Opinión

Fruta prohibida

 

¿Quién se atreve a decir que la fruta prohibida no es la mejor? ¿Quién?

Ahora bien, ¿qué entendemos por la fruta prohibida? ¿Qué es lo que fue negado a Adán, tentado por el demonio por mediación de Eva?

Cuando yo era niño –¡bendita inocencia!– creía que era un grave pecado coger manzanas de un árbol, y que una enorme serpiente nos iba a decir que las comiésemos. Después todos pensamos otra cosa. ¿Qué? ¡Que cada uno haga examen de conciencia y se conteste a sí mismo!

Luego suele ocurrir que aquello que más nos gusta es lo que nos prohíben aduciendo motivos de salud. ¿Será eso algo así como si fuese la expulsión del Paraíso?

Pero vayamos a hechos concretos. Los tomates no fueron plato de mi gusto en mi infancia. Quizás fuese por aquella rutina que teníamos todos los otoños en casa… Nos enviaban desde el pueblo cestas de tomates que había que envasar, mejor dicho, embotellar. No recuerdo el proceso completo, del que se encargaba mi madre, pero luego nos tocaba a todos meter en botellas los jugos de tomate con un embudo y un palito que los empujaba hacia su interior. Y a mí no sé si me resultaba más aburrido aquello o embolar las madejas de lana.

Sí. No me gustaban nada los tomates. ¡Cosa psicológica, seguramente! Pero aconteció algo que me hizo cambiar de opinión.

Era el año 61. En Casavieja, pueblo abulense donde nacieron mis padres y donde yo pasaba mis vacaciones estivales, me estaba convirtiendo en un experto conocedor de aquel sector de la sierra de Grados, columna vertebral de mi España, que diría don Miguel.

Una mañana caminaba hacia mi paraíso personal, aquella poza de montaña, que sólo yo conocía, donde me bañaba en agua cristalina, con su cascada cantarina y la sombra de aquel fresno… Se tardaba dos horas en llegar, pero merecía la pena… Creía que aquel lugar había sido creado por Dios para mí…

Aquella mañana, en un paraje llamado «los Cercaones», tuve una necesidad. Había a mi derecha un prado en el que había vacas de aspecto poco tranquilizante, pero que a mí no me daban miedo. Salté la valla de piedra e hice lo que tenía que hacer. Al volver reparé en unas hermosas matas de tomates que no se veían desde el camino. Ninguna culebra ni ninguna mujer me instigaron, pero allí estaba yo, como un Adán, ante la fruta prohibida… ¡Y caí en la tentación!

Desde aquel día siempre que pasaba por aquel escondido lugar saltaba la valla de piedras y saboreaba, ahora añadiendo un poco de sal, aquellos suculentos tomates. Desde entonces siempre que los degusto pienso en aquel paraje de mi juventud. ¡Lo recuerdo con toda precisión! ¿Cómo estará hoy? ¿Habrán perturbado aquella paz campestre, construyendo alguna casita? ¡No quiero comprobarlo! ¡Prefiero conservar en mi mente aquel lugar, aquel árbol del bien y del mal, como cuando lo descubrí!

Pero no acaba así la cosa. Unos días después estaba yo cenando en casa de mis tíos Santiago y Victoria, cuando él me preguntó si yo, en mis correrías, había visto a alguien por los «Cercaones». Resulta que aquel prado, aquellas vacas y aquel tomatal ¡eran suyos! Cuando le dije que era yo el que cada mañana cogía un tomate en mi marcha hacia la sierra, se rió y me dio permiso para que siguiese degustando aquel aperitivo matutino.

No sé si digo una barbaridad pero aquellos tomates ya no eran lo mismo. ¡Ya no eran tomates robados, que como todo el mundo sabe, SON LOS MÁS RICOS!

Algo parecido me ocurrió muchos años después en un paraje entre Valero y los Puentes del Alagón, donde Pili y yo íbamos con frecuencia. En un punto un tanto escondido encontramos unas matas de tomates y cogimos cinco. ¡Sólo cinco! Nos los comimos aquella noche, en casa. Eran tan sabrosos como aquellos primerizos de mi paraíso. ¡Como que eran robados!

Un año después Pili recordó aquel episodio y me propuso ir a coger alguna pieza. Como siempre tuve una magnífica precisión para localizar cualquier punto en el terreno no me costó nada llegar a aquel lugar escondido. Pero aquella vez no eran tomates lo que había allí. Su color era diferente, así como su tamaño. Pili dijo algo sobre que los había visto una vez y que no se comían como los tomates sino que eran para dar gusto a las comidas, pero no recordaba su nombre. Cogimos cinco, pues cinco éramos en casa.

Al día siguiente Pili cocinó patatas guisadas con carne y lo condimentó con aquellos cinco frutos robados. ¡Hubo que tirar la comida! ¡Jamás habíamos probado nada tan picante!

Pocos días después supimos lo que habíamos intentado comer: ¡eran ÑORAS!

Resulta que las ñoras son como los famosos pimientos de Padrón, que «uns pican e outros non«. Hay que tener cuidado con ellos. Y, desde luego, son muy buenos condimentos aditivos, pero en cantidades discretas, probando previamente.

Lo cual me recuerda unas guindillas muy conocidas en Burgos, ideales para acompañar a las morcillas de esa bella tierra castellana. Y pasa como con todo, que en una zona donde es famoso un producto, siempre hay entre sus habitantes un personaje que destaca. Ya lo comenté con las navajas de Taramundi, en el Occidente de Asturias, donde había un artesano que hacía unas excepcionales: las «xarrapas«.

Pues lo mismo ocurre con las guindillas de Burgos. En toda la Riojilla Burgalesa, donde cada paisano enfrasca su cosecha propia, sobresalen las de Pepe «Veneno» o «el tío Veneno», de Cerezo de Río Tirón. Algunos frascos son «especiales». Las probé de uno de ellos con mucho respeto, cuando aún podía hacerlo, y en cantidad mínima –mojando la punta de un palillo– y, verdaderamente, tan pequeña cantidad dejó chico el picante de aquellas ñoras que conté antes. ¡No eran robadas, aunque sí prohibidas!


Noticias relacionadas

Un comentario

  1. Querido Emiliano,
    En cuanto a los tomates de aquel paraje entre Valero y los Puentes del Alagón, seguro que aparece el dueño entre tus lectores y le da un ataque de risa con las ñoras, que a lo mejor las puso intencionadamente sabiendo que volverías.
    Pero ya sabes, bienaventurados los que no escarmientan…
    Un abrazo siempre agradecido

Deja un comentario

Botón volver arriba