Opinión

La última Lucinda

 

Aquella noche Catorcena no pudo dormir, enfrascado en sus pensamientos:

«(Así que éste es el poder del que se aprovechó el Mariscal Pedro Pardo de Cela. Debió tener un espejo grande siempre a mano y muy bien protegido con el que, cuando se veía apurado y con ayuda del Yelmo y el Espéculo, podía zafarse, pasando todo su cuerpo al otro lado, donde se ocultaba hasta que no hubiese peligro…)»

«(Pero… ¿qué hubiese ocurrido si sus perseguidores, furiosos, hacen añicos el espejo? ¿Cómo volvería entonces a su mundo? ¿Por otro espejo? No. No creo que lo tuviese preparado así. ¡Más bien es de suponer que encontró la forma de darle la vuelta al espejo para que sus enemigos no lo viesen!)»

 «(¿Y qué ocurrió en el Castro de A Frouxeira? ¿Por qué no lo usó entonces para escapar? ¡Seguramente un bolardo, o una flecha, o un accidente casual, rompió el espejo, cerrando su vía de escape y provocando su fin!)»

«(¿Qué habrá al otro lado del espejo, ahora? ¡Me dan ganas de verlo! ¡Comprobarlo no me haría daño! Pero… ¿y si al hacerlo me domina el deseo de entrar en ese otro mundo del pasado? ¿Y si luego no puedo volver?)»

«(¿Y qué sucedería si el Yelmo y el Espéculo caen en malas manos? ¡Podríamos tener un nuevo caso como el del Mariscal! ¿Y qué hubiese pasado si Lucinda, cuando asustó a aquellas mujeres, se hubiese encontrado, cara a cara, con su antepasada, la Mariscala?)»

Con estas y otras preguntas, Catorcena pasó la noche en vela, llegando a la conclusión de que el uso del Yelmo era muy peligroso. Al amanecer fue a hablar con Lucinda y la encontró muy enferma, con una fiebre muy alta…

Catorcena…! ¡Al fin llegaste! Siento que ha llegado mi hora… ¡Ve en busca de un cura, date prisa…! Pero antes, coge el Yelmo y el Espéculo, y ese cartapacio con los papeles y llévatelos… ¡Nunca los uses ni dejes que nadie lo haga! ¡Llévatelos ahora, no sea que luego, cuando yo muera, no puedas hacerlo…! ¡Cuando llegue ese momento, como me voy sin dejar a nadie por heredero, las vecinas desvalijarán la casa por completo y el Cabildo se hará cargo de la casa! ¡Llévatelo ya, con todo lo que quieras! ¡Y tráeme un cura, pronto!

Así lo hizo Catorcena. Cuando marchó el sacerdote, se prometió atender a Lucinda mientras viviese. Y más cuando vio la rapacidad de las vecinas, que estaban pendientes desde el momento que supieron que la estaban dando los Santos Óleos…

Aquella noche comenzó la agonía, siempre con la mano entre las de Catorcena. Al alba entregó su alma, sin que le faltase un beso de despedida en la frente. ¡Así pasó a mejor vida la última de las Lucindas!

Unas mujeres la amortajaron. A su debido tiempo llegaron los enterradores con el «ataúd del pobre«. Un triste cortejo, en el que no faltaron Pepiño ni Senén, acompañó a la difunta hasta el Camposanto, donde recibió cristiana sepultura.

Catorcena estaba muy afectado y sus amigos lo comprendieron, no dejándole solo en tan tristes circunstancias. Senén tenía que marchar hacía León con una carga, pero pospuso la partida por hacerle compañía. E incluso le propuso que le acompañase en el viaje…

Pepiño, por su parte, le dijo que por qué no se quedaba un tiempo en Mondoñedo. Había encontrado trabajo en una granja y podía acompañarle en las faenas del campo, donde su gran fuerza sería de gran ayuda.

Esta idea le pareció buena a Catorcena y, al día siguiente, fueron a hablar con la granjera, que la aceptó.

Pasaron unos días y Catorcena observó que entre la granjera, viuda joven aún, y Pepiño había miradas que presagiaban un desenlace feliz y rápido. Y así fue. No tardó mucho tiempo en decirle que se iban a casar y que quería que fuese su padrino en la boda.

¿Qué hizo Catorcena entonces? Abandonó la casa del nuevo matrimonio, abrumado por los continuos arrumacos de la pareja. No le fue difícil encontrar asiento en una granja aledaña. Pero, por primera vez, se dio cuenta de que en la vida había otras cosas, además de ir corriendo en pos de nuevas aventuras. Y sintió, como le había pasado a Pepiño, la falta de una compañera…

Un anochecer estaba sentado a la luz de la Luna, con el Yelmo y el Espéculo en las manos, cuando se le ocurrió preguntarse que qué pasaría si los empalmaba al revés.

Ni corto ni perezoso, lo probó y se colocó el Yelmo. Instantáneamente sintió un gran bienestar, una paz espiritual muy grande… Y oyó una dulcísima voz femenina, muy lejana, que le llamaba:

Catorcena…! ¡Ven a mí…! ¡Te estoy buscando…! ¡Ya podemos ser felices juntos, fuera del agua!

Sí. ¡Era la voz de la Sirena de la Mar, ahora Marina, transformada en mujer al haberse roto su antiguo sortilegio…!

Y Catorcena decidió emprender su búsqueda sin saber de dónde venía aquella voz enamorada. ¡No importaba! ¡Esta vez el Yelmo del Mariscal se emplearía con un buen fin! ¡El AMOR!

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