Opinión

El pájaro que sólo canta para mí

Un ruiseñor cantando. Imagen de wal_172619 en Pixabay

Sobre Los versos de mi amiga, de Esperanza Ortega

Los poetas tenemos una relación especial con las palabras. Son mucho más que simples herramientas de expresión: en ellas encontramos refugio, identidad y sentido; o también su ausencia. Las palabras nos definen, nos descubren y permiten decirnos quiénes somos. Nombran no sólo lo que pensamos que somos, sino también qué aspiramos a ser y qué ocultamos en lo más profundo.

Esta complicidad singular con el lenguaje se manifiesta de manera excepcional en el libro, Los versos de mi amiga (2026). Esperanza Ortega, con seis poemarios a sus espaldas (además de narrativa, ensayo, crítica, memorias…) es una de las voces imprescindibles de la literatura española actual. La obra se estructura en ocho apartados, cada uno de los cuales agrupa poemas bajo un mismo hilo temático, precedidos por un poema inicial y cerrados por otro final que entrelazan y concluyen el poemario, formando un círculo perfecto articulado alrededor del verso “ESCRIBIR UN POEMA”. Este verso, al inicio, se completa con “te llena de dicha”, y al cierre, acompaña la confesión: “Hacer lo único que haría/ si volviera a resucitar en otro mundo:/ ESCRIBIR UN POEMA.” Así, la autora deja patente su declaración de intenciones respecto a la poesía y la manera en que esta define su existencia.

Todo en el libro me ha interesado profundamente. Todo en él me ha gustado y -de maneras distintas- emocionado. Podría decirse que es la obra de toda una vida, si no fuera porque el lector imagina que sólo es el primero de otros muchos libros que nos están esperando detrás de este, pues queda en el aire la promesa de una experiencia lírica profunda y verdadera que está sin agotar con esta magnífica obra. El libro abarca todo: la memoria, los afectos, la identidad, la crítica social, el compromiso y, como no podía ser de otro modo, también la propia (la universal) experiencia con la poesía.

Como ya he mencionado, el libro comienza con un poema/poética donde se destaca la existencia de una felicidad única, una dicha que solo puede alcanzarse a través de la escritura: “Escribir un poema te llena de dicha”. Conviene recordar aquí la etimología de la palabra “dicha”, que proviene del plural latino “dictum” (lo dicho). Nombrar, entonces, se convierte en una forma de ser feliz. Escribir nos colma de alegría y, de acuerdo con la etimología, también nos sumerge en un océano de palabras. Definitivamente, no hay mejor manera de vivir que hacerlo con la vida impregnada de vocablos, de palabras que nos acompañan y dicen/construyen la manera en la que vivimos.

Esta afirmación contiene el júbilo compartido por quienes se entregan a la escritura, y la autora logra trasladar esa sensación al lector a través de imágenes evocadoras: “El mundo te acompaña”, “ya no estás sola, ya no eres frágil, ya no te duelen las/ rodillas”. Sin embargo, como esa moneda con dos rostros del Jano bifronte, también la poesía posee una doble identidad y el texto no elude la complejidad del acto creativo (“no es tarea fácil”, afirma, “nacen los nietos/ y mueren los amigos”). Esperanza Ortega recurre a la potente imagen dual (como la propia poesía, como la propia vida) de la anciana inofensiva que “te mira de reojo” y que, sigilosa, se aproxima por la espalda con su guadaña, mientras tú, consciente de tu logro, sabes que “por fin has escrito/ un poema a su altura”. Así, el poema conjuga la alegría del proceso creativo con la sombra inevitable del tiempo.

La reflexión sobre la propia poética se profundiza en el tercer apartado, el más extenso del poemario, titulado “Escribir un poema”. En este segmento, se exploran todos los rincones de la escritura lírica: la delicada vergüenza de revelar el mundo interior ante los demás. Esperanza Ortega pone de manifiesto esa vivencia compartida por casi todos los poetas, la sensación de exponer en sus versos el yo más íntimo, (“De nuevo me da vergüenza/ reconocer que escribo mis poemas”). Por eso, recurre a un recurso irónico que consiste en distanciar la autoría y plantear -irónicamente- adjudicarla a “alguna amiga mía, una vecina/ o la vecina de una amiga mía”, utilizando esa tríada de expresiones que alejan semánticamente la confesión autobiográfica y crean un juego de identidades en torno a la escritura. Como aquel verso de Emily Dickinson: “Tengo un pájaro en primavera para mí sola canta”, en el que la estadounidense hablaba simbólicamente de su experiencia en intimidad con la escritura, y de su dificultad para la relación con el exterior, Esperanza Ortega reconoce esa sensación sentida por casi todos los poetas de estar exponiendo en sus poemas todo su yo.

También se nombra el poema, la escritura lírica como salvación ante todos los posibles miedos: al sueño oscuro, a las tormentas y su nocturno viento, y también el pánico, extendido en el tiempo, a la página en blanco: “Este es el peligro del poeta que calla:/ puede que las palabras le abandonen”. La autora reflexiona sobre su propia escritura, vuelve a los versos desechados, y los encuentra verdaderos: “Pero al releerlos/ me he dado cuenta de que decían la verdad”, señala, y añade, reconociendo la autenticidad de la escritura desterrada, mientras acude al lugar de la mayoría con un inteligente juego irónico (recurso que se le da muy bien a Esperanza Ortega como poeta inteligente que es): “La verdad es muy torpe y puede parecer artificiosa/ eso lo saben todos los poetas”. También nombra la escritura como reflejo autobiográfico mediante la negación anafórica: “Tú nunca escribirás sobre los lobos”. O también: ”No escribirás del hambre ni del frío”. “Del nacimiento y de las despedidas/ podrías escribir,/ de la melancolía y del remordimiento/ podrías escribir…”

También se reflexiona profundamente sobre la naturaleza del verso y su aspiración a extenderse más allá del tiempo. La autora propone que el verso ideal sería aquel capaz de prolongarse, de fluir sin límites ni fronteras, convirtiéndose en un hilo continuo que conecta el presente con el futuro y los recuerdos con las esperanzas. Esta imagen de expansión infinita se materializa en la estructura misma del poema, donde cada verso se encabalga con el siguiente, sin interrupciones de comas ni puntos, generando un ritmo ininterrumpido y casi hipnótico que transporta al lector a una experiencia sensorial única. Así, fondo y forma se funden magistralmente: el contenido trata de la eternidad y el fluir del verso, y la forma refuerza esa idea al permitir que la lectura sea también un viaje, una travesía que nunca se detiene.

El lector no solo comprende intelectualmente la propuesta de la poeta, sino que la vive y la siente al leer, notando cómo cada palabra se enlaza con la siguiente y el poema parece no tener final, como si fuera posible habitar en él para siempre. Este juego entre la idea y la estructura convierte al poema en una invitación a percibir la poesía como experiencia viva y duradera, donde cada verso es una huella que se prolonga en el tiempo y en la memoria de quien lo lee, inspirando una sensación de infinitud que trasciende la página y se instala en el alma del lector: “Un verso debería prolongarse años muchos/ muchos años/ y cielos y caminos y no terminar nunca de/ caer como la flecha que se lanza y no regresa un verso no/ debería detenerse no debería rendirse ni/ dejarse conquistar por el silencio pero los poetas/ se cansan/ de tirar de la cuerda y/ buscan excusas mientras abandonan/ las sílabas diseminadas sobre el prado por eso/ el manantial se seca y las palabras/ al fin desaparecen/ entre el vuelo ilusorio de los pájaros.

”Me ha gustado especialmente el poema en el que un niño asegura que “su oficio/ será el de escribir cuentos, / pero solo comienzos de cuentos”. A partir de lo que la autora (el lector no puede evitar identificar la voz lírica con la biográfica) asegura que “su oficio/ será el de escribir cuentos, / pero solo comienzos de cuentos”. Después, se elabora la definición de poema: “Eso es un poema,/ un cuento que no avanza,/ detenido en el érase una vez, /donde todos se sumen en la noche del bosque,/ donde nadie regresa cargado de tesoros,/ donde nadie se casa/ porque nadie concluye su aventura”.

El poema termina con varias puertas abiertas, que son las que marcan la dirección del texto, como bien se manifiesta en los versos que se incluyen detrás del nexo adversativo, cuya dirección argumentativa siempre es la que se impone: “Pero hay lucha/ incesante,/ pero hubo” -y hay que fijarse en que se habla aquí en pasado- “una herida,/ pero hay amor,/ pero hay/ esperanza.// Y unas perdices sabrosísimas”. El final retoma el lugar común de los cuentos clásicos (“y comieron perdices”), el proceso de deglución que supone el alimentarse de un manjar que solo estaba al alcance de los más pudientes y que simbolizaba, en la tradición oral que le dio forma, la felicidad permanente.

Los poetas tenemos una relación especial con las palabras. Pero esa conexión también la experimentan los lectores, quienes, en ocasiones, se topan con un libro de poemas capaz de susurrarles al oído con una fuerza silenciosa y envolvente, imposible de ignorar. Hay obras que tienen el poder intenso de revelar verdades. Los versos de mi amiga, no sólo lo lo hace, sino que lo consigue con profunda belleza y sensibilidad.

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