Luis Castro, investigador e historiador analizó el uso de civil de la energía nuclear durante una conferencia organizada por la asociación Comité Antinuclear y Ecologista de Salamanca.
Castro explicó cómo el país estuvo cerca de desarrollar una capacidad militar propia a través de proyectos que, aunque camuflados bajo el sello de «investigación» o «uso civil», tenían objetivos estratégicos muy distintos.
Todo esto enmarcado dentro de la campaña estatal para exigir el cierre definitivo de la central nuclear de Almaraz en 2026 y el resto de los reactores del estado. La campaña terminará con una movilización en Madrid el sábado 23 de mayo; el Comité ha organizado el viaje desde Salamanca para quien quiera apoyar la iniciativa puede ir sin coste alguno.
El “atajo” de Vandellós
Según detalló Castro, la central de Vandellós fue clave en este esquema. Al utilizar tecnología francesa de uranio natural y grafito-gas, estaba diseñada desde el primer momento para producir plutonio. Fue el ministro López Bravo quien convenció a Franco de frenar el carácter militar del proyecto para evitar conflictos con los americanos, quienes suministraban la tecnología para el resto de centrales. Al entrar capital privado en el sector, el uso militar secreto se volvió inviable.
El centro de Soria
El núcleo de la posible «bomba española» se situaba en el Centro de Investigación Nuclear de Soria, proyectado en 1976. Castro señaló las dimensiones del recinto: unas 600 hectáreas iniciales con un doble vallado. «Toda la ciudad de Soria cabía de sobra en esa extensión».
En este centro, controlado casi en su totalidad por militares como Juan Vigón, se planeaban 11 instalaciones. La más crítica era el reactor Coral-2, un tipo de reactor que, más allá de dar luz, genera el material necesario para fabricar ojivas nucleares y que Castro describió como una especie de «piedra filosofal» energética por producir más combustible del que consumía, pero con un problema determinante: era una tecnología «muy plutonífera», ideal para la proliferación nuclear.
Castro mostró una pegatina original del Comité de Soria de 1976, recordando que fue allí donde nació la primera coordinadora antinuclear estatal. «Lo que iba a ser un centro nuclear militar es hoy el CEDER, un centro de energías renovables», concluyó, reafirmando que la información y la presión social son las herramientas para un futuro seguro y sin armas nucleares.

EE.UU. y el fracaso del proyecto
Castro identificó tres causas principales por las que España no llegó a fabricar armamento atómico. La presión internacional por parte del presidente estadounidense Jimmy Carter quien amenazó con cortar el suministro de uranio mejorado para las centrales eléctricas españolas si no se firmaba el tratado de no proliferación. Por la dependencia tecnológica ya que «España no tenía recursos económicos ni científicos suficientes», afirmó Castro,
recordando que no existía ni una sola patente española en toda la tecnología empleada.
Y por las inspecciones pues el fin definitivo llegó cuando el gobierno de Calvo-Sotelo sometió todas las instalaciones a la vigilancia de la OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica).
Sobre el futuro y la Inteligencia Artificial
En la ronda de preguntas surgió el tema de la actualidad. Ante el auge de la Inteligencia Artificial y los centros de datos que consumen niveles de energía «bestiales», han surgido los SMR, que son pequeñas centrales nucleares diseñadas para dar energía exclusiva a los gigantes tecnológicos. No obstante, Castro advirtió que no es una tecnología novedosa, sino la misma que usan los submarinos nucleares.
El investigador subrayó que la energía nuclear no es rentable sin las «facilidades» del Estado, recordando que, en caso de accidente catastrófico (como Fukushima), el seguro privado solo cubre una parte mínima y es el Estado quien debe intervenir. «El uranio, como el petróleo, es una energía fósil con límites de suministro», recordó.
Por. Lara Arias Lordén.

















