Opinión

La condición humana

Cabe regodearse con aparente fundamento en planteamientos pesimistas, del tipo de los que hoy exhiben, escépticos, muchos, no sabemos si desde la honestidad de un pesimismo genuino y sincero, o como maniobra desmotivadora dirigida hacia los demás, y con la intención última de preservar abusos y conservar privilegios concretos.

Es la diferencia que hay entre una vivencia y una estrategia electoral.

Estos sabios -que no dudo que lo sean- tienen tan calado al homo sapiens, que no dudan que al cotarro, tal como hoy lo padecemos, no hay quien le mueva la silla, y como mucho asumen una operación de lavado de cara al estilo Lampedusa: que todo cambie para que no cambie nada.

Así es frecuente escuchar en estos días (el momento electoral se impone) argumentos que intentan cortar las alas a cualquier esperanza puesta en el cambio o regeneración de nuestra triste condición política.

En esa línea deben entenderse ideas y afirmaciones del tipo de «la corrupción está en la condición humana», o «no es posible reducir el déficit persiguiendo el fraude y la evasión fiscal», o «la competitividad de nuestra economía debe basarse en la reducción de los salarios de los trabajadores, y no tiene sentido aplicar la misma regla de austeridad a políticos, directivos, empresarios, o banqueros», o «la nueva política ya se parece a la vieja», o «ahora los puros son ya también parte de la casta«.

Si hasta parece que se alegran de un efecto de «contagio» que confirma la triste condición humana y sus tesis «pesimistas».

Está claro que para esta suerte de inmovilismo, basado, dicen, en el más sólido y contrastado pesimismo empírico, cualquier aspiración de cambio o remedio de los males, solo puede ser “populista”. Ya salió la palabra. El que no se conforma con ser borrego feliz, solo puede ser un rabioso optimista, es decir, un radical y un populista.

La verdad es que en este ecosistema de “mensajes institucionales”, el que no se divierte es porque no quiere.

En resumen todo se basa en la creencia firme de que el cambio es imposible porque el hombre es como es, y la sociedad -a su imagen y semejanza- tampoco hay quien la cambie.

El mayor símbolo en nuestra patria de esa ciencia y apologética pesimista, de esa inercia bendecida y entronizada, que en definitiva es una apología del dejarse llevar y de la corrupción, es sin duda Mariano Rajoy. Pero le van a la zaga todos los que hoy se consideran ángeles protectores y exclusivos propietarios del sistema, profundamente convencidos de que con el estatus quo que ellos inventaron y representan, se vació el frasco de las esencias.

Es esta una polémica antigua, entre los que creen, en la línea de Heráclito, que el cambio es real y consustancial al tiempo y la historia, y los que creen, en la línea de Parménides, que tanto el tiempo como el cambio son un espejismo y una ilusión, o que como decía el sabio bíblico El Qohelet, «no hay nada nuevo bajo el sol».

Y sin embargo sospecho –ya lo dije- que su pesimismo no es auténtico, que todo es una estrategia de combate dialéctico que persigue debilitar las fuerzas y argumentos del contrario, que viene empujando con un optimismo hijo de la desesperación. De una desesperación no sólo indignada, sino también superviviente, dinámica, con ideas lúcidas, alumbradas a fuerza de palos y abusos. Optimista. Contraria a la indiferencia. Y las ideas –siempre ha sido así- son la matriz de la realidad.

Con catálogo o sin catálogo, esas ideas muchosse las envidian y no pocosse las copian.

Pero en definitiva ¿qué decir de los pesimistas orgánicos? ¿De los que amenazan que el que se mueve no sale en la foto? ¿De los que saben que sus líderes son unos corruptos desatados, pero son “nuestros corruptos”? ¿No creen en el cambio?

[pull_quote_left]El PPSOE con el confuso y engañoso nombre de neoliberalismo, en pocas décadas han acabado con la idea que teníamos de Europa (la Europa de postguerra) como un hito de democracia, convivencia social, y derechos humanos[/pull_quote_left]Al contrario. Pocos movimientos políticos, como el que patrocina y representa el PPSOE con el confuso y engañoso nombre de neoliberalismo, han provocado tantos cambios y tan radicales en tan poco tiempo. En pocas décadas han acabado con la idea que teníamos de Europa (la Europa de postguerra) como un hito de democracia, convivencia social, y derechos humanos conquistados contra el fascismo. Y no sólo han acabado, con velocidad inaudita, con esa «idea» de Europa, sino que están a punto de acabar con Europa como hecho político y realidad institucional. Este es el logro que podrá apuntarse, de cara a la historia, la «gran coalición».

Admirable y coherente la decisión de Camille Senon, hoy sindicalista, superviviente de una matanza nazi durante la segunda guerra mundial, y símbolo en Francia de la victoria de la democracia contra el fascismo, al no aceptar la condecoración concedida por el gobierno de Valls (dícese socialista) en protesta contra la reforma laboral impuesta por este socialdemócrata a la violeta.

Digo por tanto, que los tales inmovilistas no sólo creen en el cambio, sino que son agentes de un cambio descerebrado, que tuvo su origen en el catecismo de la desregulación, que puede tener sentido en medio de la selva, pero no en el cogollo de la civilización. Y digo catecismo porque su fanatismo les lleva a estimar el actual desbarajuste como culminación, como apoteosis, como un momento dulce, casi, casi, como el fin de la historia, con ellos -muy pocos- arriba, y los demás -la mayoría- abajo, a sus pies y a sus órdenes.

Esa neolibertad se parece demasiado a los fascismos y las dictaduras derrotadas. Pero eso puede cambiar y los ciudadanos recuperar su dignidad y su soberanía.

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