Opinión

Magos

Si lo pensamos bien, los reyes magos solucionaron el problema del bipartidismo muy pronto. En vez de dos, decidieron ser tres para que un tercero (Baltasar) vigilara que los otros dos no se quedaban con el incienso o la mirra, y sobre todo con el oro. C’s es demasiado “marca blanca” para hacer de Baltasar.

La magia -sobra decirlo- alimenta tanto como el pan y calienta tanto como el carbón negro, y en tiempo de hielos o rigores existenciales, reconforta.

Claro que con “magia” no me refiero a la religión católica, ni a la protestante, ni a la mahometana, ni a ninguna de las institucionalizadas, ramplonas, y pragmáticas mercadurías de lo divino, que si en ocasiones consuelan, las más de las veces embrutecen y embotan la consciencia, cuando no empujan a la guerra santa. Guerras que por lo que llevamos visto de siglo, no son cosa sólo del pasado. Aviso pues a navegantes.

Mi concepto de la magia es, si se quiere, doméstico, de andar por casa y por el mundo, y más bien laico y materialista, en el sentido de lo que entendía por “materia” (cosa compleja donde las haya) un compatriota nuestro, Baruch Spinoza, experto en excomulgarse de todo excepto del asombro ante lo real. Y ese asombro, esa perplejidad, es sin duda la fuente de la que mana la magia, germen primero de la razón, como el niño lo es del hombre. Germen y quizás destino.

Nuestro compatriota, sefardita exiliado y excomulgado de la propia diáspora sefardí, pulía lentes -tranquilo y paciente en su rebeldía- y según dicen se entretenía en contemplar con arrobo las cosas más insignificantes y minúsculas de la vida, tal que, por ejemplo, la mecánica depredatoria y ciega entre una araña y una mosca. Casi como un niño, que día tras día descubre el mundo mientras se patea el barrio.

En su biblioteca, Spinoza (lector de Lucrecio y Giordano Bruno) tenía y leía a Cervantes y a otros clásicos de su Sefarad familiar, controlada en aquellos momentos –como casi siempre- con mano de hierro por unos reyes tan católicos como poco cristianos, y para nada mágicos.

[pull_quote_left]Mi concepto de la magia es, si se quiere, doméstico, de andar por casa y por el mundo, y más bien laico y materialista[/pull_quote_left]Yo de niño contemplaba también, con perplejidad, esa escena de la araña y la mosca, primero en un jardín familiar, y luego en un barrio obrero de magia y vitalidad incontrolable. Por cierto, hace poco vi un documental en que un chimpancé adolescente observa con atención casi humana como su madre extrae hormigas del hormiguero con una ramita acondicionada al efecto, para zampárselas después. Ese adolescente está descubriendo el mundo y aprendiendo a manejarlo. No me extraña que a estos primos nuestros tan despiertos, los hayan declarado recientemente “personas” (algunos de ellos son poetas y artistas, otros científicos). Seguro que quien así lo ha decidido y declarado, sabe de magia y de poesía, es decir, de ciencia y humanismo.

El solitario filósofo de Ámsterdam no estaba lejos de los poetas, que mantienen la capacidad de contemplar la realidad con ojos siempre nuevos, de niño, y tratan de transcribir lo que ven con el lenguaje incipiente y balbuceante de la infancia: sin reglas ortopédicas ni sintácticas. Sin embargo el poeta-filósofo quiso atrapar toda esa magia en las reglas de la lógica y en el cristal de la geometría. Y mientras, seguía puliendo lentes.

Así que la magia del arte (música, poesía, ficción…) se corresponde como un guante con la magia del mundo. La historia es un relato. El tiempo es un río y una sinfonía.

Basta contemplar el cielo nocturno repleto de soles y mundos, o la metamorfosis palpitante de la primavera, para convenir en que nunca sabremos lo suficiente para empezar a saber algo de lo que las sombras del tiempo y del espacio nos ocultan.

Y es esta consciencia de incertidumbre, aquilatada ahora con los extraños fenómenos que la física cuántica nos describe, la que nos sitúa en actitud mágica, expectante, y tolerante.

Tengo una foto en blanco y negro de los años 60, en que yo muy niño junto a mis dos hermanos, también niños, sentados los tres en una misma cama (así dormíamos, como sardinas) miramos a la cámara que nos saca la instantánea desde la puerta del dormitorio. A nuestro lado y de pie, protectores, con regio gesto de currantes, los tres Magos (aunque reyes) de Oriente contribuyen al milagro, con un Melchor cansado o con una copita de licor encima, y un Baltasar pintado de negro y elegante turbante multicolor, que en la foto son matices de gris.

[pull_quote_left]La magia -estoy seguro- no es incompatible con la ciencia, sobre todo la que se entrevera con el arte, porque de alguna forma está inscrita en la misma naturaleza de la realidad.[/pull_quote_left]Aunque no recuerdo bien, pienso que en ese tiempo yo creía aún en los reyes magos, porque en la foto aparezco con los ojos muy abiertos. Estupefacto. En nuestras manos o sobre nuestro regazo, algunos juguetes, cuentos y libros infantiles, con las aventuras de Simbad el marino y el Gigante egoísta, que sembraron las primeras raíces del arte y la magia en nuestros jóvenes espíritus, y cuyas aventuras y viñetas me son tan familiares hoy como en aquel entonces. Las mil y una noches, Oscar Wilde, arte y magia, y los ojos y la mente muy abiertos. Así se empieza a conocer el mundo. Y esta magia no es superstición o veneno fanático, es alimento del sueño aliado con la razón.

En nuestro Belén, que poníamos todos los años sobre un aparador cuyo espejo hacía de cielo con estrellas de algodón, los Reyes eran de barro, pero el musgo era de verdad -rezumaba rocío- de manera que la síntesis entre realidad y magia, materia y espíritu era perfecta.

Salíamos muy de mañana con mi padre al campo cercano, y le rebanamos a la madre tierra unas cuantas tiras de blando y húmedo musgo para trasplantarlo en las praderas de Palestina.

Los peñascos sobre los que se asentaba el castillo del rey Herodes eran de corcho, la nieve de harina. La misma harina de los mantecados y “moritos” (una especie de magdalenas) que mi madre cocía en el horno del barrio. Recuerdo que ponía (ella y las demás madres) una moneda en la plancha que introducía los dulces en el horno, para no confundirlos. Los soldados romanos vigilaban desde las almenas del poder, y el poder del rey era enemigo del niño Jesús. No así los magos.

La magia -estoy seguro- no es incompatible con la ciencia, sobre todo la que se entrevera con el arte, porque de alguna forma está inscrita en la misma naturaleza de la realidad.

Y tampoco es incompatible con la justicia. Pensemos en el milagro de los panes y los peces, una bella metáfora del socialismo, la cooperación, y la solidaridad.

Recuerdo que en aquel entonces se nos preguntaba a los niños quien era nuestro rey. Unos contestaban Melchor, otros decían Gaspar. Yo siempre defendía a Baltasar, negro como el carbón y que no tenía corona. Ya entonces -inconscientemente- me tiraba la república, como luego el jazz. Yo creo que Baltasar, en el Portal desahuciado de Belén, tocó algo de Miles Davis.

Hace unos días, una amiga marroquí y musulmana me felicitó la Navidad, y aunque el solsticio de invierno es anterior a los magos de oriente, en ambos casos la luz triunfa sobre la oscuridad.

Quiero decir que apoyando desde el principio con entusiasmo, patriotismo cosmopolita, y desesperación, el impulso regenerador que vive este país, no creo que haya que empezar por los belenes. ¿No es un poco ridículo? Hay temas de más sustancia y enjundia. De hecho, para ser justos, no se ha empezado por ahí. Se ha empezado por los desahucios, que tanto recuerdan al portal de Belén. Sigamos.

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