Opinión

Villalar y el 850

 

Aquel 23 de abril fue nefasto para mi humilde carraca de cuatro ruedas. El día de la fiesta de Villalar de los Comuneros, cuando entrábamos en Salamanca, al respetar el stop que había en la plaza de toros, un CX palas matriculado en Palencia, nos embistió por detrás con mucha fuerza. Mientras mi 850 tuvo una mínima deformación en el parachoques, el lujoso Citroën se quedaba tirado esperando una grúa.

 

Aquella misma noche, iba narrando el accidente a unos amigos que me acompañaban, cuando al parar en el stop del Puente de Enrique Estevan, otro Citroën nos golpeó por detrás. Mi robusto utilitario, dejó en fuera de juego a aquel 2 Caballos, que conducía un vecino del barrio de la Vega, al que reconocí por haber sido compañero de andanzas, siendo niños, en el colegio del Teso de la Feria.

Aquel festejo de Villalar, lo recuerdo en una nebulosa con tintes revolucionarios, que seguramente hoy, bien referidos, si mi pobre memoria lo permitiese, se encuadraría dentro de esa ceremonia aburrida de los abuelos cebollones que abren las ventanillas del pasado para contar historias que en estos tiempos dan el cante.

Pero sí que puedo recobrar con nitidez, de aquel día, que no me agradó ver un par de banderas de España ardiendo, mientras entre los pendones morados y las banderas republicanas que portaba el rojerío de aquella época, surgió ondeando alguna ikurriña.

Mi decepción fue total, pues traía muy vivo en el recuerdo la Diada, que en el corazón del pueblo catalán escarba conciencias, nutriendo el arraigo que fortalece la identificación con los lugares que formalizan, a través de la historia, en sus gentes, el deseo de ser y pertenecer a ellos.

Desde aquel año, vengo preguntándome si realmente tiene algún sentido un festejo que no ha sido capaz de crecer a lo largo de los años, desde esa raíz que, hincada en otras comunidades de la España actual, dan el fruto de la identidad y la pertenencia a una tierra. Aquí el día que recuerda la derrota de los Comuneros es solo una mera cita político social, que nutre el interés de una inmensa minoría. Los demás, es decir casi todos, nos tomamos la fecha como un nuevo puente que, en forma de adecuación vacacional junto al del 1 de mayo,  nos anima a cavilar que en dos meses estaremos panza arriba rociados de arena en cualquier playa.

Claro que la pandemia este año de nuevo ha montado su tablado y la ilusión no está para andar de verbena, cuando, metidos en el extraño sueño de las vacunas, seguimos enmascarados sin saber a qué hora despertaremos de la pesadilla.

 

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