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Jesús Málaga

Un falso papa en Alba

La cosa más curiosa que me ha ocurrido en mi vida política es la referida al papa Clemente en Alba de Tormes. Todo sucedió en la iglesia del convento de las carmelitas. El papa Clemente y su séquito de cardenales se habían acercado a rezar a la iglesia donde reposan los restos de la Santa. El fraile que enseñaba el templo explicaba a un grupo de turistas los datos más significativos de la vida de santa Teresa y cada vez que pasaba por delante de la comitiva papal recordaba en voz alta que:

– ¡Pronto visitará Alba el verdadero papa y no como otros! – en clara referencia al ciego que tenía al lado, que devotamente pasaba las cuentas del rosario.

Tanto debió de insistir el fraile en sus apreciaciones sobre la falsedad de Clemente que el corpulento pontífice se levantó y a grandes voces comenzó a gritar que el verdadero papa era él y que el de Roma era un impostor. A sus voces respondían los cardenales apoyando a su pastor, formándose en la iglesia un gran guirigay entre unos y otros, dando unas voces que hacían ininteligible lo que gritaban. Ante el cariz que tomaban los acontecimientos al fraile carmelita no se le ocurrió otra cosa que tocar las campanas a rebato. El pueblo albense, que ya tuvo que defender el cuerpo de la Santa cuando quisieron llevárselo a Ávila, comenzó a salir de sus casas. Unos con aperos de labranza, otros con bastones, los más gritando:

-¡Se llevan a la Santa!

En menos que canta un gallo toda Alba se había amotinado.

La Guardia Civil del puesto intentó contener a la multitud, pero enseguida se dieron cuenta de que eran insuficientes para sofocar el conflicto y avisaron a la comandancia de Salamanca, que a su vez tuvo que recurrir a guardias de otros lugares para controlar una situación que se les iba de las manos.

La muchedumbre se dirigió a la iglesia de las carmelitas y comenzó a gritar amenazas de muerte contra el falso papa, que protegido por las fuerzas de orden permanecía en el templo. El fiscal jefe Almendral me contó, en una reunión del Patronato Rodríguez Fabrés, con todo lujo de detalles, las incidencias y lo mal que lo pasaron las fuerzas del orden para sacar con vida al papa y a su cuerpo cardenalicio.

El alcalde de Alba, Eladio Briñón, estaba en Salamanca trabajando. Tenía una camioneta de reparto. Lograron localizarle y con la máxima rapidez se encaminó a su localidad. Viendo el gentío amotinado paró el coche delante de la muchedumbre y con el altavoz que utilizaba habitualmente para pregonar las mercancías que vendía, se dirigió a sus vecinos de la siguiente manera:

-¡Albenses, albenses, calmaos, no les hagáis daño, cantad conmigo Corazón Santo, Tú reinarás!

La gente no le hacía caso y seguía enfurecida pidiendo el mayor de los castigos para los que querían llevarse a la Santa.

El papa y su séquito habían aparcado sus coches cerca del río. Cuando los descubrieron los tiraron al cauce del Tormes. Al caer se abrieron los capós y salieron cálices, patenas, vestiduras sagradas. Esto enfureció todavía más a la muchedumbre que exclamaba

-¡¿Veis como se llevaban los objetos sagrados de la iglesia?!

Las fuerzas de seguridad se las vieron y se las desearon para sacarlos de Alba. Los llevaron a Salamanca y los alojaron en el Gran Hotel. El papa Clemente y sus cardenales tenían signos evidentes de violencia en la cara y por el cuerpo.

A la mañana siguiente, colgada de las ventanas del hotel, se podía ver la ropa interior de los miembros de la comitiva, con los colores cardenalicios. Ese mismo día tuve que ir a Madrid a realizar algunas gestiones de la alcaldía. A la vuelta sintonizamos con varias emisoras que daban el incidente como primera noticia en sus informativos. En Radio Nacional entrevistaron al secretario general de la agrupación local del PSOE de Alba de Tormes, como yo entonces era el secretario general provincial, el máximo responsable del partido en Salamanca, esperé expectante sus declaraciones. Le dije a Pepe Morales, el conductor:

– Seguro que dejará clara nuestra postura en contra de toda violencia. Acabé de decir esto y oí la pregunta del locutor:

– ¿Qué opinión tiene sobre los sucesos acaecidos ayer en Alba?

Y el militante socialista no se lo pensó dos veces, contestó con rapidez y con energía:

-¡Pues que si vuelven, los matamos!

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