Opinión

La velocidad con el tocino

A veces pienso que muchos de nuestros más inefables políticos no es que nos miren de arriba a abajo, sino que no nos miran, y aunque lo intentaran, desde donde están no podrían vernos. De manera que tienen que montarse la película de quién es y cómo es el pueblo.

Cierto es que por tanteo, mediante encuestas y elecciones, pueden llegar a hacerse una idea aproximada. Pero las encuestas son poco fiables, y las elecciones tampoco sirven porque al día siguiente a las mismas, el programa que motivó los votos se rompe sin mayores consecuencias ni escrúpulos. Y esta falta de consecuencias ante lo que es una clara estafa democrática, un fraude en toda regla, impide la dinámica de acción y reacción, de ensayo y error, de premio y castigo, que es lo único que podría proporcionar una base sólida a la contemplación de la realidad tal como esta es, con trasparencia, o dar visibilidad, entidad, y peso político al pueblo.

Pero mientras el programa electoral tenga esa consideración, más como anzuelo para el fraude que como contrato para la acción coherente, hay poco que avanzar en ese terreno.

Al final, el único dato esencial que les consta a estos políticos criados a los pechos del bipartidismo hibernante y ciego, es que el pueblo es sujeto de fácil engaño, obstáculo inconstante que se vence en un plis plas, y que ese debe ser el objeto último de toda campaña publicitaria y el norte de todo hombre de Estado que se precie de ser útil al que manda (que para ellos no es el pueblo), en un escenario de presente y futuro donde ya no se contemplan ciudadanos sino súbditos.
Despotismo, aunque más que ilustrado, corrupto y venal.

¿Quién se pegará antes el trompazo en esta procesión de ciegos? Esa es la duda.

Que esto sea así como ellos lo ven, tiene bastantes posibilidades de que sea cierto y no cabe descartarlo. Solo así cabría entender el ínfimo nivel de discurso con que los susodichos se explican e intentan vender su mercancía, con un esfuerzo que más que raquítico podríamos calificar de ausente.

No me explico de otra forma el desparpajo con que nos consideran incapaces de distinguir la velocidad del tocino, el culo de las témporas, y las intenciones honestas de la manipulación, tanto en las ofertas programáticas como en las estrategias de pacto político.

[pull_quote_left]Botón de muestra de esa estrategia de distracción en la línea que declaró el gatopardo de Lampedusa (que parezca que todo cambia para que no cambie nada), es el discurso en torno a las Diputaciones o el Senado[/pull_quote_left]En esa categoría de discurso barato y manipulación ganga, que nos toma colectiva y solidariamente por tontos, es donde habría que encuadrar el intento de Pedro Sánchez de enfrentar a Podemos con sus electores, incluso de responsabilizar a la formación morada del hipotético futuro halagüeño de Rajoy, en un intento de ocultar su propia elipsis respecto a sus promesas previas, y su manifiesta incoherencia respecto a su ansiada y publicitada marca progresista.

Obvio es para quien está despierto que nadie presta tanto su apoyo a Rajoy como quien mantiene sus políticas, y esto a pesar de la prolongada contestación ciudadana desde el 15M a las mareas de todos los colores, que ha sido el único aire limpio y fresco de nuestra historia reciente, el único intento de cambiar las cosas.

En un nuevo juego malabar tan propio del bipartidismo en retirada, donde dije digo digo Diego, y ni ley mordaza, ni reforma laboral, ni pensiones, ni ley de la educación, ni reforma del artículo 135 de la Constitución (por no hablar de paraísos fiscales y otras cuestiones esenciales) va a ser reconsiderado por Pedro Sánchez (y aliado), desde una perspectiva distinta a la que decidió Rajoy para siempre jamás.

Piensan igual, y en consecuencia obran igual. Y si a alguien esperan en el hueco de su foto, es precisamente a Rajoy, o sustituto, que para el caso es lo mismo.

Botón de muestra de esa estrategia de distracción en la línea que declaró el gatopardo de Lampedusa (que parezca que todo cambia para que no cambie nada), es el discurso en torno a las Diputaciones o el Senado (el “sagrado” al que se acogen los corruptos), contestadas por la ciudadanía cuando se mantenían como gasto duplicado y superfluo al mismo tiempo que se suprimían servicios esenciales (sanidad, educación …), y que ahora, a pesar de los nuevos recortes brutales con los que ya nos amenazan para este futuro (o falta de futuro) inmediato, Pedro Sánchez y aliado se comprometen a que solo cambien de nombre, aunque sean la misma cosa. Y así todo.

Un paripé.

¿Cabe mayor insulto a la inteligencia de los ciudadanos?

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