Opinión

Cuentos chinos y navajas franciscanas

 

En una pequeña aldea china, vivía un hombre con su hijo. Se dedicaban a trabajar la tierra con su caballo. Este, era sin duda, su bien más preciado. Pero un día, escapó en dirección a las montañas. Los vecinos, inmediatamente, le ofrecieron su apoyo en forma de ¡Qué mala suerte has tenido! – ¿Mala suerte, buena suerte? Quién sabe, respondió el anciano.

 

Días después, el caballo volvió de las montañas en compañía de varios ejemplares salvajes. Los vecinos, atónitos, le regalaron esta vez un ¡Qué buena suerte la tuya! – ¿Buena suerte, mala suerte? Quién sabe…

Un día, el hijo, tratando de domar uno de los caballos venido de las montañas, cayó y se rompió una pierna. ¡Qué mala suerte! Escuchaba el anciano a cada paso que daba. – ¿Mala suerte, buena suerte? Quién sabe…

Unas semanas más tarde, se presentó en la aldea el ejército reclutando a los jóvenes para llevarlos al campo de batalla. El hijo fue declarado no apto para el servicio por su quebrantado hueso. Hubo quien corrió diciendo: -Se llevaron a mi hijo por estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!

-¿Buena suerte o mala suerte? Quién sabe…

Qué cosa la suerte. Nos dirigimos a ella como si de verdad pudiera hacer algo por nosotros. Como si se tratara de una fuerza todopoderosa capaz de guiar nuestros pasos hasta una administración de lotería concreta y una vez allí, en posesión de la voluntad de nuestro dedo índice, pudiera acertar a señalar ese décimo concreto que, “todosabedora” ella, viste impreso una serie de números concreta, que en un tiempo,  coincidirá con el grabado en una bolita concreta que hiberna en un bombo muy muy grande. Esta, sincronizará su despertar con otra, también concreta, también marcada por un número muy, muy largo, de muchos, muchos ceros, que vive en otro bombo vecino. De no suceder así, será porque así lo quiso ella, la suerte. La responsable de que el caballo salte el cercado o de que nos rompamos una pierna… ¡Qué mala suerte!

Prometí navajas franciscanas. En concreto, la de un tal William que nació en el siglo XIII en un pequeño pueblo llamado Ockham. Murió a causa de la peste negra, lo cual no puede achacarse a la mala suerte ya que, por aquel entonces, así pintaban las británicas cosas.

A pesar de, o precisamente por, trabajar la lógica, la medicina y la teología, se le conoce principalmente por su navaja. Una con la que según decían, era capaz de afeitar las barbas del mismísimo Platón. Su filo afirmaba que si un fenómeno puede explicarse sin suponer entidad hipotética alguna, no hay motivo para suponerla. Es decir, siempre debe optarse por una explicación en términos del menor número posible de causas, factores o variables.

En resumen, ver una estrella fugaz, se debe, básicamente, a que estas mirando al cielo, tener la piel bronceada, a haberte expuesto al sol.

Y así.

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