Opinión

El metrónomo

El fondo (y el trasfondo) de la cuestión depende de muchas cosas, y antes que nada depende del lenguaje utilizado y del ritmo de la frase en que la mentira se devana y expresa.

Depende, por ejemplo, de qué entendemos por populismo, por radical, por moderado, por el centro político, por el bien del país, por sistema, por hombre de Estado.

Lo que más me inquieta y preocupa en esta retahíla de conceptos ambiguos es el bien del país, más que nada porque tiende a ser un bien sin país, es decir, sin ciudadanos. Como una fiesta sin invitados, una macroeconomía sin microeconomía, un organismo sin células, una hucha sin pensiones, o un Estado sin Estado. Una entelequia. En resumen: como una realidad virtual y fraudulenta en la que jugar al monopoly es más fácil.

Lo único real y analógico son las multas de Bruselas, que no son para los evasores fiscales, sino para nosotros, los no evadidos, los no amnistiados.

Jorge Fernández Díaz ¿es un hombre de Estado? ¿Quizás un moderado? La amnistía fiscal ¿es una acción moderada y de centro? ¿Y Rodrigo Rato? ¿Es también un hombre de Estado, producto típico y natural del centro político? ¿Quizás Bárcenas o Rita Barberá sean más representativos de lo que llamamos, para mejor desmerecer a los que no les imitan los vicios, «el sistema» o “el bloque constitucionalista”? ¿O es Rajoy, quizás, el imán que atrae y conjuga todas esas virtudes políticas, sobre todo la capacidad de diálogo y la empatía?

Si Jorge Fernández Díaz es un hombre de Estado, Corcuera debe ser entonces un padre de la patria.

Una vez aclarado que es un hombre de Estado, quizás nos quede más claro que es «el bien del país».

En el 26J, el 70% de los españoles no quisieron dar su voto a torcer en apoyo de lo que representa Rajoy y su equipo, es decir, no quisieron refrendar con su parte alícuota de soberanía, la corrupción, la mentira, la vergüenza, y los riesgos que para el Estado de derecho (con permiso del ministro del Interior en funciones) representa esa opción. He mencionado sólo una parte de la cantera y del banquillo de galácticos, pero hay para dar y tomar. Paga la Banca. Lo de “banquillo” entiéndase como se quiera, incluso judicialmente.

Hay, sin embargo, verdadera urgencia por alcanzar un fin en sí mismo, el bien del país, a poder ser antes de que finalice agosto. Y según Maquiavelo el fin justifica los medios e incluso las prisas veloces.
Sin embargo, está contrastado empíricamente que según qué medios, envenenan el fin, y con las prisas muchos fines pierden el norte y se la pegan.

Las prisas no siempre son buenas, ni siquiera para engañar al personal. La mentira, como el tiempo, es un proceso que requiere su metrónomo, su cadencia, su compás. Por ejemplo, para contarnos lo del saqueo de la hucha de los pensionistas, no hubo ninguna prisa. Mejor después de las elecciones. Y para comunicarnos la multa de Bruselas (que son más recortes), tampoco. Mejor después de votar. Para que el PSOE nos revelara que, llegado el caso y el consejo de González, favorecería el gobierno del PP, no era menester pregonarlo a toda prisa y a los cuatro vientos, ni siquiera como gesto de cortesía a los votantes potenciales del PSOE, de tal forma que estuvieran avisadosantes de depositar el voto. El uso del metrónomo tiene sus misterios.

Ahora que todo el mundo anda ya informado de esas evidencias y enredado en dilemas, cronogramas, y apoyos logísticos de investidura acelerada, convendría tener al menos algo claro: con malos mimbres no se pueden hacer buenos cestos (ni despacio ni deprisa), ni con los ojos cerrados tejer buenas historias que no sean de mentira y ficción. Ergo conviene tener los ojos abiertos para ver con que mimbres se teje este cuento.

Y cuando hablo de «malos» mimbres no me refiero al «color», porque eso sólo determina el color del cesto, me refiero a la «calidad». O sea, que si las leyes del universo se cumplen en todos sus recovecos, de mimbres corruptos sólo se pueden hacer cestos corruptos, cuya vida útil es bastante inútil, además de perjudicial y excesivamente breve.

Cestos, por ejemplo, que dejarán escapar el dinero de las pensiones, pero retendrán el dinero de las multas. Ya saben: privatizar los beneficios y socializar las pérdidas. El único socialismo que Europa permite.

Cestos que son «pan para hoy y hambre para mañana». O si se prefiere, fraude para hoy y desengaño para mañana, como ha ocurrido con la guerra de Irak. Era de esperar.

Cestos que sólo almacenarán oportunidades perdidas.

No es casual que con ese 70% de rechazo que Rajoy concitó en las últimas elecciones, los partidos en liza y farsa de investidura (salvo uno que lo tiene claro) tengan dudas, cólicos estratégicos, y naveguen en la ambigüedad más pusilánime.

Ese porcentaje de votantes alérgicos a Rajoy y al PP, será cualquier cosa menos un peso ligero en la lucha libre, democrática, y postelectoral.
Dar explicaciones a ese 70% de las decisiones que vamos a tomar para respetar y hacer valer su voto, no debe ser fácil. Ni siquiera poniendo a funcionar el metrónomo.

Y el metrónomo sigue marcando su ritmo también en Europa.
Se discute ahora si Europa debe ser dura o blanda en el trámite de divorcio con la Gran Bretaña.
Ocurre que si el Brexit le sale bien y rentable a ese país, a Europa se le hunde el negocio de Europa.
Primero como un sarpullido, luego como un contagio.
¿Será que Europa, el cortijo de Doña Merkel, no se ha hecho querer?

Pues lo mismo le ocurre a Rajoy.

Al parecer, el esquema ideológico que rige los pensamientos y engrasa las puertas giratorias del PP de Rajoy y del PSOE de Felipe González, está en declive y de capa caída. Alguien (o algo) tan poco sospechoso de izquierdismo y radicalidad como el FMI de la señora Lagarde nos dice ahora que “uno de cada siete americanos (americanos de USA) vive en condiciones de pobreza y el 40% de los pobres está trabajando”.  Es decir que, mediante la aplicación de las políticas neoliberales que tanto gustan aquí al tándem susodicho (PPSOE), con el añadido póstumo y becariode C’s, “la clase media de EEUU cae a niveles de hace 30 años”, se podía leer en el periódico El País.

Y es que al parecer el principal fruto de esa planta no apta para demócratas es la desigualdad, y a través de ella, la catástrofe humanitaria y la ruina de los países. Sigo leyendo: “A partir de la década de los 70, los ingresos reales de los hogares estadounidenses de clases medias bajas se han estancado, mientras que los de grupos superiores se están acelerando desde los 90, explica el Fondo. Y esta tendencia ha conducido a unas tasas de consumo menores en los últimos 15 años.

Al hilo de estas evidencias tan poco difundidas por nuestros medios públicos -es decir gubernamentales- de información, que parecen una sacristía en catequesis perpetua, el profesor de economía de Harvard, Dani Rodrick, nos aconseja: “Las élites políticas deben moderar el capitalismo” (El País, 26 de junio de 2016). Que es como escuchar a Platón aconsejar al tirano de Siracusa: “No seas tan bruto, que pareces de Sicilia”.

La cosa no tendría mayor importancia si no fuera porque estamos a punto de investiry confirmar esa falta de finura y mano izquierda, ese catecismo ideológico, ese dogmatismo mortal de necesidad.

Dice Rodrick: “Siempre pensamos en Adam Smith como el pensador que nos enseñó las bondades de la economía de mercado, pero su conocimiento era sofisticado, no hubiera perdonado este fundamentalismo del mercado”.

Y es que, como explica el profesor de Harvard, todo responde a elaboraciones mentales en los estratos más profundos de nuestro cerebro reptil. O sea, que los economistas la pifian porque tienen fe ciega en sus modelos. O dicho de otro modo: el fundamentalismo de Reagan, Thatcher, y Felipe González, no es un pragmatismo, es una fe ciega.

Quizás por eso aquí en España, lastrados por esa génesis, somos lo más de lo más (la reforma laboral en Francia comparada con la nuestra, se califica de “suave”), y es que en esa disciplina de la fe ciega, estamos muy entrenados. Si fuimos los campeones de la civilización Occidental, incluso con Franco, por que no vamos a ser los campeones de la civilización neoliberal, incluso con Rajoy y González.

Añádase que merced a un desfase histórico que nos es propio y del que no nos libramos, siempre llegamos al escenario histórico cuando los demás se han ido.

¿A qué tanto correr?

Ya ni siquiera el Papa nos respalda las contumacias cerriles.

— oOo —


Noticias relacionadas

Deja un comentario

Botón volver arriba