Opinión

Entre pedagogías y relatos

 

Sorprende y casi asusta el distanciamiento o incluso el cinismo con que en estos días se defiende la oportunidad de confeccionar «relatos» y propinar «pedagogías» a la medida de unos ciudadanos (o militantes) a los que se considera párvulos e inmaduros (lean algunos artículos de El País).

Y no sorprende que el impulso que guía esa apología del «relato», no sea literario o filosófico, en relación con el arte o la verdad, sino directa y fríamente  mercadotécnico, en relación con el mercado y la compraventa.

De lo que se trata es de venderles la moto.

Se ha llegado a tal grado de asunción del vacío de esas gestiones, que la estrategia y la forma es lo que importa, y el contenido, aunque viciado y espurio, se da por bueno. El mejor vendedor es el que vende, por un buen precio, una mercancía sin ningún valor.

Es el retorno de la retórica y la sofística en su sentido peor, como instrumento al servicio de cualquier cosa. Relato falaz. Relato mercenario. Abortamos un muñeco y después lo vestimos.

Durante los últimos años, el PSOE ha intentado confeccionar, casi desesperadamente, el «relato» de sus diferencias -al parecer insalvables- con el PP de Rajoy y Aznar, para así no perder turno y su puesto oficial en la alternancia del régimen bipartidista.

Objetivo que se antoja ahora casi imposible, porque los hechos son mostrencos y conocidos por todos, y los últimos sucesos, con el golpe de mano a su recién estrenada democracia interna, han venido a confirmarlo. Los hechos son los hechos y se mantienen en el tiempo. Las excusas son cada vez más flojas y envejecen mal.

Felipe González fue ya un gran muñidor y vendedor de contratos basura. Desde la corrupción política y económica a la precariedad laboral; desde el distanciamiento de las instituciones de la realidad de los ciudadanos, al ahondamiento de las desigualdades; desde el sometimiento a poderes ajenos a la soberanía legítima, a la inquina contra los mecanismos legítimos de democracia directa, el PSOE de los últimos tiempos ha empujado el mismo carro que el PP, guiado por un mismo convencimiento, unos mismos intereses, y una misma ideología.

Hemos vivido en régimen de bipartidismo, que no ha sido otra cosa que la máscara del partido único (tan denostado por todo el que se dice liberal). Hasta ahora los militantes han tragado. El hecho nuevo es que según parece ya no. Y esto les honra, si comparamos su rebeldía con otras militancias que hacen los coros a la corrupción de sus jefes.


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