Opinión

El arresto

Hace muchos, muchos, años alguien –no recuerdo quien—me enseñó una fotografía que había hecho en las cercanías del derruido puente de La Salud.

Para los que no lo sepan, este famoso puente era de hierro y se construyó para el ferrocarril entre Salamanca y Portugal. Con el paso del tren traqueteaba pavorosamente. Hoy sólo se conservan los grandes pilares de piedra.

En la foto aquella se veía una enorme oquedad que tenía la forma de una huella, supuestamente de dinosaurio. Aclaré al informante que aquello no podía ser tal cosa, por estar impresa en pizarras del Silúrico y que en aquella época los únicos vertebrados que existían eran peces, que no se atrevían a respirar fuera del agua por la gran toxicidad atmosférica.

Alrededor de la “huella” había numerosos agujeros que eran el resultado de la erosión química de cristales de pirita limonitizada; deduje que la oquedad en cuestión se había originado del mismo modo en un gran núcleo ferruginoso, produciéndose una forma caprichosa. No sé si mi amigo quedó convencido. Me parece que no; pero era como yo le dije. No podía ser de otra manera.

Pese a que me indicó el lugar donde se encontraba jamás pude encontrar la dichosa “huella”, aunque mejor es llamarla simplemente seudohuella. Lo que si hice fue comentarlo en diversas ocasiones con mis queridos alumnos.

Se la debía buscar en la orilla derecha del río Tormes; en la izquierda había por entonces unas instalaciones militares, decían que con un polvorín, a las que no se podía acceder ni siquiera con las fotografías aéreas del año 1956. Desde la carretera se veía una casita, hoy ruinosa, y cerca del río, una garita.

Me contaron que un día dieron el alto a un alumno y que incluso hubo un disparo de advertencia, al aire. Siempre pensé que se trataba de una exageración.

Alumnos de Geológicas buscando la seudohuella, al pie de los pilares del Puente de La Salud  (noviembre, 1968).
Alumnos de Geológicas buscando la seudohuella, al pie de los pilares del Puente de La Salud (noviembre, 1968).

Hace poco me ha escrito un querido antiguo alumno que, por entonces ocupaba todo su tiempo libre –supongo que aún sigue con esa costumbre—recorriendo parajes y paisajes con la compañía de su martillo de geólogo. Es, nada menos, el descubridor de uno de los grandes yacimientos de vertebrados fósiles de Castilla y León, hoy un clásico: Casaseca (otro día os hablaré de ello). Tuve el honor de apadrinarle en una ceremonia de investidura de doctores, tradición salmantina que nos han copiado Alcalá y las demás universidades españolas. Estoy hablando de Luis Ángel Alonso Matilla, profesor de la Universidad Politécnica de Valencia.

Resulta que ahora me entero, porque me lo ha dicho él, que fue el protagonista de aquella anécdota del polvorín; ocurrió, más o menos, así:
Era un domingo, a eso de las 4 de la tarde. Efectivamente, le dieron el “alto, quien vive”, pero no hubo disparos. Le detuvieron y él alegó que estaba “buscando las limonitas en las pizarras”.

“¡Cuentos chinos!” –pensaría el oficial de guardia aquella tarde- “Con esa barba negra y un martillo en la mano, este pájaro debe ser un terrorista”

Cuando le dijo que no, que cómo iba a ser eso siendo hijo de un militar, la cara del teniente se suavizó y llamó a su casa, con la gran fortuna de que sus padres aún no habían salido a su paseo dominical.

-“Perdone que le moleste, pero es que aquí hay un joven de aspecto muy sospechoso, que dice ser su hijo. ¡Sí, señor! Lleva un martillo y dice que es para coger piedras y minerales. Sí. Barbudo. Sí. ¡Que no puede ser otro que su hijo! ¡Que viene ahora a identificarle! ¡No, por Dios! ¡No! No se moleste. ¡No faltaba más! ¡Ya queda todo aclarado y ahora mismo le dejamos en libertad! ¡A sus órdenes!”

Y a Luis Ángel:

-“Bueno, majo, ¿qué tal estás? Ya puedes marcharte. ¡Y si quieres, puedes coger todas las piedras del recinto militar que necesites!”

Y como epílogo yo me pregunto ¿qué hubiese ocurrido si aquel teniente llama unos minutos más tarde y el padre de Luis Ángel no está en casa?

Escribidme, queridos lectores, dándome vuestro final de esta historia.


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3 comentarios

  1. Hola Emiliano. Muy buena la historia de este «affaire» con la autoridad. Para que veas lo que pasa por no ir perfectamente afeitado y con ropa de Cortefiel al campo.
    Estas cosas pueden extrañar a ciudadanos corrientes pero a los geólogos nos parecen normalitos.
    Un abrazo
    Loli

    1. ¡Qué razón tienes, Loli! Yo creo que a todos nos ha pasado algún encuentro con la autoridad. Algún día contaré mis propias anécdotas, como cuando puse a excavar a varios miembros de la Guardia Civil. O cuando tuve que fiar por un compañero sin documentación…
      Un abrazo
      Emiliano

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