Opinión

El gestor pedagogo

 

A nadie se le oculta –ni siquiera a sus causantes- que lo que se ha producido estos días en nuestro escenario político, es un hecho «grave» (Luena dixit) que no pasará desapercibido a los historiadores en el futuro, y que en pocas palabras consiste en que la primera puerta abierta a la democracia interna en el PSOE, se ha cerrado de golpe y con una patada en el pomo, similar a las que propugnaba Corcuera para abrirlas por las malas y sin permiso del dueño.

 

Más allá de que dicho golpe ha hecho inútil todo el trabajo de los últimos años para intentar desvincular a esa formación política del ominoso anagrama PPSOE, la brillantez y rapidez de la operación bélica vivida en estas jornadas trepidantes está a la altura de expertos contratistas, esos profesionales de la guerra. Nada de novatos.

La gravedad del hecho, junto a la división interna que ha producido en el seno del PSOE, se ha traducido en la creación ipso facto de una «gestora». Suena a medida aséptica y tecnócrata, aunque en el fondo es traumática y falaz. Lo cierto es que no era lo que procedía, según los principios del buen juicio y el recto proceder.

En el plan consensuado en secreto por los comandos, estaba que una gestora, como ente metafísico, difuso, e irresponsable, carente de nombre y apellidos, se comiera el marrón de aupar a Rajoy. Una forma como otra cualquiera de ningunear y estafar a los militantes.

Ahora bien, uno se imagina a un «gestor», frío como un témpano de hielo y tieso como un lápiz, y sobre todo neutral (en el sentido técnico del término).

Por eso no cuadra que el recién estrenado gestor de un PSOE suicidado voluntariamente y a conciencia por unos cuantos, se ponga a gesticular desde el minuto cero para llamar la atención del personal sobre lo que tiene que anunciarles y decirles, en nombre de todos, y que nadie le ha pedido, democráticamente, que anuncie y diga.

Mal empezamos. O si se quiere, mal acaba lo que mal empieza.

Uno se imagina a un gestor revisando las cuentas y pagando los recibos del agua y la luz, poniendo orden en los asuntos de la fontanería, y animando a los morosos a que cumplan con sus obligaciones, pero no decidiendo por su cuenta y riesgo lo que a la asamblea de vecinos corresponde decidir.

Al menos así era cuando yo formaba parte de uno de esos contubernios asamblearios y no se sí también antisistema, que se fraguan en torno a un patio de luces en el que la luz entra poco y los problemas a raudales.

Ayer escuché a un opinante decir que esto que hace el gestor Fernández al gesticular tanto y tan pronto se llama «pedagogía», que es como tachar de párvulos y pardillos a los militantes de un partido tan viejo, después de birlarles la soberanía y el mismo partido en su propia cara.

En mis tiempos se llamaba lavado de cerebro. En fin.

El despotismo ilustrado (“La autoridad soy yo”), por llamar de alguna manera a algo tan torpe y tan poco fino, tiene una parte de pedagogía (pero menos que de negocio) que le auto exime de cualquier culpa y responsabilidad.

En cualquier caso, en una comunidad de vecinos, los propietarios son los propietarios, y el gestor es el gestor.

Y en un partido, los propietarios son los militantes. Esto también es pedagogía y primeras letras para instrucción de gestores ilustrados.

Dicho esto, no le envidio a Fernández (que no dudo que sea un buen hombre) el papelón que le ha tocado representar en tamaña performance: suministrador de obleas de molino a palo seco, de esas que se pegan en el velo del paladar  y se atraviesan en el gaznate.


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