Opinión

Pobreza y olvido

 

Han de causarnos por lo menos admiración todos los movimientos altruistas que se involucran permanentemente en el exterminio de la pobreza que sufre el hombre en las zonas más deprimidas del mundo. Son estos gobiernos privilegiados de las parcelas capitalistas, los que deben estar obligados a parar los motores de la globalización deshumanizada, aunque nada más sea para ver en los paisajes sórdidos del sur de la tierra, el trasegar imparable de la muerte.

Se hace insufrible que miles de niños, cada segundo, sigan muriendo de hambre, mientras en nuestras casas las vídeo-consolas se empeñan en fabricar idílicos territorios, donde se licencian los más pequeños en la argucia banal de la conquista de cosas.

Existe una irresponsabilidad humana en esta dejadez que tortura vilmente a quienes sufren la impotencia de asistir, como mudos testigos, a la gran inmolación de los suyos.

La desfachatez y el escaso sentido común, a la hora de repartir con nuestros semejantes lo que nos sobra en los silos de la desvergüenza mundial -¿civilizada?-, debería por lo menos marcarnos el rostro con la huella de la permanente hipocresía que vestimos. Muchas de las grandes fortunas crecieron esquilmando la materia prima de los países que ahora se estrangulan en la miseria, bajo la presión de unos intereses, que urden un agobio imposible de solventar, cuando no se posee más que el aliento desesperado ante un futuro vacío, sin nada.

La ausencia de un programa mundial que comprometa a los países más ricos en la erradicación del hambre y de todas las lacras que subsisten alrededor de la pobreza, es cuando menos un insulto a la dignidad humana. Esta indiferencia ante el último de los mundos muestra nuestra huida hacia las dobleces que lavan la escasa conciencia humanitaria que nos queda.

Las ONG’s y todos los hombres y mujeres entregados a la noble causa de los pobres no bastan para fulminar las escalofriantes desdichas que sufren, simplemente por nuestro olvido, millones de seres humanos.

Lo más tremendo es saber que hoy es posible acabar, por medio de los recursos y los avances tecnológicos, con la pobreza, si la voluntad política desmantelase el discurso vacío del largo plazo permanente y todos los países que nadan en la abundancia elevasen el mísero porcentaje de su producto interior bruto, condonando esa deuda creciente que ahoga las paupérrimas economías de los menesterosos países de la tierra.

A este lado del jardín, el primero de los mundos se abandona en una escalada materialista que nos ha sumido en el absurdo afán del consumo. Cegados por esa ilusión consumista que nos apresa, distorsionando lo que somos, no podemos ver, cuando ya no existen distancias, esas manos vacías que nos tienden los pueblos que siguen suplicando algo más que una mísera limosna.

 


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