Opinión

Pequeñeces

Hace poco me manifesté en elogio de la vida frugal, así que en un intento de coherencia cogí hilo y aguja y la cortina a reparar (la que cuelga por fuera de la puerta de entrada en una casa de pueblo toledano, y que hace -con buen tiempo- las veces de puerta que no se cierra nunca) y me apliqué al noble arte de reparar lo roto.

Hoy ya todos saben que por decálogo del credo en boga (llamémoslo capitalismo al cubo), las cosas fabricadas vienen con trampa incorporada (trampa que pagamos junto con el IVA) de forma que en un tiempo más bien breve y ridículo, que dura menos que un suspiro, los dichos enseres se malogran y ya no sirven para nada, si no es para seguir llenando el planeta de chatarra inútil y contaminante. Si al menos sirvieran de abono, tendría un pase.

Lo asumimos y damos por hecho que así es la maquinaria que nosotros mismos ayudamos a engrasar con nuestro silencio y beneplácito.

Por contraste que da que pensar, aún conservo un tirachinas de cuando vestía de corto y no respetaba –como se debe- la vida ajena. O incluso las acacias a las que trepaba en busca de pardales, en el barrio de mi infancia, siguen produciendo pámpanos. Es otro ritmo y otra filosofía, inconsciente pero filosofía.

¿Qué tipo de revoluciones, que tipo de rebeldías, que tipo de dialécticas éticas e históricas, o que luchas de clases podemos oponer a las cosas y a los cacharros -en sí mismos inocentes- que de este modo nos toman el pelo con total impunidad, nos roban la pureza y la pereza ingénita del alma, nos explotan y nos extraen las plusvalías, fieles sólo a su software trucado?

¿Será esta una lucha solidaria y colectiva? ¿Será una pelea a título personal? ¿O un combate impersonal contra objetos sin rostro? ¿Una guerra a cara de perro o sólo una trifulca? ¿Una batalla contra las mismas cosas o sólo contra sus malvados fabricantes sin escrúpulos?

No sabría decir al respecto ni una sola cosa sensata, porque al menos para mí es este un asunto demasiado complejo, demasiado tenebroso, y el que esté libre de artefactos que tire la primera tuerca. Sin embargo sí que puedo entender y valorar que la vida de los monjes del Monte Athos -por ejemplo- exhibe allí, en las alturas silentes de la península Calcídica, una ascética que resulta inmisericorde con toda esa estructura opresora.

Ante esa exhibición de suficiencia y rústica virtud que los monjes despliegan tocando campanas y cultivando hortalizas frescas, los más brillantes logros de la civilización que hoy nos contaminan y ofuscan, colapsan tal que si fuesen una manifestación del maligno, una tentación de San Antonio de Egipto, un espejismo del desierto.

Son, esos eremitas, la rama más dura del anticapitalismo y su arma más feroz es saber matar el tiempo debajo de una higuera (si no aprendemos a matar el tiempo, él nos matará a nosotros). Leen con parsimonia el libro de la naturaleza, y el “sistema” se cae por su propio peso como un higo maduro que ellos se zampan.

Pecan, si acaso, de un misticismo demasiado nominal y concreto, para mi gusto.

Quizás en esto les ganan por goleada los monjes taoístas y los vagabundos poetas zen, que con sus haikus (lean a Matsuo Basho) respetan la trama inaprensible y bellísima de la naturaleza. Más difusos, y por eso mismo más sabios:

“El Tao que puede ser expresado / no es el verdadero Tao.
El nombre que se le puede dar / no es su verdadero nombre.
Sin nombre es el principio del universo; / y con nombre, es la madre de todas las cosas”.
TAO TE KING

Lorenzo Sentenac


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