Las empresas humanas reflejan inevitablemente el carácter de quienes las impulsan. Lo comprobamos a diario en la vida cotidiana y, lamentablemente, también en el acontecer político nacional e internacional. Así se marcan los tiempos y las épocas; así los hombres (y mujeres) del pasado han roturado la historia. En vísperas de celebrar los 25 años de que Salamanca fuera Capital Europea de la Cultura en 2002, quiere la casualidad que, entre los centenares de volúmenes de una biblioteca heredada, alguien llame mi atención sobre una dedicatoria y un libro que iniciaba entonces las primeras salvas de aquella celebración: Salamanca, azul y oro. Si no en el ángulo oscuro de algún almacén, aún es frecuente verlo entre libros de segunda mano.
Se trató de una obra colectiva que, en torno y a partir de las fotografías de Luis Monzón, afamado fotógrafo y peluquero de la calle Meléndez, capturaba la Salamanca monumental bajo el hechizo de la luz nocturna y daba rienda suelta a la poesía y el comentario lírico de la mano de una treintena de autores, muchos de ellos salmantinos. La coordinación corrió a cargo de Alfredo Pérez Alencart, núcleo y motor de una de las más extensas constelaciones poéticas que haya contemplado Salamanca entre los últimos compases del siglo XX y los albores del XXI.
La publicación acompañaba la magnífica exposición fotográfica auspiciada por el Ayuntamiento, y las fotografías eran, verdaderamente, espectaculares. Algunas tan hermosas como el galeón de Monterrey de los Alba emergiendo entre la bruma (como el fantasmagórico buque del Holandés Errante de “Piratas del Caribe”) y que que hicieron a González Quesada exclamar: “de tan cierto perfecto / tan hermoso que asusta”. O la singularísima imagen de Catedral y Clerecía (desde el pórtico de San Esteban), a la que el genial Adares dedicó un endecasílabo en tres versos que sonaba así: “Piedra a piedra / la distancia / aprendió a hablar”.
David Senabre acababa de recordarnos el cambio que la ciudad había dado en el último siglo con su Salamanca en 1998, y nos hallábamos entonces en la antesala de la fiesta grande, de aquella nuestra particular exposición universal (de sueños, tracas y publicidad internacional) que fue el 2002 (y su secuela de 2005). Eran los años, también, en los que una iluminación nocturna –modesto precedente de los divertimentos lumínicos con que autóctonos y foráneos hallan ahora un entretenimiento civilizado en las noches festivas de la Salamanca enamorada del turismo internacional– mostraba una ciudad nocturna distinta de la de nuestra adolescencia, y en la que el oscuro cielo salmantino contribuía a hacer brillar la ciudad del Tormes.
Por aquel entonces, quien suscribe estas líneas comenzaba a prodigarse como poeta en actos públicos, y quizá esta fue una de sus primeras intervenciones en una obra colectiva de semejante naturaleza. Como suele decirse, no estaban, sin duda alguna, todos los que eran, pero sí eran todos los que estaban, poetas en su mayor parte. Apenas media docena de colaboradores no vates se contaban entre nosotros, y entre ellos destacaba mi entrañable Francisco Javier Blázquez Vicente, a quien tanto debe la Semana Santa de Salamanca (y a la que él, por cierto, debe un libro) y que comentó, entre otras, las fotografías “Palacio del Obispo” y “Torre de San Julián” (ignoro si las escogió él mismo), fiel a sus convicciones entonces como ahora.
Algunos de los que fueron ya no están. Para ellos, nuestro recuerdo más cariñoso, por lo que aportaron a aquellos años. La gloria de una ciudad se edifica, en gran medida, a base de horas de ilusión y trabajo de sus conciudadanos. Creo que hubo mucho de ambas cosas en la Salamanca de hace un cuarto de siglo y de cuyos éxitos ahora disfrutamos. Unamuno lo explicó al hablar de la intrahistoria. Empezando por Luis Monzón, los ojos que nos mostraron la ciudad entonces, y siguiendo por Jacqueline, “la mujer del poeta”, silenciosa musa de tantas empresas alencartianas. E igualmente don Alfonso (Ortega Carmona) y don Paco (Rodríguez Pascual), adalides de una de las versiones de la Universidad Pontificia que pudieron ser y no fueron. Poetas como Félix Grande, o Luis García-Camino, o el inolvidable Pepe Ledesma (cuya estatua junto a la muralla no hubiera sufrido el ocultamiento de los últimos años de haber estado Pilar velándola aún). Todos ellos ya brillan entre las estrellas del cielo salmantino e iluminan nuestro presente y el futuro hacia el que vamos.
Vendrían más tarde otros libros semejantes, que saldrían a la plaza una vez abierta la puerta de chiqueros que supuso el 2002. Alimentarán los power-point de la IA turística. Pero Salamanca, azul y oro fue especial. Desgraciadamente, por diferentes motivos, todo se fue diluyendo. El tiempo nos fue arrancando a jirones aquella juventud que siempre es exultante y nos dejó, como a la propia Salamanca, de nuevo confrontados –sin alharacas ya– con lo esencial de aquello que somos y hacemos. Hubo en aquella Salamanca una gran hermandad de poetas felices en el inicio del nuevo siglo que el tiempo y los avatares humanos acabarían transmutando. Hoy, ya de vuelta en muchas cosas, volvería sin dudarlo a colarme en aquella fiesta patrocinada, como casi todo entonces, por Caja Duero.
Escribía Neruda en su famoso Poema 20: “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. ¿Qué son 25 años en la vida de una ciudad, en la de una generación, en la vida de una persona? Todo. El tiempo nos cambia más por dentro que por fuera. Es ley de vida. No evolucionamos tanto en las apariencias, mas la esencia es totalmente distinta. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Y para testimoniarlo, basta con vernos las caras en las fotos de Luis.





















