Opinión

Agujas

 

Hace mucho, mucho tiempo, hubo una especie que se consideró superior al resto. No sin razón. Se lo creyeron porque lo eran. Objetivamente.

 

Se convencieron de su dominio casi absoluto sobre cualquier elemento, sobre cualquier circunstancia. Aprendieron a protegerse de cualquier peligro. No me refiero solo a las amenazas que pudieran poner en riesgo sus vidas, hay otras que sin matar, pueden llegar a impedirla. Dudas se llaman.  Encontraron la vía para hacerse con cualquier cosa que pudieran necesitar. – No hay problema si lo controlamos, si encontramos una explicación – se decían. Ante cualquier callejón sin salida, se acucharaban en un mágico mantra capaz de abrir una brecha en cualquier pared, por robusta que fuera, y traer la luz.

Aceptaron controlar todo lo que les rodeaba. Lo vivo, lo inerte, lo físico, lo espiritual… Comprendieron que efectivamente estaba en su mano poder sacar beneficio de todo. Y lo capitalizaron todo. Había seres más fuertes, más rápidos, algunos podían volar, otros podían permanecer bajo el agua de manera indefinida, toda la vida en casos. Insuficiente, porque desconocían el arte. Desconocían que el secreto está en la alternativa. En hacer una misma cosa de mil maneras diferentes. En encontrar formas. En crearlas. Para sumergirse sin ahogarse, para volar sin precipitarse al vacío.

Consiguieron dar explicación a los cielos, incluso los que están mucho más allá de la última vista. Consiguieron dar explicación a las entrañas de la tierra, incluso donde el calor que hace, todo lo deshace. Consiguieron dar explicación a sus propias vidas, incluso a través de sus muertos. Pero hubo una cosa que jamás pudieron explicar. Unos defendían que no existía. Otros afirmaban que era la única verdad con que se podía contar, tan grande, que no podía contarse.

Creyeron que podrían llegar al final de la cuestión. Habían sido capaces de domesticar bestias salvajes, de convertir en hogares inhóspitos lugares, de hacer malabares con peligros reales… Habían sido capaces de gobernarlo todo, de domarlo todo… Sólo “eso” se resistía. Debían darle caza.

Organizaron la partida. Era necesario. Los teóricos necesitaban verlo de cerca, observarlo vivo. Necesitaban estudiarlo, para poder entenderlo, para poder explicarlo. Partieron. Armados hasta los dientes. Una y otra vez… Hasta que optaron por abandonar la búsqueda. La persecución parecía imposible de concluir tras los denodados intentos de generaciones de eruditos, hordas de ojeadores, tramperos, alimañeros, expertos rastreadores… Infinitos geniales planes que terminaban siempre con nulo éxito.

Abatidos y confusos recurrieron a lo mágico. El hechicero les garantizó que con su ingenioso artilugio conseguirían hacerse con el botín, sin necesidad de perseguirlo. Sacó una cajita de un pequeño saco de terciopelo marrón en el que se podía leer “cuestión de fe” bordado en finísimos hilos de oro. – Lo llamo reloj – dijo.

El tiempo, que pasaba por allí, siguió haciendo lo suyo. Pasar. – Agujas…- susurró.

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