fbpx
Opinión

Mirar sin ver

En Umberto Eco («Contra el fascismo») podemos leer: «Es suficiente mirar el texto fundacional de cualquier movimiento fascista para encontrar a los principales pensadores tradicionalistas. La gnosis nazi se alimentaba de elementos tradicionalistas, sincretistas, ocultos. La fuente teórica más importante de la nueva derecha italiana, Julius Evola, mezclaba el Grial con los Protocolos de los Ancianos de Sión, la alquimia con el Sacro Imperio romano».

Y no olvidemos que Julius Evola admiraba al jefe de las SS, Heinrich Himmler, un tecnólogo de la muerte (o sea un asesino en masa) y cultivador de las mitologías más disparatadas.

Hoy vemos cómo el neofascismo (fascismo eterno o ur-fascismo, lo llama Eco) busca mezclarse y utilizar a los negacionistas conspiranoicos. Un ejemplo claro de ese sincretismo esotérico, exótico, y turbio al que se refiere Umberto Eco.

La mezcolanza con lo raro, extravagante y nebuloso, favorece el posterior uso y más dócil aceptación de la irracionalidad.

Poniéndome en lo peor incluso interpreto de modo poco habitual un asunto aparentemente banal e intrascendente sobre el que se han vertido ideas dispares. Pienso que esos elogios desmedidos de algunos de nuestros próceres pensantes dirigidos a las manadas etílicas de los jóvenes que proliferan en nuestros días, más que de epicureísmo vital y buen rollo, proceden de futurismo imberbe y alabanza descocada de lo juvenil. Un retorno del “juvenilismo” podríamos decir. Y sobre todo un elogio de la masa, porque una cosa es juntarse una cuadrilla de amigos a pasarlo bien, y otra muy distinta que se junten 25.000 constituidos en marabunta.

¿Que salen a relucir las armas blancas o se queman bienes ajenos en una orgía de destrucción absurda que desprecia al prójimo? Pues eso significa que necesitamos espacio vital para crear imperio.

En tanto que el imperio llega, sea en Abisinia o en otra parte, dejemos que la fuerza y la violencia juvenil se adueñen del espacio público. Ya habrá ocasión de utilizar esa fuerza contra el “enemigo”, sea este quien sea.

Si dejamos que el espacio público se llene de ruido y bronca, la irracionalidad como objetivo tendrá un camino más fácil. Y de eso se trata.

Hoy vemos cómo el neofascismo (fascismo eterno o ur-fascismo, lo llama Eco) busca mezclarse y utilizar a los negacionistas conspiranoicos

Este dinamismo vitalista (“la acción por la acción”, como veremos después), parece estar en la línea de aquellos futuristas fascistas, como Marinetti, uno de los inspiradores del fascismo, que alababan la velocidad y el automóvil, para confluir al cabo en un holocausto de técnica fría y exacta, veloz y silenciosa. O sea, eficiente. Quizás por ello la adoración de las máquinas inteligentes coexiste hoy fácilmente con el desprecio de la vida humana, o con la indiferencia por la explotación laboral. “Queremos destruir y quemar los museos, las bibliotecas, las academias variadas y combatir el moralismo, el feminismo y todas las demás cobardías oportunistas y utilitarias”.

“Queremos glorificar la guerra -única higiene del mundo-, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas, las ideas por las cuales se muere y el desprecio por la mujer”.

“Cantaremos a las grandes multitudes… etcétera”.

(Del Manifiesto futurista).

Las multitudes beodas ya las tenemos, y hay quienes les cantan y doran la píldora. Nada nuevo bajo el sol: pan y circo.

Una paradoja del liberalismo ultra es que, ya entusiasmado y fuera de sí, se convierte automáticamente en absolutismo cavernícola, como si a través de un futurismo deshumanizado (que prescinde del hombre tras exprimirlo) retrocediéramos a los tiempos de barbarie.

Es sabido que sus teóricos y voceros se ponen estupendos con aquello de la libertad individual y dicen aspirar a limitar el alcance y las garras del poder. No olvidemos sin embargo que bajo esa apariencia teórica y sobre todo retórica, tan libertaria en apariencia, pasan de contrabando otra mercancía menos libre y menos humanista, que desdice el cuento y desnuda la trampa.

Para «liberar» se «privatiza» lo que es de todos, es decir, se le echa mano. El resultado para la libertad de todos ya lo conocemos.

Hoy día en España nadie acumula y concentra más poder que ciertas empresas, por ejemplo, las eléctricas. Y eso que se definen como empresas muy liberales que dicen desconfiar del poder y de quien lo acumula. Extraña paradoja es esta.

¿Resultado de esa “liberación”?

Todos hemos de «obedecer» sus mandatos. Mandan unos pocos (ellos), y obedecemos todos los demás, sus siervos.

Es decir, estos «liberales» aspiran a limitar el poder, sí, pero solo el poder de los demás para adueñarse al cabo del poder de todos.

Lo cual en el panorama global dibuja un escenario de amos y esclavos, y entre estos últimos se encuentran ya incluidos y atrapados en la misma red muchos Estados «soberanos». Es decir, un panorama de absolutismo propiamente feudal que hemos recuperado a paso de cangrejo (que diría Eco) y a golpe de tercera vía. La posmodernidad como reivindicación del medievo.

La manada etílica, que de pura libertad se adueña del espacio público, e impone su ley, su ruido y su destrozo, es una metáfora en pequeño (o en garrafa) de esa imposición. El botellón es un espacio donde no rigen las leyes, y por tanto una representación en miniatura de la selva neoliberal. En todo sincretismo anida la contradicción, afirma Eco.

Veamos otro párrafo de su “Contra el fascismo”:

«El rechazo del mundo moderno quedaba camuflado en la condena de la forma de vida capitalista, pero concernía principalmente a la repulsa del espíritu de 1789… La Ilustración, la Edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el ur-fascismo puede definirse como irracionalismo«.

“Camuflado”, dice Eco. O sea, disimulado

Son contrarios a los excesos del capitalismo, pero solo lo son en modo camuflaje, en tanto engañan. Luego dentro se esconde otra realidad muy distinta y el capitalismo desregulado, o sea irracional, es su principal sostén.

“Principio de la depravación moderna”.

Estos otros de ahora dirían “principio de la “progrecracia”, adaptando al lenguaje de ahora aquella idea rancia.

La Ilustración y el espíritu de 1789 se les atraganta. Lógico y esperable. Añoran al “Rey Sol”, o sea al jefe supremo, al Duce, al Generalísimo, al Führer.

Y se les atraganta también, por motivos obvios, “el espíritu de 1945” (véase Ken Loach), que surgió tras la derrota del fascismo en la II Guerra Mundial.

En tanto que el imperio llega, sea en Abisinia o en otra parte, dejemos que la fuerza y la violencia juvenil se adueñen del espacio público. Ya habrá ocasión de utilizar esa fuerza contra el “enemigo”, sea este quien sea. Para «liberar» se «privatiza» lo que es de todos, es decir, se le echa mano. El resultado para la libertad de todos ya lo conocemos.

Quizás todo esto explique también por qué las monarquías más retrógradas suelen servirse del fascismo como instrumento de irracionalidad para sus fines propios, en un intento de retrotraernos al periodo anterior a la Ilustración y las luces.

Sin un amplio margen de irracionalidad, la monarquía no tendría presente ni tampoco futuro.

“De la estupidez a la locura”, que diría Eco, y de ahí ya embalados a la monarquía.

Recordemos que Alfonso XIII envidiaba al monarca italiano su Mussolini, y hasta que no consiguió el suyo, no se detuvo.

Apoyo al monarca absoluto y financiación plutócrata, suelen ser una constante en muchos de estos partidos fascistas. Y nada hay de contradictorio en ello.

Otra aclaración de Eco:

«El irracionalismo se deriva también del culto a la acción por la acción. La acción es bella de por sí y, por tanto, debe actuarse antes de y sin reflexión alguna. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se la identifica con actitudes críticas. Desde la declaración atribuida a Goebbels («Cuando oigo la palabra cultura, echo mano a la pistola») hasta el uso frecuente de expresiones como «Cerdos intelectuales», «Estudiante cabrón, trabaja de peón», «Muera la inteligencia», «Universidad, guarida de comunistas», la sospecha hacia el mundo intelectual ha sido siempre un síntoma de ur-fascismo».

En cuanto al pensamiento como castración, y a la irracionalidad y demás efusiones testiculares como ejercicio irreverente de la hombría, no hay más que recordar el estilo machote y vinoso del dictador Primo de Rivera. Tras un cocido bien regado, con meteorismo incluido, se venía arriba.

Un ejemplo de irracionalidad adaptado a los tiempos posmodernos es el de Bolsonaro, al que hoy se acusa de no pocas muertes como consecuencia de su mentalidad irracional, y en cuanto que esa mentalidad ha orientado muchas de sus decisiones. Recuerden que Bolsonaro, presidente de todo un país, afirmaba que las vacunas contra la COVID-19 nos convertirían en reptiles.

Es innecesario decir que para reptil antediluviano, él mismo.

Es sabido que sus teóricos y voceros se ponen estupendos con aquello de la libertad individual y dicen aspirar a limitar el alcance y las garras del poder. No olvidemos sin embargo que bajo esa apariencia teórica y sobre todo retórica, tan libertaria en apariencia, pasan de contrabando otra mercancía menos libre y menos humanista

Y ya que tocamos el tema de la irracionalidad digamos que Nicolás Maduro tampoco está muy allá, sobre todo cuando se pone a interpretar el lenguaje de los pajaritos. Claro que las asechanzas continuas de las que ha sido objeto el gobierno de Venezuela por parte de los que no creen (y nunca han creído) en la democracia, anima mucho a desvariar y extraviar el rumbo.

Y bien extraviado lo tienen ya el matrimonio en jefe de Nicaragua, cuyo concepto de democracia deja mucho que desear. Desde luego lo suyo, encarcelando opositores, democracia no parece.

Sigue Eco (para los nostálgicos del pensamiento único y aquello otro tan posmoderno de «No hay alternativa”):

«El espíritu crítico realiza distinciones, y distinguir es señal de modernidad. En la cultura moderna, la comunidad científica entiende el desacuerdo como instrumento del progreso de los conocimientos. Para el ur-fascismo, el desacuerdo es traición».

Quizás por esto algunos analistas del ahora no entienden la dialéctica y tensiones en el seno del gobierno actual como motor de avance en las políticas que favorecen a la mayoría. La querencia y la costumbre de zombies disciplinados les dice que la distinción y el análisis de alternativas es pecado. Al fin y al cabo, para Alfonso Guerra, prototipo del régimen, quien se movía era un traidor y no salía en la foto.

Gracias a Dios aún existen Odón Elorza y otros como él.

Y sigue Eco:

La manada etílica, que de pura libertad se adueña del espacio público, e impone su ley, su ruido y su destrozo, es una metáfora en pequeño (o en garrafa) de esa imposición. El botellón es un espacio donde no rigen las leyes, y por tanto una representación en miniatura de la selva neoliberal.

«El desacuerdo es, además, un signo de diversidad. El ur-fascismo crece y busca el consenso explotando y exacerbando el natural miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El ur-fascismo es, pues, racista por definición».

Explotar y utilizar el miedo. Una característica del fascismo eterno. Como lo es también el racismo.

Y algo de “racismo” tiene la apropiación de las Instituciones que puede llegar incluso hasta considerar la ocupación legítima del gobierno por los partidos de la oposición como “intrusismo”.

Conviene mirar lo que tenemos delante, y si se necesita un guía fiable para su interpretación, ahí está el maestro Eco para ilustrarnos.

— oOo —

Noticias relacionadas

Deja una respuesta

Botón volver arriba