Opinión

Populismo

Gustan los estrategas del socialfelipismo, hoy convertido en socialneoliberalismo transversal, de usar el término populismo para marcar distancias y etiquetar a los demás. En esto no se distinguen demasiado de sus acostumbrados socios, los acólitos de Rajoy, y en definitiva de los poderes que como una piña defienden el establishment.

Aquejado de un problema de identidad que lo indujo a incurrir en turnismo acomodaticio y goloso, en bipartidismo de alternancia y reparto (de comisiones, de corrupciones…), en consenso para el saqueo, todos sus afanes de cada día, en este periodo crítico, consisten en fabricar olvido, y en recobrar el alma vendida al mejor postor. Y para ello los nombres, los adjetivos, las etiquetas, el lenguaje, son los mejores aliados en la construcción de una personalidad que se sabe falsa, en la conquista (o reconquista) de una marca sin substancia y que no concuerda con los hechos.

De hecho, se autoproclaman (no tienen abuela) como los agentes del cambio, protagonistas para una mayoría de cambio (todo bajo control), a falta -dicen- de una mayoría progresista o de izquierdas, y que “generosamente” no quieren hablar de “sillones”, porque asumen a priori y como axioma de partida que son todos suyos, aunque los votos no les respalden en esa fe.

Sin duda el término estrella del vocabulario político en los últimos tiempos es este de populismo, muy útil para marcar y señalar en las mentes más sugestionables -como con un sambenito- a todo el que conteste el actual estado de cosas, o proponga alternativas más razonables, sensatas y humanas, a todas luces cada día más necesarias. En ese sentido, cualquier discurso contrario al dogma oficial sería populista, y así el mote no se les cae de la boca a cuantos son creyentes y apóstoles del dogma, sin tacha ni mezcla de raza. A machamartillo.

[pull_quote_left]Populista en sentido estricto, sería por ejemplo quien nos metió en la guerra de Irak, manipulando la verdad y fabricando mentiras, y sin consultar a los ciudadanos[/pull_quote_left]En realidad debiéramos entender por populismo la manipulación deliberada, estratégica y consciente, del pueblo estimado y calificado como plebe (axioma principal del despotismo deslustrado) en cuanto sujeto necesario de la dialéctica partitocrática y sobre todo de la oscilación bipartidista, tan hipnótica como el péndulo de un charlatán y tan entretenida como un sonajero.
Es decir, justo el modus operandi de nuestra política nacional en los últimos decenios, cuyo hilo rojo aflora hoy a la vista de todos, casi del mismo modo en que las cañerías antes ocultas y soterradas, hoy rotas exhalan su hedor.

Populista en sentido estricto, sería por ejemplo quien nos metió en la guerra de Irak, manipulando la verdad y fabricando mentiras, y sin consultar a los ciudadanos. Que no se nos consultara entonces no evita que ese conflicto influya aún hoy en nuestras vidas. Populista es explicar los aforamientos como una servidumbre y no como un privilegio. Ya lo vemos hoy.

El uso del mote populista se hace hoy por los poderes corruptos con tal amplitud e interés estratégico, que se llama populista al que debiera llamarse (y siempre se ha llamado) xenófobo o racista, pero también al que denuncia los paraísos fiscales.
Se llama populista al que antes se llamaba nazi (hoy neonazi) y al que reclama que no se evadan impuestos. El caso es mezclar.
No eran populistas los partidos socialistas y neoliberales que saquearon Grecia, sino los que vinieron después a intentar poner remedio.

No son populistas los que copan con su mensaje único los medios de comunicación (en los huecos que deja su telebasura), sino los líderes molestos que se han dado a conocer en una TV.

«Yo no tengo nada que hablar con ese señor», dijo el otro día en un mitin, refiriéndose a Tsipras, un despectivo y olímpico Rajoy. El mismo Rajoy de pandereta que quería mucho, coño, a Alfonso (Rus)… Es la diferencia que va de un presunto populista a un casi demostrado ladrón. En realidad, el que no tiene nada que hablar con Rajoy (como casi nadie decente en este país, salvo Rivera), es Tsipras.

[pull_quote_left]Igual que protestar por la entrada de España en la guerra de Irak no era ser antiespañol,  combatir la Europa que ha tratado la estafa económica y financiera como esta Europa de burócratas untados la ha tratado, y a los refugiados como animales, no es ser anti europeísta[/pull_quote_left]Así a Podemos se le suele encuadrar (siguiendo el temario oficial del curso) en el populismo de izquierdas, asociándolo casi siempre en la misma frase (cuando del tema Europa se trata) con la extrema derecha de Marine Le Pen. Queda muy vistoso. El caso es mezclar churras con merinas, a ver si logramos que el personal se quede bizco. Esta es por cierto, una técnica muy propia de populistas. Es como agitar el sonajero.

De la misma manera que protestar por la entrada de España en la guerra de Irak, no era ser antiespañol, que yo sepa, combatir la Europa que ha tratado la estafa económica y financiera como esta Europa de burócratas untados la ha tratado, y a los refugiados como animales, no es ser anti europeísta. Ni tampoco populista. Es aspirar a otra Europa. Y casi a otra humanidad. A lo mejor hay que empezar por aquí, y no tirar bombas a diestro y siniestro con tanta alegría. Menos cinismo y más sensatez. Menos negocio y más humanidad.

Cuando se plantea con sólidas razones si hay que llevar a los actuales dirigentes de Europa ante los tribunales por su actuación (¿criminal?) con los refugiados ¿se dirá que las leyes internacionales que protegen los derechos humanos son populistas y antisistema?

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