Opinión

Egagrópilas

 

– ¿Se acuerda de que hace algunos años se oyeron voces fantasmales en el Patio Chico?

 

– ¡Ah, sí, sí! Era en las noches de aquel verano. En Salamanca hacía mucho calor y la gente salía al anochecer y después de cenar a tomar el fresco. Creo que era a principios de julio o puede que por septiembre, pero no recuerdo en qué año fue…

– Yo tampoco. Pero sí que me acerqué a curiosear alguna noche… ¡Y sí! Se oían como unos lamentos muy débiles. Al principio pensé si serían algunos gatitos abandonados, pero no. No era eso…

– Yo también me acerqué y no oí nada. Parece que cuando estuve allí hacía varios días que había cesado aquello y ya no volvió…

– Recuerdo que se habló de fantasmas y que alguien incluso había echado agua bendita…

– ¡Todo es posible en esta tierra! ¿Pero si lo hicieron, lo creerían de veras? Me dijeron que las voces salían de detrás de una puerta que había en las ruinas de una casa que estaba hacia la calle que siempre se llamó de Gibraltar, y desde 2006 del Expolio. Lo que yo pensé, y otros también, es que se trataba de una lechuza u otra rapaz que había escogido aquel lugar para pasar las noches…

– ¿Y se llegó a comprobar eso?

– No lo sé. Creo que no. Y hubiese sido muy sencillo hacerlo.

– ¡Ah, síi? ¿Cómo?

– Pues muy sencillo. A un zoólogo o a cualquiera de los numerosos ornitólogos aficionados que hay en Salamanca le hubiese sido fácil, entrando en el caserón abandonado, encontrar los excrementos y, lo que es más importante, las egagrópilas de rapaces nocturnas.

– ¿Ega.. quée?

– Egagrópilas. ¿No lo había oído nunca? Son como pelotas de vómitos de estas aves. Cuando atrapan un ratón, pongo por caso, lo tragan y en una parte del estómago digieren las partes blandas, la carne. Pero los huesecillos y los pelos, no. Y son regurgitados como una bola. Y como estos animales suelen posarse durante un tiempo siempre en el mismo sitio, en una viga o en un punto elevado si están en unas ruinas, abajo, en el suelo, se acumulan las egagrópilas. Al cabo se cansan de este descansadero y se van a otro…

– ¡Entiendo! Y no se buscaron esas egrago… ¡No me sale la palabreja!

«El búho y sus egagrópilas» (Manualidad de Iván Jiménez Cardeña)

– ¡Egagrópilas! Pues no tengo ninguna información. No se me ocurrió, por entonces, preguntárselo a mis amigos de Zoología. Seguramente sí lo hizo alguien. Luego, pasó el verano y la gente se olvidó de los «fantasmas del Patio Chico«.

– Yo vi una vez una lechuza en una casa arruinada, pero no me fijé si vomitaba. ¿Usted sí lo ha visto?

– Pues sí. Fue en una ventana, o más bien un respiradero de un pajar, en Salave, cerca de Tapia de Casariego, en Asturias. Era una noche de luna llena y la habíamos observado varios días, siempre en la misma posición. Y, de pronto, hizo como que encogió el cuello –si es que se puede llamar así– y soltó la egagrópila. Al día siguiente me acerqué para verla. Era como una sucia pelota deforme, de pelos y huesos.

– ¿Y no le dio asco?

– ¡Hombre! No tenía intención de cogerla. Sólo verla. ¿No sabe usted que encontrar egagrópilas fósiles es un premio para los paleontólogos?

– ¡Ah! ¿Pero es que pueden fosilizarse?

– Pues sí. Durante el Terciario las aves rapaces no debieron ser raras, aunque sí lo son sus restos fósiles. Pero las que dormitaban y hacían su digestión en las cavidades calcáreas dejaron allí sus egagrópilas, cubiertas y preservadas por la recristalización posterior. Como le acabo de decir son un tesoro para un micropaleontólogo.

– ¿Y cómo se estudian?

– Hay diversas técnicas para limpiarlas y desechar lo que no sirve. Los restos de mandíbulas y dientes sueltos sirven para la identificación del micromamífero que sirvió de alimento al depredador. Más o menos igual que ahora. Como estos animalitos tuvieron una gran expansión territorial y evolucionaban muy rápidamente, con ellos se ha realizado una escala cronoestratigráfica, es decir, de tiempos geológicos, muy precisa.

– ¿Y esos micromamíferos, como los ratones y demás, sólo son conocidos –los fósiles, quiero decir– por las egagrópilas?

– No. No. Se pueden encontrar huesecillos diminutos sueltos en muchos tipos de sedimentos. Cuando se excava un yacimiento, se suele recoger mucha cantidad de «ganga», para que sea tratada por los microvertebristas.

– ¿Usted lo hizo?

– Por supuesto. En Mazaterón (Soria) y en Casaseca de Campeán (Zamora) se hizo así y se obtuvieron muy buenos resultados. En estos casos la ganga se extrajo durante la misma excavación, pero en otros se hizo después.

– ¡Que interesante! Algún día me tendrá que hablar más sobre ello.

– ¡Cuando usted quiera, pero yo no soy especialista en ese campo!

 


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