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Opinión

Por las tierras de campos

 

Da la impresión de que ya está cerca el final de las restricciones. Con el virus pululando todavía nunca se sabe, pero poco a poco esta maltrecha tierra recobra la vida perdida. Se ven turistas por la Plaza y la Rúa, no muchos, incluido algún guiri que ha caído por estas longitudes, las geográficas, porque al oeste nos estamos refiriendo. Este año largo, eterno en su percepción, nos ha mostrado con toda crudeza la dependencia que tenemos del sector turístico. Sin industria, con un sector primario sistemáticamente descuidado y una malograda apuesta por la cultura en los comienzos del milenio, nos queda vivir del pasado, que son las piedras y el prestigio de la Universidad.

Salamanca, como otras capitales del oeste meseteño, apunta a convertirse en sitio arqueológico. Y mal que mal, cuando regrese la normalidad de siempre –la nueva no es normal–, la ciudad irá tirando en su lento decaer, con la hostelería como punta de lanza. Pero el futuro hecho ya presente de la provincia no puede ser más desolador. Si salvamos la Sierra, que ahí sí ha habido imaginación y emprendimiento, el resto de la provincia va para parque temático del secano extensivo y la dehesa del Campo Charro, con los desfiladeros y gargantas de Arribes, las ruinas de iglesias en pueblos abandonados y tres o cuatro cosas más. El oeste no puede estar más tocado.

Parece que hasta existe un oeste del oeste. La España progresivamente deshabitada es la del interior. Hay regiones con menor densidad de población, todavía, que estas tierras abatidas del poniente. Y cada uno se queja de lo suyo. No podía ser de otra manera. Sin embargo, al recorrer otras comarcas del interior se percibe un dinamismo aquí desconocido, una actitud de rebeldía que lleva a disponer los medios para impedir la extinción de sus pueblos. Contrasta con la actitud resignada del charro que, con sus apoltronados dirigentes, asume como inevitable el destino fatal de ese centenar largo de pueblos para el que ya pidieron la extremaunción.

En estos días de lento regreso a nuestra vida anterior hemos tenido la suerte de recorrer la Tierra de Campos palentina. Támara, Becerril, Frómista, Paredes de Nava, Astudillo, Villalcázar de Sirga, Carrión de los Condes… son pueblos con pasado, historia, arte y tradiciones que están sabiendo reinventar. Por allí confluyen el románico, gótico y renacimiento, historias de reyes y santos, el Canal de Castilla y el Camino de Santiago. Son elementos con enorme atractivo y potencial, a los que suman imaginativas aportaciones, tipo San Pedro Cultural, el centro de divulgación astronómica que permitió evitar la desaparición, en Becerril de Campos, de una iglesia medieval en ruinas.

Por esas tierras de campos y pan llevar, que como un tercio de la provincia salmantina fueron también de los vacceos, se le está echando imaginación. En sus pueblos palpita la vida, hay niños, que son el futuro, hay deseos de reanudar este resurgir que con la pandemia quedó interrumpido. Tenemos que aprender, porque el potencial del oeste meseteño no es inferior. Quizás en otro artículo reflexionemos sobre lo mucho que está por explotar y potenciar en estas tierras dolientes que miran hacia Portugal.

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