Opinión

A paso de cangrejo

Ya sé que el batiburrillo íntimo de la maquinaria política no debería interesar a nadie sensato, salvo que el ruido que emiten sus engranajes sea estentóreo y, como si dijéramos, síntoma «mayor».

Cierto es también que lo verdaderamente importante de la política, los programas políticos, al no interesar (parece) a los medios de masas, y sobre todo a los medios gubernamentales, que hoy se dicen públicos, están desaparecidos del debate. Hasta tal punto que se pueda decir en esos mismos medios (bien por desconocimiento, bien por mala fe) que la opción política que ha revolucionado este aspecto de nuestra política, pues ha hecho participativo y trasparente todo el proceso de elaboración del programa propuesto, desde sus premisas básicas hasta su resultado final, carecía de programa.
Comparen este modo de proceder (transparente y participativo) con el modus operandi habitual de, por ejemplo, el PP.

Merced a este enfoque distorsionado de la mirada que nos permite apreciar con detalle lo intrascendente y perder de vista lo verdaderamente importante, muchos españoles conocen hoy con más precisión los vericuetos de la liga de fútbol, que los fundamentos y objetivos políticos del partido al que han votado. No digamos del que no han votado.

Y es clarificador también, ver asumido como obvio que el campo de análisis de los politólogos y otros tertulianos, sea este ámbito del toreo de salón, del compadreo intramuros, donde el cotilleo, el secreto, y los trueques, son tan importantes, y la vida real tan distante. De tal modo que lo verdaderamente crucial y sólido, los programas, parecen relegados al ámbito etéreo de la metafísica, donde siquiera los filósofos les prestarán, con suerte o curiosidad académica, alguna atención.

Todo este conjunto de circunstancias, que permiten a algunos cocinillas estar en el ajo de la cuestión (y esto nada tiene de malo) son las que promueven el distanciamiento entre los ciudadanos y sus representantes (esto ya es peor), y favorecen que la democracia degenere en partidocracia primero, y en plutocracia después, donde el ciudadano es el último mono, y sus cuitas e intereses no interesan a casi nadie. ¿Es necesario recordar de nuevo el impulso de trasparencia que trajo la nueva política?

Quizás, considerando todo ello como concurriendo a un mismo desenlace, no deberían sorprendernos en exceso las sorpresas que a veces proporcionan los votos, y su aparente ausencia de toda lógica, cuando al desconocimiento de los programas y de los elementos “reales” en juego, se une el secreto en el tejemaneje de los profesionales de la cosa.

La lógica formal requiere de la construcción de silogismos, cuya prestancia y solidez implica el conocimiento suficiente de los elementos que combinan. Y de esos elementos a combinar, son los más importantes los hechos ya conocidos y contrastados (políticas y políticos que ya hemos probado), y los políticos y políticas por descubrir, que por lo general se anuncian y proponen mediante un programa.

Desde este punto de vista sería coherente (y así quedaría explicado) que los partidos y políticos que ya tenemos muy vistos (a veces porque se pasan el día entrando y saliendo de los juzgados) no tuvieran necesidad de mostrar ningún programa, pues su misma inmoralidad ya es en sí misma un axioma y un programa, y el que no se ha enterado es porque no ha querido, y al respecto de ellos no cabe ninguna hipótesis o ilusión, sino solo una escéptica y estoica melancolía.

Efectivamente, y como ya sabemos, en las últimas elecciones hubo su buena dosis de sorpresa, y la maquinaria habitual de la cosa, tal y como en principio era deseable esperar, no se gripó (a pesar de todo lo acumulado), sino que mal que bien y haciendo del vicio virtud, continuó renqueante, augurándonos nuevas jornadas gloriosas para un futuro indefinido, empezando por las multas con que, una Europa mandarín y autista, premia nuestro reinicio de ciclo y nuestras austeridades insuficientes, exigiendo más víctimas y más sangre.

Así que griparse no se ha gripado, pero en cada movimiento la máquina chirría, como en definitiva chirría toda Europa. ¿Por qué?
Además de la corrupción implícita institucionalmente, y de estas nuevas exigencias dogmáticas de austeridad desde algún lugar allí en las alturas del Olimpo fundamentalista ¿de dónde procede el ruido?

En algún lugar del fin de la historia, Europa perdió su alma y su historia y a cambio ni siquiera recibió un mundo nuevo. Mefistófeles, que lleva comisión, le dio gato por liebre. Quien desconoce su historia está condenado a repetirla.

Dice Umberto Eco en su obra “A paso de cangrejo” dónde denuncia y avisa que vamos hacia atrás: “Son infinitas las razones por las que un francés puede sentirse aún diferente de un alemán, pero los dos son hoy herederos de una serie de experiencias que les han marcado a ambos y a sus respectivas naciones: tenemos en común un concepto del bienestar alcanzado a través de luchas sindicales y no gracias a la homeostasis de una ética individualista del éxito; todos hemos experimentado el fracaso del colonialismo y de la pérdida de los respectivos imperios; todos hemos sufrido dictaduras, las hemos conocido, sabemos reconocer sus signos y tal vez estamos (al menos en gran parte) vacunados contra ellas”.

Descendiendo a lo local: fijémonos en los últimos capotazos de ese toreo de salón, donde al morlaco de pitones astifinos y un poco «pupas» (el candidato a la investidura de cangrejo mayor) nadie sabe cómo recibirlo, ni con qué suerte distraer la embestida, pues viene resabiado de antiguos ruedos y precedido de famosas y conocidas cornadas, de triste memoria.

Sin contar con que, aun siendo vitoreado por muchos al entrar al ruedo, la mayor parte del tendido (más o menos dos tercios), conocedor de su historial, pide a pitos que se le devuelva al toril.
Ya se sabe el peligro de un toro toreado.

Y así están todos los maestros, mirando prudentes desde la barrera, dudando quien es el primero que se arriesga a ser víctima de sus derrotones.

— oOo —


Noticias relacionadas

Deja un comentario

Botón volver arriba