan de Dios (Madrid) el Presbiterado u Ordenación Sacerdotal. A ambas ceremonias asistí. En este famoso hospital Miguel pudo lucir su enorme caridad con los niños enfermos, pero eso no le bastaba. Aprovechaba cualquier ocasión para aprender más y más sobre cómo luchar contra todo tipo de enfermedades. Y, por fin pudo cumplir su vocación: ser MISIONERO en los países africanos que lo necesitaban. Estuvo primero en Ghana y cuando venía a España, a visitar a sus padres en La Iglesuela (Toledo), a veces pasaba por Salamanca para darnos un abrazo. Me contó que en aquel país, para cazar o alejar a los ratones y a otras bestezuelas y bichos, no se empleaban gatos, sino culebras, a lo que se acostumbró rápidamente. Y que eran muy eficaces. Decía que los plátanos españoles le parecían madera, después de probar las bananas de aquella tierra. Eso contaba, y muchas cosas más, de sus «negritos».

Pasaron los años y llegó aquella terrible enfermedad que se llamó el ébola. ¿Huyó de ella Miguel? ¡No! Estaba en Liberia en los puestos de más peligro, contrajo la enfermedad y murió en 2014. ¿No es esto un acto heroico, tan digno como los militares? ¿No hizo lo mismo el Padre Damián, hoy Santo?

¿Pero cuál es la característica que define al heroísmo? Yo diría que es el dar ejemplo a los demás de un sacrificio que nace del alma, hasta morir si hace falta.

Manos heroicas.

Voy a relatar ahora otro caso, para mí tan ejemplar o más, por lo que me atañe. Como todos saben la enfermedad de alzhéimer dicen que llega a apagar totalmente la memoria y la consciencia. En la residencia «Boni Mediero», de la Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer (A. F. A.), he visto múltiples casos, en mi opinión, heroicos. Emilio, sin ir más lejos, estuvo más de diez años acompañando a su mujer enferma e ¿inconsciente?, aprovechando todos los momentos que tenía para estar con ella, acariciando sus manos, hablándola… ¡Un día, y otro, y otro más! Allí le veíamos con ella, siempre en el mismo sitio, suyo, hasta que su gran amor falleció. ¿Descansó él entonces? ¡NI MUCHO MENOS! ¡Eso de descansar no se le debe decir jamás a un familiar de enfermo de alzhéimer, porque se le ha ido lo más importante de su vida, más que un brazo o una pierna! ¡Le ha dejado vacía el alma! Emilio visita a menudo la residencia. porque la echa mucho de menos. ¿Es él un héroe, o no lo es? Y cómo él, también lo son Ambrosio, Santiago, Sebastián, Magdalena y tantos y tantos más que dan todo cuanto son y tienen por su querido enfermo. ¡MIS HÉROES!


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