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Opinión

4 Cementerio

Fue un día nublado, anunciado con lluvias en los telediarios, propenso a la nostalgia al igual que estas fechas. Al terminar de comer recogí la cocina y decidí acercarme a la parada del autobús nº 4, un autobús que no anuncia en su destino un barrio o tal vez sí, 4- Cementerio.

 

El viernes 28 de octubre visite la tumba de mi padre y deje sobre su nombre un manojo de flores variadas envuelto en papel color tierra, compré el ramo en las afueras del campo santo, pagué diez euros.

Lleve conmigo una pequeña mochila con una máquina fotográfica, la uso habitualmente en mis paseos, también iba con un enorme baúl repleto de emociones dormidas, que despertaron al terminar un Padre Nuestro al pie de la sepultura. No hay lapida que tape su rostro.

 

Fluyó el sentimiento en un monologo interior, reviviendo fragmentos de la infancia para continuar resumiendo la vida en recuerdos de gozo y arrepentimiento, buscando siempre una descarga sentimental, que en su vida no mostré. También le hablé de la familia, por un instante, volvimos todos a la mesa.

 

He visitado muchos cementerios con motivo de la exposición “Corrales de muertos”, que hice para el Instituto de las Identidades de la Diputación de Salamanca y posteriormente he seguido visitándolos y haciendo fotografía cada vez que he tenido oportunidad, en todos tuve la misma sensación de paz, de recogimiento.

 

Pero cuando visito el cementerio San Carlos Borromeo en Salamanca, tengo una visita obligada con el recuerdo, aunque solo me acerco a una sepultura, realmente estoy visitando también a todas las personas que conformaron mi familia y a quienes nos acompañaron durante años.

El Blog de Pablo de la Peña, aquí.

 

 

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