Dentro de dos días -el 6 de mayo- se celebra en Salamanca el gran acto de la llamada unidad empresarial, convocado por CEOE Cepyme Salamanca, con la colaboración de la Cámara de Comercio y Unicaja, y con la presencia estelar de Antonio Garamendi, presidente de la CEOE. Todo preparado para un auténtico día de estrellato, foto completa, sonrisas, aplausos y relato perfectamente guionizado.
Allí estarán el presidente de CEOE Cepyme Salamanca, su junta directiva y los presidentes de todas las asociaciones integradas en la organización, el presidente de la Cámara de Comercio de Salamanca junto con su comité ejecutivo y sus plenarios, y el expresidente de la autodisuelta CES, acompañado por algunos de los presidentes de las pocas asociaciones que han quedado y que están a la espera de que se materialice su integración en Ceoe Cepyme Salamanca. Un reparto bien ordenado para una escenificación en la que no parece que vaya a faltar nadie… salvo quien de verdad podría incomodar el relato.
Es conveniente recordar que hace unos años se firmó un protocolo de unidad empresarial que tenía sentido, coordinarse sin desaparecer, colaborar sin anularse, sumar sin absorber. Pero aquello debía de ser demasiado complejo. Lo de ahora es mucho más sencillo, uno desaparece y el otro se queda con todo. Y a eso se le llama unidad.
Aunque algunas asociaciones de la confederación disuelta se integren, la realidad es bastante menos épica, la batuta sigue en las mismas manos, solo que ahora sin ruido alrededor. Una jugada redonda, menos competencia, más control y vía libre para ocupar todos los espacios.
Especial mención merece la Cámara de Comercio, que debería estar para otra cosa. Es una corporación de derecho público que tendría que representar a todo el empresariado, prestar servicios y actuar con neutralidad institucional. Sin embargo, lo que se está configurando apunta a algo muy distinto, una Cámara cada vez más alineada y, en la práctica, bajo la órbita de CEOE Cepyme Salamanca. Aunque formalmente exista un presidente, la sensación es que responde más a equilibrios y apoyos externos que a una representatividad real del conjunto del tejido empresarial.
La jugada, en ese sentido, le ha salido redonda a la organización dominante y a quienes han pilotado esta estrategia. Se elimina a la confederación que podía hacer sombra, se integra lo que interesa y, al mismo tiempo, se recupera el control de la Cámara de Comercio, un espacio del que llevaban años prácticamente ausentes. No es un detalle menor, porque en la última etapa su presencia había sido casi testimonial y las listas con las que accedieron no reflejaban precisamente una representatividad amplia del empresariado.
Ahora el escenario cambia completamente. Sin competencia y con influencia directa en la Cámara, el control institucional es mucho mayor. Y todo ello envuelto en un discurso de unidad que, en la práctica, encubre una concentración de poder pocas veces tan clara.
Y mientras tanto, ausencias que también hablan. Porque si algo parece claro es quién no estará, el desaparecido secretario general de la disuelta CES, convenientemente borrado del guion. En estos actos tan medidos, lo que no se ve también forma parte del mensaje.
Por. Chenche Martín Galeano.



















