Opinión

Ríos de sangre

Lo confieso. ¡No soporto que me saquen sangre!
La cosa empezó siendo niño cuando, al hacerme un análisis, se me ocurrió mirar y vi como el depósito de la jeringuilla se llenaba de mí.

Desde entonces siempre que me pinchan en el brazo veo ríos de sangre saliendo de él. No me he llegado a desmayar ¡eso no!, pero sí me tenía que tender en las camillas y, en algunas ocasiones, otra enfermera me abanicaba con una toalla. ¡Qué razón tenía Freud!

Parece ser que esto no es raro, según me contaban mis adorables enfermeras que, afirmaban, siempre les ocurría cuando los pinchados en el brazo ¡eran hombres!

¿Será verdad o ganas femeninas de controversia? ¡Qué fuertes se sienten con aquello de “Ay, caballero, ustedes no saben lo que son los dolores del parto”! Y a continuación lo de: ¡”Y los hombres os desmayáis ante un simple arañazo que, además, no duele”!

Sea lo que sea parece que ellas tienen razón. En dos casos he visto desmayos masculinos, con caída hasta el suelo ¡auténticos K. O.!- ¡pero yo no llegué a tanto, que conste!

¿Qué remedio tiene esta hemofobia? Pues simplemente la vida, que te enseña que eso no es nada; que cuando hace falta, litros de vida darías para salvar otra. Y llegas a contar chistes y compartir la alegría de la gentil enfermera que te pincha el brazo. ¡Pero no deja de serme desagradable la agujita, que parece que dura un siglo dentro de mí!

Una de ellas, gran amiga, admirable por el sacrificio familiar que soporta, me ha contado una anécdota que le pasó no hace mucho.

El caso es que el novio de su hija tenía que hacerse un análisis y ésta insistió en que fuese su madre quien se lo practicase.

¡Ya está preparada la jeringuilla! Y entonces él dice que suele marearse en tales situaciones.

-“Bueno, pues túmbate en la camilla y relájate”

Pero en ese momento Manoli miró a su hija y vio que tenía blanca la tez, a punto del desmayo. Y sin pensarlo, ¡plas, plas! sendas bofetadas en los carrillos.
-“Pero, mamá, ¿por qué me pegas?”

-“Pues porque estabas a punto de caerte. ¡Mira que bien te encuentras ahora!”

-“¡Pues es verdad!”

-“Bueno. Y tú, ¡hala! ¡Túmbate ya en la camilla!”

-“¡Noo! ¡No hace falta! ¡Qué ya no me mareo! ¡Pínchame aquí mismo, de pie!”

Y efectivamente, ¡no volvió a marearse nunca más!

MORALEJA: ¡¡¡… ¡!!


Noticias relacionadas

Deja un comentario

Botón volver arriba