Opinión

Valero

 

La carta de una amiga lectora, a quien mi «ocurrencia» sobre las tormentas le trajo el recuerdo de una que pasó estando en un campamento, en Valero (Salamanca), cuando tenía 10 añitos, ha reavivado los míos.

 

¿Conocéis Valero? Como muchos de mis lectores saben poco de la geomorfología del profundo valle en que se encuentra, os hablaré algo de este bellísimo paisaje. ¿Bellísimo? ¡Pero si es muy agreste, muy seco, sólo bueno para cabras y cabreros! ¡O para buscadores de graptolites y trilobites, dirán algunos! Pero eso lo dicen los que ven sólo la parte alta, a los que les contesto que tiene la belleza de lo agreste, de lo inexplorado, de lo no dominado por el hombre, sino por la salvaje naturaleza, luchadora contra el tiempo y el lugar. ¡Cambiante, como lo es la vida!

Los arroyos que nutren al de Las Quilamas forman un poderoso frente de erosión sobre la Cuenca del Duero (noviembre 1970).
Los arroyos que nutren al de Las Quilamas forman un poderoso frente de erosión sobre la Cuenca del Duero (noviembre 1970).

Pero acercaos a Valero, donde los arroyos, con su agua vivificante, llenan de verdor las terrazas construidas por el Hombre para su quehacer agrícola y melífero. ¡Allí ya no parece tan agreste!

En estos valles se aprecia  muy bien el ataque erosivo de la Cuenca del Tajo a la del Duero, con un victorioso río Alagón, cuyos afluentes y arroyos  van poco a poco conquistando terreno, por el oeste, a los de los ríos Águeda y Yeltes y, por el norte, a los del Tormes, que no tardando mucho –geológicamente hablando– dejará de regar a Salamanca. Pero ¡tranquilos, que eso ocurrirá dentro de 100.000 o 200.000 años!

Valero se asienta sobre una hombrera, estratégico lugar escogido desde muy antiguo para las vigilantes viviendas, fáciles de defender. Aguas abajo de Valero el arroyo de Las Quilamas se une al Alagón algo antes de Los Puentes, en un paisaje vivo y ensoñador. Más allá, la carretera nos permite contemplar, desde arriba, unos preciosos meandros encajados y unas hombreras muy características, que nos hablan de una historia pulsada durante los tiempos cuaternarios.

El Hombre intenta dominar y aprovechar la Naturaleza con trabajosas terrazas y bancales (cerca de Valero, abril 1973).
El Hombre intenta dominar y aprovechar la Naturaleza con trabajosas terrazas y bancales (cerca de Valero, abril 1973).

Me imagino a mi lectora, cuando niña, en aquel entorno entre las inclinadas laderas, en las tiendas de campaña, bajo la tormenta con sus truenos y sus ecos retumbantes. ¿Sería verdad lo que dice, que no tuvo miedo? Puede que no, pero los que sí lo tuvieron fueron los valeranos, que preocupados por si las lluvias torrenciales desbarataban las tiendas, acudieron en su socorro. Afortunadamente no paso nada. Mucha lluvia y algunos catarros, supongo. Llantos, gritos, abrazos…

Mi primer campamento, «María Inmaculada», lo disfruté cuando tenía 9 años con mis compañeros de colegio, hoy Chisperos de San José, cerca del Monasterio de El Paular, en Rascafría. Las tiendas no tenían suelo y había que rodearlas con una pequeña zanja para canalizar las aguas pluviales. No recuerdo que hubiese grandes tormentas, pero lluvias sí, con las consiguientes mojaduras y alguna inundación por no haber profundizado las zanjas. Algún compañero hacía pis dentro de la tienda, por miedo a las vacas que por la noche pululaban tranquilamente entre las tiendas. Un día, hartos de la guarrería y mal olor, cogimos al meón y lo zambullimos vestido en las frías aguas del arroyo… Otro día estábamos comiendo –garbanzos un poco duros– cuando sonó un crac dentro de la boca de uno –Jesús–. Escupió y era ¡un saltamontes que había caído en la cazuela! ¡No pasó nada, salvo el susto!

¡Grandes momentos aquellos de mi infancia, con mis queridos compañeros del cole! ¡Imborrables los fuegos de campamento al anochecer, los sencillos pero riquísimos desayunos, el agua de aquella cristalina fuente que manaba en la roca, los lagartos verdes que muchos tenían como mascota, los fragosos y aromáticos helechos –parece que aún los estoy oliendo– que nos servían de relleno del saco-colchón…!

Después, en el 56, estuve en otro campamento, «Somosierra», esta vez de Falange, con mis compañeros del Instituto Cervantes. ¡También lo pasé muy bien, pero no tanto como en el «María Inmaculada»!


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2 comentarios

  1. Emiliano tienes razón. El paisaje de Valero es una maravilla. Ahora bien, en donde dice graptolites has puesto un enlace que nos lleva a tu entrada sobre Coca, pero en dicha entrada no tratabas sobre los graptolites sino que decías en ella que tratarías del tema en otra ocasión. Llega por lo tanto el momento de abordar esa cuestión de los Graptolites y poner el enlace adecuadamente para que podamos informarnos sobre el tema.

    Un abrazo y que tengas un feliz verano.

    Hasta pronto,

    Emilio

    1. Efectivamente hay ese error. Eres el único que lo ha notado. Ya os hablaré de graptolites. ¡Buen verano!

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