Opinión

Mañana

En infinidad de ocasiones exigimos justicia cundo no hacemos otra cosa que representar a todos aquellos a los que, en según qué circunstancias, tachamos de injustos. Justicia… Como si sirviera para algo cuando no sabemos nada ni de su cara, ni de sus ropas, ni de sus gustos. Doble moralidad o estupidez supina. Como siempre, depende.

Esas ocasiones a las que me refiero, además, son muy muy sencillas de “ajusticiar”, ya que no actúa nadie más que uno mismo. Tienen que ver con aquel rato vergonzoso o de lamentable ejecución que tuvimos a bien llevar a cabo. Tiempo indefinido después nos decimos, qué idiota fui, vaya idea que tuve, a quién se le ocurre, en qué andaría yo pensando y demás elementos coincidentes en formato. Nos cogemos a nosotros mismos y conseguimos apalearnos, avergonzarnos y rechazarnos para siempre jamás. Fui idiota…

Quizá, una vez que nos hemos lanzado ese mismo mensaje por octava vez a la “n”, seguimos jugando a las letras hasta mandarnos a la “M”. Bueno, a aquel ser que bastante tuvo con responder lo mejor que pudo aquel día, aquel momento, teniendo en cuenta aquellas circunstancias, en la obligación de hacer de manera inmediata. Y se lo recriminamos, porque ahora mismo, es evidente que metió la pata hasta el fondo. Ahora lo sabemos.

Claro, que bien ahora ¿verdad? Ahora, tan sencillo como avisar a grito pelado al amigo negro de la cuadrilla universitaria de los Estados Unidos de Norteamérica del Norte que andan de fin de semana en una cabaña dentro de un aislado paraje en medio de Yellowstone para que ni se le ocurra ir a mear solo, porque será el primero en morir ensartado en el enoooorme y afilado cuchillo del psicópata de turno. Claro. Desde el sofá y con las palomitas… Trata de acordarte de la última vez que tenías la vejiga al 98% de su capacidad. En circunstancias así, en tu cabeza solo rondan las siguientes opciones: Aquí. Mear.

Lo que sucede menos a menudo, es quizá, lo que debería suceder todas y cada una de las veces que nos vemos abofeteando a aquel inocente angelito que no sabía que lo que estaba decidiendo entonces no era la mejor idea, ni de lejos. Claro (una vez más), es que ahora le estas hablando después de saber que aquel camino a la derecha que cogió no nos llevó al lugar esperado. Ahora si sabemos, no como entonces, cuando éramos tontos como una bellota (mis respetos a la Asociación de Defensores de los Derechos de la Bellotas, no quiero herir sensibilidades).

Todo este pensar tiene una visión genial si le das la oportunidad al tiempo de seguir pasando de tí. No por lo que Él hará contigo, sino por lo que harás tú en ese mecánico caminar. Aprenderás. Y toda esa sabiduría que hoy muestras, toda esa supremacía que estás convencido de tener, será tan pequeña cuando la enfrentes a la de mañana, como lo parece la de ayer respecto a la que tienes hoy.

Apuesto a que esa decisión que tomaste ayer a las seis y cuarto de la tarde, con toda la seguridad con que te la describiste, mutará en una tremenda tontería o en una banalidad de proporciones bíblicas tal día como ayer dentro de un año.

No por estulticia, sino porque te habrás convertido en un experto guía del camino que comenzaste a explorar ayer. 365 días de expedición, que ya son.

Aquel errante individuo no hizo más que pasarte el testigo, darte el relevo para que tú continuaras su obra, para que tu decidieras a partir de donde te lo dejó el. Nada más.

Dale las gracias y prepárate para hacer tú lo mismo, para dar el relevo al siguiente corredor. Lo reconocerás en cuanto lo veas. Será ese individuo al que veas en el espejo arrancarse una legaña mañana por la mañana con una ropa de dormir igualita a la tuya. Mañana.

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