Opinión

Tormenta

 

Siempre que me pilla una tormenta en el campo me vienen dos recuerdos… ¡Bueno, en realidad, uno, el primero! Y una profunda admiración por… Pero vayamos por partes, o mejor, ¡con orden y concierto!

 

Tendría yo ocho o nueve años. Estaba veraneando en Casavieja (Ávila). Mis primas María y Carmen, en edad casadera, solían llevar la comida a su padre, mi tío Santiago, y a su hermano Julio, vaqueros en un paraje de las estribaciones de la sierra de Gredos, llamado «El Castaño». Había una buena hora de marcha, o más, para llegar allá.

Yo solía acompañarlas, a veces a lomos de una borrica. ¡Qué rica estaba la pitanza, acompañada de aquel vino propio, rojo, cuya uva pisé más de una vez! ¿Bebía vino siendo niño? ¡Pues sí! ¡Vino purísimo, denso, alimento natural, sangre de mi España! ¿Cómo me iba sentar mal?

¡Nunca olvidaré aquellos arroyos y barrancos de Gredos, balcón del río Tietar, espina dorsal hispana, donde el eco repetía mis gritos como un diapasón…!

Algunos días mis primas aprovechaban para hacer la colada, dejando secar la ropa sobre aquellos limpios canchales. En una de estas ocasiones nos sorprendió una repentina tormenta, con mucha agua y, sobre todo, mucho retumbo de truenos, cuyo eco hacía pensar que estábamos metidos dentro de un tambor gigantesco… ¡Parecía que el cielo se desplomaba sobre nosotros! Mis primas temblaban de miedo, contagiándome su pavor… Había allí un único refugio, un gran bloque granítico sobre otros, a modo de piedras caballeras. Fue nuestro cobijo, pero también otros pensaron lo mismo: suelo, paredes y, sobre todo, el techo, estaban abarrotados de arañas, lagartijas e insectos de todo tipo. ¡Creo que aquel fue el único día de terror en mi vida! ¡Salvo los que pasaba en el cine, por supuesto, con aquellas películas espeluznantes! ¡Pero no es lo mismo, no!

La tormenta pasó pronto. Llegó mi tío con las caballerías y, calados hasta los huesos, nos fuimos al pueblo. Es curioso, pero lo último que recuerdo de aquellos momentos, tan vivos siempre en mi mente, es la llegada de mi tío. Después, nada.

Aquella tormenta me dejo dentro una gran impresión que no borré jamás. El caso es que no hizo daño, fue… una más. Mucho ruido, sí, multiplicado por los ecos serranos, como altavoces a plena potencia.

Después vinieron otras tormentas, pero ya no les tuve miedo nunca más. En Minglanilla tuve que soportar una —que os conté hace tiempo— sin refugio ni impermeable. Creo que aquel día el conservar la calma y poder discurrir me salvó la vida.

En Galicia y Asturias disfruté de galernas eléctricas grandiosas, que a la gente les parecían pavorosas y a mí todo un espectáculo, con tantos relámpagos que iluminaban el mar. Una vez, estando en una casita en Tapia de Casariego, salían chispas de los enchufes y se encendían las bombillas… No había modo de calmar los gritos de las mujeres… Pero todo pasa y aquello, también…

Me contaba un amigo veterinario que estos meteoros son terribles en las granjas de gallinas, que mueren asustadas a centenares. ¿Serviría de algo en poner un equipo con música estruendosa para acostumbrarlas?

Lo peligroso de las tormentas en el campo no es el ruido, sino el agua, que puede arrastrarte si se enfurece. En dos ocasiones vi el peligro y me retiré a tiempo de la riada.

¿Y la profunda admiración que cité al principio, por quién es? ¡Por quien va a ser: por el inmortal compositor de la Sexta Sinfonía, la Pastoral! Oyéndola no hace falta ir a la orilla del arroyo cristalino, ni sufrir el fragor de una tormenta con su alegre alborear. ¡Los tienes ahí, siempre que quieras!


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7 comentarios

  1. Querido Emiliano,

    Cuando oigo la pastoral también me veo en medio de una tormenta.

    Como ahora que estoy en una tormenta mandando e-mails a diestro y siniestro. Por cierto que te he mandado uno para ver si quedamos y te voy a mandar otro con la separata de tu prólogo al libro de Villarroya.

    Lo dicho: A ver si nos vemos pronto.

    Un abrazo,

    Emilio

  2. Hola Emiliano.
    Tienes razón, a veces un acontecimiento nos vacuna para los que nos vengan…que vendrán.

    Y de la composición de nuestro común sordo, ¿que voy a decir? No es lo mismo juntar notas que ordenarlas de forma excelsa…

    Un abrazo
    David

    PS. Por cierto, enhorabuena por tu prólogo al excelente libro sobre el yacimiento de Villaroya que ha editado Emilio Cervantes

    1. Pensamos lo mismo, como siempre. Gracias por la enhorabuena. Villarroya fue toda una aventura parecida a las del siglo XIX. ¡Andar por aquel bosque!¡Bajar aquel barranco! ¡Toda una aventura!
      Un abrazo

  3. Pingback: Valero

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